Venezuela, asomándose al Caribe, fue bautizada, como Tierra de Gracia

La dificultad, nada desdeñable, está en que hay que contar para cumplir esta tarea no sólo con una vocación de historiador, sino también con una capacidad de "situación" –saberse salir del localismo– y además basarse en una experiencia nutrida de reiteradas aproximaciones. Este empeño de Guillermo Morón desde hace muchos años, por lo que nada puede ser más oportuno, ahora que está cumplido, que dejar testimonio de ello. La Historia tiene –cómo no– su historia. El rostro emocional de la Patria. Contemplaba así Morón, sin advertirlo casi, más que nada, un deseo íntimo y lo que tenía en la superficie de su campo visual. Casi nos lo describen sus propios términos: tierra y rostro. Pero era el principio tan sólo; había de penetrar en ese ser cuya faz le suscitaba tanta emoción.

Guillermo Morón, que recibió el impulso decisivo por una vía recta, que de un polo próximo, don Mario Briceño Iragorry, le condujo — por ese camino de la reflexión y del pensar— a otro polo lejano y eminente, Ortega y Gasset, cuya influencia como las de Menéndez Pidal, abrió anchos surcos en todo el mundo hispánico. Sánchez Albornoz retrató en un artículo, publicado en Realidad en 1947, cómo cabía entender a Ortega, que "sentía palpitar dentro de sí todo el ímpetu de su fuerza intelectiva", hasta aventurarse a formular "una teoría del pasado nacional" —la España invertebrada—, que aspiraba a explicar ese mismo enigma de la construcción arquitectónica de una Patria que, en realidad, imponía seguir la palpitación de los distintos componentes.

Presumiblemente, el drama hispánico de las convulsiones internas —que a todos ellos convirtió en historiadores— impulsó a Morón a análogas búsquedas. Sánchez-Albornoz en su prefacio a la (España, un enigma histórico), se planteaba con extremó realismo el problema: "¡extraña historia la de España! La Península se ha hallado, de continuo, en perpetua fermentación catalizadora, pero también en perpetua antibiosis eruptiva. Si las simbiosis sucesivas fundían estilos de vida y esencias culturales, las repetidas antibiosis afirmaban y prolongaban muchos rasgos de la disposición funcional de los hispanos antiguos y de las proyecciones de su primigenia estructura cultural". ¿Y no era algo semejante lo que vino a suceder al otro lado del Atlántico? Morón se lo plantea exactamente así: "la presencia del indígena en la formación del pueblo venezolano resulta especialmente importante, por ser un poderoso ingrediente cultural del mestizaje. El pueblo venezolano, como todos los latinoamericanos, es el producto de un mestizaje viejo, desde el siglo XVI (indios, españoles, negros) y un mestizaje nuevo, en los últimos cuarenta años 1936-1976 (viejo mestizaje, más fuertes contingentes españoles, portugueses, italianos y otros)". Y así, desde este plano, comienza su historia.

El esfuerzo audaz de la renuncia le permitió a Morón dar el salto y llegar a España en 1951. Fue entonces, decidido a cumplir su designio, por encima de cualquier dificultad. Tan ansioso estaba de agotar todos los caminos, que al saber por don Antonio Ballesteros que yo investigaba en el pasado venezolano, vino a verme. Me impresionó su rotundo empeño, sin ninguna vacilación. Seguimos encontrándonos en la biblioteca de la Real Academia de la Historia, donde repasaba los tomos de la colección Muños tan vorazmente, que alguno de los colegas de trabajo le miraba con cierta molestia al pasar las páginas. Y así escribió el libro de historia que deseó. Esta fue su propia definición.

"Me he propuesto la grave tarea de escribir sobre los orígenes del pueblo venezolano —así comenzaba—, es decir, de intentar una historia de su aparecimiento en la cultura histórica…" Entre los cinco españoles que mencionaba, dos párrafos después, estaba mi nombre. El tomo, desde el momento de su aparición, conquistó uno de los puestos preferentes en todas las estanterías de los estudiosos de la historia. Él vino a buscar las fuentes en España, pero lo que estaba haciendo era conquistándola. Aquel fino venezolano de entonces, que apretaba los labios y clavaba los ojos cuando escuchaba, estaba haciéndonos venezolanos a todos, empujándonos como fuera, con el efecto y las ilusiones, a colaborar con los proyectos que día a día redondeaba. Así nació, entonces, la colección de "Fuentes para la Historia", que luego haría realidad la Academia Nacional de la Historia, cuando, vuelto a Caracas, después de sus estudios en Alemania, fue elegido miembro de número.

Morón, como nos dijo un día, años después, había ido "patria arriba", hacia los "orígenes de la nacionalidad", cuando desde una altura podía divisar la tierra de Diego de Ordás —el penetrador del Orinoco— y, más lejos, la de Losada, el fundador. Pero su "Historia", la que escribió —la que aquí está en sintieses—, no es la del pesimismo orteguiano. No es afortunadamente "invertebrada, sino justamente lo contrario, vertebrada. La "patria arriba". Como una adivinanza. Lo dice en este libro al definir su Venezuela con una esperanza, con la que concluye su revisión, pues si contempla "un Estado multimillonario y un pueblo empobrecido", dice a renglón seguido que "afortunadamente, el crecimiento de la educación y la libertad democrática han permitido el desarrollo de las clases medias, que fundamentan la estabilidad del país. La incorporación de los marginados como proyecto social habrá de producir el equilibrio económico". Tal parece su idea de la "vertebración".

Por algo viene a sostener que Venezuela no fue la mina —como el Perú o México—, sino que "la provincia de Venezuela se armó sobre ciudades" y sobre las tierras.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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