La muerte más importante jamás imaginada...

  1. No presumo de intelectual ni mucho menos ¡Zape! Eso sería una soberana estupidez, pero debo decir que mi la mayor pasión de mi vida ha sido visitar bibliotecas y librerías, algo que a lo mejor tiene el mismo valor de los que les gusta merodean por tiendas, zapaterías, perfumerías o expendios de licores. Uno de mis paseos infaltables cada sábado, junto con un grupo de amigos, cuando vivía en Caracas (entre los sesenta hasta mediados de los setenta), era hacer la ronda de los libreros, por El Silencio, Sabana Grande y Chacaíto. ¡A cuántos ratones, cucarachas albinas, piojillos cegatos y no tantos, y a cuántas simpáticas ratas de bibliotecas conocí por ese entonces!
  2. Con cada carga de libros que se pescaban con harto olfato en esas rondas, le sucedía el placer de echarse en nuestras casas a descubrir joyas y rarezas. Una de las personas con el mejor ojo para encontrar fenomenales tesoros en librería de lance era mi hermano Argenis. En ocasiones, un libro amado por nosotros podíamos comprarlo repetidas veces de modo que podíamos tener varias ediciones del mismo en casa. Para nosotros, regalar un libro era un placer, pero a la vez nos dábamos cuenta de que era algo pocas veces valorado. En cambio, qué alegría cuando un amigo nos daba un libro al que en el pasado le habíamos hecho tenaz cacería. Hubo novelas, biografías o cuentos que dejaron en nosotros sus marcas conmovedoras, que fueron hitos en nuestras vidas, revelaciones estremecedoras, descubrimientos o hallazgos maravillosos, los cuales siempre volvíamos a releer, a ocupar un lugar especial en nuestras vidas. Hubo un libro que le dio un vuelco a mi vida, que de sopetón me cambio para siempre: "Los engranajes" de Ryanosuke Akutagaba. Yo habría querido que todo el mundo hubiese visto lo que yo encontré en esa novela, porque además es algo intransferible. ¡Cuántos memorables encuentros entre esos años de juventud, que van de 1966 a 1975! Luego me perdería en el laberinto de las matemáticas y renacería en los ochenta con otro tipo de visión, me dedicaría a investigas sobre la vida y obra de Simón Bolívar.
  3. Nunca imaginé que habría de vivir la muerte de los libros, de las librerías y de las bibliotecas tal cual los conocí en mi juventud. Una muerte tan cruenta, absoluta y brutal. Ahora lo que importan son las imágenes y los videos, y cada vez se tiene menos tiempos para la lectura. ¿Quiénes serán los poquísimos que se embarcaran en la gran aventura se leer Don Quijote, Guerra y Paz, Rojo y Negro, Humillando y Ofendidos, Los Hermanos Karamazov, Gargantúa y Pantagruel, Orgullo y Prejuicio, Almas Muertas, La Montaña Mágica…?
  4. Entre las cosas que más me afectan dejando este hogar en La Coromoto (en una montaña a cinco horas de Mérida), este bucólico y hermoso paraje es, ¿qué hacer con la biblioteca? Cómo movilizarla (algo que veo, vale poca cosa para la mayoría de las personas). Una biblioteca (de más de mil libros) que ha tenido también tantas vidas, tantos hogares, tantas aventuras, elocuentes pérdidas y viajes: la fui armando poco a poco cuando vivía en el Edificio Marco Aurelio, en Altamira, bajo las recomendaciones de mis hermanos Argenis y Adolfo, creada a partir de las visitas los fines de semanas a las más famosas librerías de Caracas, empezando por la Librería Pensamiento Vivo de Rivas Rivas, de puestos de lance en El Silencio, las de Sabana Grande y Chacaíto, luego acumulando anaqueles con lo que conseguíamos en el gran mercado del libro usado bajo el Puente de las Fuerzas Armadas. Una biblioteca que fue adueñándose de todos los cuartos de mi apartamento, de la sala, los baños, cocina y pasillos hasta que acabaría echándome a la calle.
