La pandemia ambiental del egoísmo humano

Cuando las montañas se niegan a pedir perdón, se estremecen las catacumbas de nuestros aborígenes hispanos, que fueron la mejor hierba crepuscular en los tiempos de manantiales, pero que ahora son las malezas rechazadas por los salvajismos urbanos.

Los pueblos originarios decidieron apartarse muy lejos del Mundo, pero el Mundo decidió entrometerse muy cerca de los pueblos originarios, y la mascarilla antropomorfa de un hombre enfermo caído en desgracia, nunca pudo combinar con la sagrada espiritualidad del indígena, que lucha sin saber que ya perdió su sabiduría.

Porque cuando caminas con zapatos por la ciudad, te dan ganas de caminar descalzo por la selva, pero cuando finalmente caminas por la selva, necesitas regresar a la ciudad y comprar los mejores zapatos, los más caros, los del mejor cuero, los más carnívoros.

Podrías haber vivido eternamente en la libertad de la selva, pero regresaste a la cárcel del eterno capitalismo mundano, regresaste a la eterna prisión del consumismo materialista, regresaste a la eterna raíz del ecocidio talado con hachas y motosierras.

Las estrellas se negaban a resplandecer en el firmamento, porque ya nada es gratis en la vida, porque si queremos luz, hay que pagar bastante dinero para despertar a la luz, y con tanto despilfarro de energía eléctrica, ya no hay estrella que brille sin quemarse en el saturado cielo lleno de sátiras, donde la oscuridad siempre vence a la claridad.

Por eso el fuerte pregón siempre se roba las nueces de los inocentes, y las ardillas ya no van y vienen como las más bonitas ardillas del campo, porque ahora las ardillas primero observan por el espejo retrovisor, para saber cuánta sangre derramarán en el manto asfáltico de las calles hispanas, donde no hay espacio verde para la fauna roja.

Y sientes miedo porque tal vez no publiquen la verdad, y es horrible saber que otra persona decidirá si eres un victorioso o un fracasado, pero cuando comprendemos que el planeta Tierra sobrevive en una pandémica agonía ambiental, debemos dejar los temores en la coronilla de la iglesia, y debemos denunciar la crisis ecológica global.

Porque usted no sabe qué es la pobreza latina, simplemente no sabes nada, y es muy fácil asesinar el corazón del esclavo asalariado hispano, quien todos los días tala y deforesta los bosques amazónicos que ayer lo vieron nacer, pero aunque es difícil saciar la sed y el hambre del presidente de la transnacional, es más difícil saciar la sed y el hambre de una pobre familia latina, que si hoy no quiebra árboles, quebrará sus huesos.

No es falta de fe, es la injusta realidad social del Mundo.

Todos buscamos nuestra propia supervivencia, nuestra propia gloria, nuestra propia venganza, y no hay duda que la Madre Tierra tiene ensangrentadas cicatrices de sal en todo su cuerpo, que demuestran la lucha bestial entre la omisión de hacer el bien y la facultad de hacer el mal, porque aunque la Pachamama no ha pasado por el martirio de la cruz del viernes, ella ya pasó por el santificado aserradero brasileño del lunes.

Vamos en busca de la mejor vacuna contra la rabia, no somos perros pero ladramos como animales, porque el feliz pinchazo dentro de la piel, será el mejor antídoto para seguir comiendo como cerdos, y después del banquete tiramos la basura en los océanos de la génesis de Dios, que ahora son los mejores basureros marinos de la Humanidad.

Todo lo que comimos y vomitamos antes de la eterna cuarentena social, será el bendito metano que comerán tus hijos, y todo lo que comimos y vomitamos después de la eterna cuarentena social, será el maldito dióxido de carbono que comerán mis nietos.

Barcos ensuciando el mar, automóviles ensuciando la tierra, aviones ensuciando el aire, computadoras ensuciando la mente, caníbales comiendo como caníbales.

Los niños no saben que la fogata debe apagarse después de la fiesta en la playa, porque sus padres nunca apagaban el fuego después de construir castillos en la arena, y todos nos acostumbramos a pisotear los sueños de otros soñadores, porque los incendios forestales no se apagan ni con agua dulce ni con agua salada, no se pueden apagar.

Todos sabemos que estamos incendiando la corteza del planeta Tierra, tan solo mira los ojos de un vetusto soldado condecorado por su valentía en Vietnam, y comprenderás que el Ser Humano es adicto a la guerra, es adicto a la muerte, es adicto al genocidio.

Culpamos a los chinos, culpamos a los gringos y culpamos a los vecinos, pero nunca aceptamos nuestra propia culpa, porque en nuestra comunidad hace falta practicar el reciclaje, pero nadie quiere reciclar los desechos sólidos, porque nosotros siempre pagamos los impuestos, para que otro Caín recoja con sus manos la basura de mi casa.

Adolfo fue lo peor de lo peor, pero nosotros no somos los mejores corderos del cordel.

Estamos cansados de recibir tanta quimioterapia en el hospital, así como también estamos cansados de la televisión, del fútbol y de las cervezas, pero aunque estamos cansados de tanto cáncer mundano, nosotros nunca jamás reciclaremos la basura.

No puedo vivir un día sin WhatsApp, pero sí puedo vivir la vida sin reciclar la basura.

Por culpa del egoísmo humano llegó la pandemia ambiental, y la vacuna no es para reformar la perversa conciencia humana, la vacuna es para conquistar el planeta Marte.

Estamos ecológicamente aislados del Mundo, vivimos presos en la pantalla de un dispositivo móvil, y no existe aplicación que convierta el estiércol en la rosa mística.

Ya no podemos respirar sin pensar en la enfermedad, ya no podemos caminar sin pensar en el coche bomba, ya no podemos vivir sin pensar en la soledad, ya no podemos detener el poder divino, para evitar las siete desgracias de nuestros destinos.

Así no fue escrito el guión original, la película no era una historia de terror, el ambiente no era una pesadilla, la tiniebla no opacaba a la claridad, pero los protagonistas se rebelaron contra el autor del guión, y decidieron escribir un laberinto de guerra.

Los pies delatan la inmoralidad humana, los pies delatan nuestros pecados, los pies delatan la suciedad inorgánica, que acrecienta la crisis ambiental del Universo.

Debemos oler los diez dedos de nuestros pies, para saber quiénes somos en la vida.

Nadie quiere lavar los sucios pies del prójimo, y aunque decimos ser cristianos, y aunque Cristo lavó los pies del prójimo, nosotros realmente no somos cristianos.

Cuando hacemos el amor de madrugada, cuando cerramos los ojos para dormir, cuando cocinamos la comida que no comeremos, siempre hay un maléfico signo de interrogación en el semáforo, pero estamos tan apurados que aceleramos sin divisarlo.

Cuando abrimos la puerta del banco, cuando cepillamos nuestros dientes, cuando compramos un gato sin pulgas, siempre podemos ser mejores ciudadanos, pero no tenemos la suficiente voluntad moral, para reconocer que la estufa no quemó el pan.

Cuando degollamos animales en el matadero, cuando comemos la carne de los seres vivos asesinados, cuando compramos más carne en la carnicería, siempre hay un maléfico signo de exclamación en el crucifijo, pero no hay tiempo para rezar el rosario.

Ojalá y yo pudiera salir de la tribulación, pero no puedo contar los dedos de mis pies.

Hoy empieza el futuro de América Latina, y apercibidos estamos de su pronto regreso.



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Carlos Ruperto Fermín

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso, LUZ. Ekologia.com.ve es su cibermedio ecológico en la Web.

 carlosfermin123@hotmail.com      @ecocidios

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