Un relato de Argenis Rodríguez sobre el asesinato del profesor Alberto Lovera...

Revisando "EL DIARIO DE BRUSELAS" de Argenis Rodríguez, del año 1968, me encuentro con este relato que trata sobre el asesinato del profesor Alberto Lovera. Aquí lo presento tal cual lo he encontrado entre sus papeles:

Roberto era hombre de trancos largos. Le gustaba tanto hacer uso "del arma de reglamento" que siempre estaba pasando malos momentos. ¿Entonces por qué se la dieron?, decía, o se decía. ¿Por qué? Le gustaba retratarse con el revólver en la mano. En la última foto que se hizo sacar puso el pie en el parafango de una patrulla, se bajó el ala del sombrero y apuntó al fotógrafo con el revólver. Esa foto fue la que después publicó el diario de los comunistas cuando lo acusaron de matar a golpes de cachiporra a aquel profesor que fue una carga para "la comisión" durante dos días con sus noches. La verdad fue que se le fue la mano. Nada más había que procurar sacarle algo. Esa gente casi nunca habla y un profesor de esos que se llaman dirigentes menos habla. Traían al profesor de Cachimbo, la prisión militar, y empezaron a darle en el mismo auto, qué brutos, por esa carretera. Le daba uno, lo lanzaba en el piso del carro y después le daba otro con los pies.

  • Habla.

Y el profesor no hablaba. Lo que molestaba más. Porque ni siquiera les habló para pedirles agua. O que le trajeran café. Eso molestaba. Encojonaba, ponía refólito a uno.

  • Habla.

Y el profesor como sí no fuera con él. Lo que cojoneaba. Se lo habían entregado a la comisión que lo hicieran hablar, y el hombre no hablaba. Se iban a presentar en Caracas con el profesor y el profesor no les iba a aflojar nada. El Doctor los iba a castigar. Que no le sacaban una palabra a un profesor, y renco para más bromas. Encojonaba, jodía. Coño que sí jodía. Tancredo tuvo la idea de que se abajaran en un claro.

  • Bueno, profesor, usted ahora va a correr.

Y ¡qué va! Esas eran mañas viejas. Ese profesor ha debido haber pasado por muchas cárceles o muchas experiencias. Por algo era de esos hombres que llaman dirigentes. Le dijeron entonces al profesor el nombre del que lo había delatado. Pero ni por esas; el profesor, como si no fuera con él. Ni siquiera levantó la vista. Y si era a correr, él no iba a correr. No decía nada el profesor, pero lo hacía ver. ¿Que si se bajaba? Bueno, se bajaba. ¿Que si se suba? Bueno, se subía. Le dieron dos bofetadas. Tancredo se metió en el carro porque los pies le dolían. Era hombre grande y se le hinchaban los pies de nada. Y además con esa resolana. Estaban en aquel claro detrás de los mogotes y allí al frente, el mar impediría que los autos que pasaban por la carretera no se dieran cuenta de nada.

Entonces el hombre le quedó a él y la comisión bajo sus órdenes. Y la comisión eran los otros dos, compuesta por el maracucho y el Tejo. Y el Tejo era el que había ahorcado al tipo aquel que después de muerto lo estuvieron sacando un tiempo por la prensa y diciendo que había desaparecido después de que la policía lo secuestrara. ¡Qué jodedera! los comunistas y sus periódicos que el gobierno no se atrevía a suprimir por la libertad de prensa. Y si había libertad de prensa, ¿entonces por qué los mandaban a ellos a matar gente? Ah, después los sacarán retratados cuando supieran que fueron ellos y les pondrán letreros de "Reconócelos pueblo". Y lo jodido que era cargar esa chiva. Que uno no se podía meter a tomarse un café porque ahí la gente se callaba. O se salía sigilosamente. Pero la verdad era que estaban calientes. El profesor de mierda no quería decir nada. ¿Qué iba a decir el Doctor? ¿Qué clase de policías son ustedes? Eso era lo que iba a decir. El Tejo lo hizo bien aquella vez. Tuvo que matar al tipo aquel que estuvo apareciendo en los periódicos, pero el asunto fue que el otro, que veía como se ahorcaba suavemente a un hombre, habló. Pero aquí ellos no tenían otro para poner de ejemplo. Y este profesor era de esos que llaman dirigentes y por fin la policía sabía que tenía entre sus manos a un tipo de esos que llaman dirigentes. Lo saben todo. Los periódicos. Los potes de pólvora. Esos arsenales subterráneos. No, había que hacer hablar a ese hombre.

Pero el hombre nada y eso que era renco. Una pierna más larga que la otra. Y bajito. Estos hombres bajitos son una vaina. Las tienen así. Lo vapulearon y el Tejo quiso apretarlo por la garganta. El profesor balbuceó y el Tejo lo soltó y el profesor abrió la boca. Fue la única vez para decir que iban a matar a un inocente.

