En que creen los que no creen

"La izquierda tiene su ala derecha, la derecha tiene su ala izquierda. Oigo murmullos de alas, pero sé que ningún pájaro se elevará por los aires".

Heinrich Theodor Böll.

Citar a un premio nobel de literatura para iniciar esta conversa unilateral de este día, no es casualidad, ó pudiera interpretarse como la vana intención de colocar un reflejo de intelectualidad en mí, lo que, en sí ya es bastante sospechoso como siempre lo denuncio. Puedo mencionar que la intención es precisa, casi artera diría yo. Ya que el prenombrado ciudadano, era un alemán que vivió los horrores de la guerra que su país le declaro al mundo y luego de sobrevivirla, tuvo la oportunidad de escribir en lo que se llamó la época de la literatura de los escombros o literatura alemana de la post guerra. Que, según los criterios de la academia en 1972, mereció este reconocimiento por su capacidad de presentar en sus obras una amplia perspectiva de su tiempo, además poseer una habilidad sensible para su caracterización.

Como todo en esta vida, se puede estar de acuerdo o no con la visión presentada en las obras del autor, pero el punto es que nosotros la gran mayoría de los venezolanos, hoy estamos saliendo, este es mi criterio personal, de una situación muy difícil, solo comparable con un escenario con características parecidas a haber asistido a una conflagración de grandes proporciones. Solo falta la destrucción física de la infraestructura, producto del uso de las armas de guerra en el paisaje cotidiano de nuestras ciudades, lo que en realidad es lo menos significativo. En todo lo demás esta de manifiesto.

Nuestras familias, nuestra economía y las estructuras que transversaliza, afectando gravemente nuestro estado de bienestar y las actividades elementales como seres humanos. Esas son las consecuencias fundamentales de una guerra.

También sería una candidez imperdonable, pensar que en esta oportunidad hubo como secuela final de este enfrentamiento, consecuencias absolutas para alguna de las partes., nada más alejado de la verdad. O que acá solo se estaban enfrentando visiones o intereses meramente venezolanos, esa es otra cosa que tampoco es verdad.

Lo que, si es una realidad, y este es mi llamado de atención, cuando traigo a colación el pensamiento del escritor alemán, es que a pesar de las consecuencias derivadas de estas pugnas y cuando algunos de los responsables de las mismas hacen esfuerzos en favor del entendimiento para resolver los más elementales problemas de nuestro país, sin necesidad de renunciar a sus principios o visiones, existe un minúsculo grupo en ambas partes, que pretender continuar la prolongación del conflicto.

La estridencia, los epítetos, las descalificaciones escandalosas están en la orden del día. Es la agenda de algunos pocos hermanos nuestros que, aun concediéndoles el derecho de expresar sus opiniones, al parecer desdeñan el valor de la concordia y el entendimiento que debe existir necesariamente entre nosotros. Que además agrega un excelente aporte en el desarrollo de una actividad tan interesante como la política.

Esta situación parece ser inevitable por aquello de que de todo hay en la viña del Señor. Es por eso mi llamado de alerta. Debemos estar atentos, la gran mayoría de los venezolanos amantes de la paz, aun en nuestras diferencias, a tratar de evitar sucumbir a toda acción que nos aleje de nuestros más profundos anhelos. De esos sentimientos que nos diferencian de las bestias y nos hacen más humanos.

Esta reflexión me lleva a mis días juveniles, cuando estaba aún en la Armada. Me encontraba en la mitad de la nada, pero para la visión de algunos, en el centro de todo.

En el punto más occidental de nuestra patria. En La Goajira, Castillete en donde se encuentra el Hito número uno. Al frente la inmensidad de nuestro mar y a un costado el libérrimo sonido del ondear de nuestro Pabellón Nacional. Es un lugar extraordinario.

No me encontraba solo. Conmigo estaba un ser de mediana estatura, muy delgado, ataviado con un guayuco y sobre su cabeza un sombrero típico de su etnia, la piel curtida por el sol y la arena muy arrugada por los años, era una persona con mucha ascendencia en su comunidad. A su solicitud le hable de mi trabajo allí, de los límites de Venezuela y Colombia.

A mi explicación respondió: - Yo soy Wayuu.

Yo insistía en hacerle ver lo importante de mi trabajo en ese lugar y su gran utilidad. De repente guardo silencio por largo rato, tanto que yo pare de hablar y dijo algo en su lengua originaria, muy pausadamente. Cuando termino le pedí por favor que me dijera que significaba y me respondió:

"Aquellos que saben, creen en eso. Aquellos que nada saben, no lo creen.

Nosotros, los que venimos de allí, sabemos y creemos"

Era la respuesta final del representante de una raza que ha permanecido invariablemente en ese lugar, desde mucho antes que llegaran los colonizadores.

 

Recuerden que ser felices es gratis.

Paz y bien.

 



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José Gregorio Palencia Colmenares

Escritor, poeta, conferencista y articulista de medios

 vpfegaven@gmail.com

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