  5. Recuerdo en este momento al sabio barinés J. E. Ruiz Guevara quien tuvo dos grandes bibliotecas, una en Mérida y otra en Barinas, y él mismo además de experto en numismática se convirtió en encuadernador o curador, en restaurador de libros viejos y montó en su casa todo un taller. A J. E. su biblioteca lo sacó del apartamento y en medio de aquella vaguada o torrente imparable de libros hubo de mudarse y tener que comprarse otro apartamento en el mismo edificio donde vivía. Lo que estos amantes de los libros vienen a descubrir con el tiempo es que son muy pocos los seres a los que realmente les interesa estos compañeros e intrusos de nuestras vidas y de nuestros espíritus.
  6. De las residencias Marco Aurelio trasladé mi referida biblioteca a Las Residencia El Chaparral en el cafetal, y posteriormente cuando me tocó irme a Estados Unidos, se quedó con ella el escultor Orlando Campos quien la conservó seis años en Caracas en excelente estado, hasta mi regreso en 1982.
  7. Debido a que fui contratado por la Western Illinois University para trabajar en mi especialidad, hube de dejar esta biblioteca en casa de la licenciada Lucina Serra. Después, al conseguir trabajo en la Universidad de Los Andes, la trasladé desde Cumaná a Mérida en un camión 350. Mi primera estancia en Los Andes fue en la urbanización La Linda, en la Pedregosa Sur, y construí todo un corredor para colocar allí mis libros. Dividí la biblioteca en dos secciones, una parte con obras de ciencias (sobre todo matemáticas), y otra con literatura e historia. El torrente de libros nunca cesaba en aquellos años ochenta y noventa: los que me prestaban, los que me regalaban sus autores, los que yo editaba, los que me traía el librero y poeta Pedro Pablo Pereira o los enviados desde Caracas y San Juan de Los Morros por mis hermanos Argenis y Adolfo.
  8. En mi casa llegaron a escribir libros, mis hermanos Argenis, Idilia, Adolfo, Francisco, Felipe y yo. Tuve la fortuna de conocer a Sergio Alves Moreira, al más famoso librero de Venezuela, de origen portugués, quien atendió por un tiempo la librería Pensamiento Vivo. Hice gran amistad con los hermanos Castellanos Rafael Ramón, Jonás y Luis. Luego, entre muchos otros, fui muy amigo de Eduardo Castro, otro fenomenal librero que acabó estableciéndose en Mérida y durante un tiempo administró la Librería Universitaria. Luego Eduardo montó su propia librería que durante unas dos décadas fue el centro más visitado del occidente del país. Hubo un maracucho de origen polaco o húngaro, creo, que montó una impresionante venta de libros usados en Mérida, hombre muy acucioso, algo directo y feroz en el trato, infatigable lector que leía hasta dormido, en las siestas, durante las comidas, con colecciones raras, únicas en el mundo, algo dado a la bebida, poeta y loco, que de pronto desapareció. Muy famoso también fue la librería del peruano Santos en la Avenida Seis, quien murió producto de respirar las miasmas de los libros usados que andaba comprando por toda Venezuela. El último cargamento de libros usados Santos los trajo de Colombia, comenzó a sentirse mal, tuvo un ataque de asma, corrieron a llevarlo al Hospital Universitario, y la asfixia, o un ataque al corazón, se lo llevó. Santos no llega a los cincuenta años. Con los años, llegaron a ser tantos los libros entre los que me tocó nadar y naufragar, que yo mismo acabé por poner una librería en Mérida, siguiendo la tradición de mis hermanos Argenis y Felipe, quienes habían montado las suyas, una en Caracas y otra en San Juan de Los Morros.