  • Inocente de mierda. Coño.

Y el Tejo le dio duro en la cabeza. Le dio con el puño cerrado, pero el profesor se contuvo y no se calló. Mas valió que se hubiera caído. Caído el hombre, el Tejo se hubiera sentido hombre fuerte. Bueno, el Tejo le volvió a dar en la cabeza. Tenía esa manía de golpear a la gente en la cabeza con el puño cerrado como pensando que podía clavar a la otra persona en la tierra. Y el profesor no se movió, no dio un paso. Levantaba la vista e iba viendo a cada uno como diciendo ¿qué?, ¿qué?

Y el Tejo a golpear. Tenía ese puño. Hasta ahora no había clavado a uno de pie. Qué vainas. Coño. El Tejo Bravo era cosa seria. Tenía que hacer las cosas porque sí. Y el Doctor era el único que podía estar por encima de él. Pero el Doctor nos mandó con el Tejo porque el Tejo era experto. ¿Entonces? Qué carajo. El Tejo nos dijo que lo apuntáramos. Iba a poner en práctica el estrangulamiento. Y el profesor no se movía. Y el Tejo, bueno, el Tejo se acercó y lo fue apretando por el cuello y la cara del profesor a ponerse roja y a no moverse; hombre terco. Y el Tejo a presionar.

  • Di, coño. Di. Estás descubierto; tú eres el jefe de todo.

Y nada. El profesor era hombre duro. Por algo estudian esos tipos. Por algo también los llaman dirigentes. Se tambaleó, es verdad. Y el Tejo lo aporreó por la barriga. Yo también le di, pero con el revólver. No hay peor cosa que saber que un tipo sabe y no quiere confesar. Encojona. Y qué vainas. Teníamos orden del Doctor. Pero al rato no sabíamos de qué se había muerto. No se movía. Yo no quiero decir que fue del golpe que yo le di con el revólver. Si alguna vez se me presenta diré que el Tejo fue el que lo ahorcó. Ya tenía antecedentes. Diré que ahorcó al tipo aquel que estuvo saliendo por los periódicos y que daban por desaparecido. Y está el otro, el que sí habló. Qué carajo. Qué clase de gobierno es éste que no se defiende. ¿Ese hombre, ahora cuando salga? Pues no debe salir. Así su gente lo quiera hacer desaparecer por haber hablado. No debe, coño, no debe. Mano fuerte. Y después hubo que meter el cuerpo del líder en el carro. Y, ¡verga!, a dar vueltas con ese hombre en la maleta del carro. Y ¿qué le decimos al Doctor? Que diga Tancredo que es el jefe.

Bueno, que lo dejemos por aquí. Que la policía haga decir por la prensa que lo mató su misma gente. O que fue un secuestro para robarle. Y, ¡verga!, con ese hombre ahí atrás y nosotros corriendo hacia Caracas.

A la tarde la hedentina nos estaba llegando con esa resolana. Y a la noche, la brisa fresca nos traía más la hedentina. ¡Verga! que iba a poner el carro hediondo a muerto. Y un muerto hiede desagradable.

Bueno, que hable Tancredo -dijo el Tejo.

El Tejo era hombre de resoluciones rápidas. Eso no se le puede quitar. Los que lo conocemos sabemos que cuando dice una cosa ahí mismo quiere hacerla. Razón por la cual el doctor dice que lo vigilemos. Pero ¿quién lo va a vigilar? Además, uno anda en comisión y una comisión no es cualquier cosa.

Ahí está. A usted lo mandan a interrogar a un tipo y usted sabe que el tipo sabe pero que no habla, ¿no jode eso?

Tancredo dijo que nos dejaba la decisión a nosotros. ¿El hombre no estaba muerto? Bueno, ¿qué íbamos a hacer con un muerto?

  • Los muertos son para enterrarlos -dijo el maracucho.

Dijo la verdad. El maracucho era parco de palabras; pero sus palabras, no se puede negar, son precisas. Caen como en techo de zinc, con barullo. Pero ¿quién era el que iba a enterrar al hombre? Bueno, nosotros. No lo íbamos a llevar allá, ¿verdad?, para que lo entierren los estudiantes y lo llamen a uno asesino.

  • En el mar la vida es más bonita, dijo el maracucho -. ¿No ven como dice la canción?

Cierto. Y a los muertos en el mar se entierran con pesos amarrados en el cuerpo para que no floten. Y fue así, pues. Le amarramos lo único que encontramos ese pico que ahora está en la oficina y que la viuda quiso para ella. Malaya que yo vuelvo a retratarme. Es muy bonito aparecer así, como salen esos de las películas, pero para la policía no es aconsejable, yo que se los digo.

 



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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