  9. Al divorciarme de mi primera esposa, mudado a la Urbanización "Cardenal Quintero", poco a poco fui también anegando este otro apartamento, hasta el punto que un cuarto se hizo inhabitable. Luego, con el abundante pago de las prestaciones iniciando Chávez su mandato, con mi segunda esposa decidimos construir un palacete en La Hechicera, con todo un inmenso espacio para la biblioteca, que sería lo más importante de esta nueva casa. Contraté un carpintero que hizo una maravilla de muebles para albergar aquel promontorio de duendes, demonios, santos y locos de todos los calibres y dimensiones posibles. Pero al poco tiempo, volví a divorciarme, me fui a vivir en una cabaña a la orilla del río Chama llevándome sólo una muy pequeña parte de aquellos libros. Pero a poco a poco el "veneno" comenzó a crecer, un centenar de estos visitantes pronto comenzaron a inundar balcones, la cocina, los baños, la sala y cuanto anaquel se encontrara a su paso, de modo que de la nada llegó a formar otra biblioteca.
  10. Años más tarde construí una casa de campo en la aldea La Coromoto que lleva por nombre El Valle de la Luna (haciéndolo honor a una novela de Jack London). Allí, cerca de Canaguá, instalé varios estantes con bloques y tablones para traerme la vieja biblioteca que aún reposaba en el viejo palacete que tuve con mi segunda esposa. El día que fui a rescatarla me puse a llorar como un niño reencontrándome con tantos recuerdos, amores, pasiones, y redescubriendo la pérdida de obras valiosísimas que acabaron dejándome un dolor y una pena eternos. Casi todos aquellos libros estaban subrayados y marcados por mí, con notas y resúmenes. Libros traídos de tantos lugares y llevados por mí en mil travesías. Cargamentos de libros traídos en camiones, autobuses, barcos o aviones. Yo doné una biblioteca de matemáticas a la Universidad de Oriente, con cientos de libros que eran descartados de la Universidad de California. Habiendo terminado mi doctorado alquilé una zorra y trasladé desde San Diego hasta un puerto de Long Beach cientos de libros hacía Cumaná. Y allí estaban regados, sin orden ni concierto, libros que había traído de mi estancia, entre 1996 y 1997, en la Universidad de Cádiz, en calidad de profesor visitante. Esos libros traídos de España llegaron a la aduana de San Antonio en la frontera con Cúcuta. ¿Qué será de aquella biblioteca pública municipal Bérenguer de Real Isla de San Fernando de León en la que pasé tantas horas investigando sobre la historia de España y Latinoamérica?
  11. Y ahora, en este instante me encuentro ante mi biblioteca viajera, triste, golpeada, desmadejada de tantos trajines aquí en La Coromoto, sin saber qué hacer con ella porque he puesto en venta El Valle de la Luna. Hablando con un rico y connotado hacendado de Los Pueblos del Sur, al ver aquella "locura" de libros por todas partes, me dijo: "-Aquí nadie quiere esas cosas, y lo más probable es que si usted deja esos bloques de papel por aquí, los echen al río o hagan una gran fogata con ellos. La gente ahora todo lo busca en google, muchos libros están en las redes, eso es muy pesado para andar cargándolo de un lado a otro, crean mucho polvo y ocupan mucho espacio. Su mundo y sus sueños ya no son los mismos, amigo mío".
  12. Y la verdad es que no sé qué hacer con hemerotecas completas, empastadas y ordenadas de periódicos y revistas que van desde los años sesenta hasta el 2013. Ya no tengo lugar para ellas. Recuerdo, que siendo yo jefe de Relaciones Interinstitucionales de la UNELLEZ, J. E. Ruiz Guevara, presintiendo ya su partida, me dijo que quería donar sus bibliotecas a esta Universidad de los Llanos Occidentales. Yo le dije que me había encontrado que una parte de la Biblioteca de la Biblioteca de la UNELLEZ la habían destrozado. El doctor Isidro Rodríguez me contó que un día se armó con varias cajas de libros en Plaza de Milla porque un camión estaba vendiendo por kilos libros saqueados de la UNELLEZ.
  13. En fin, yo creo, que se perderán casi todas las bibliotecas públicas y privadas de este mundo y a nadie le importará…


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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