Allí hicieron la riqueza y la pobreza, la crueldad; lo bueno y lo malo

Américo Castro cómo la historia se cumple en una determinada "morada vital". Amparado en esa idea ha escrito: "Todos los pueblos de la Península Iberica y los de Iberoamérica, pese a sus muy marcados diferencias, residen en una muy semejante mansión vital, no obstante los matices que los separan". No se refiere, claro está, a medio ambiente, sino a función de vida, a vividura, que es término también suyo. Sin duda que el aparato cultural de Venezuela se basa en la tradición hispana, según he insistido en estas páginas y he demostrado en otros lugares. A pesar de ello. Al enunciarse diferencias entre un venezolano y un español, se ha de tener presente que la función vital de ambos responde a necesidades a veces contrapuestas. La frase de Castro demuestra que no ha penetrado bien el acontecer histórico hispanoamericano, o que lo incluye como un simple proceso hispánico. Las realidades humanas son más complejas de lo que aparentan.

Desde luego, nuestra historia, la de los venezolanos, no comienza con las culturas indígenas y prosigue con la hispánica. Esta última integra las bases de los aspectos fundamentales: formas sociales, lengua, religión. Qué hemos hecho con esas cosas los venezolanos es lo que significa el término historia; la posesión de semejantes materiales, sometidos a las matizaciones de la cultura indígenas y negras y a posteriores presencias, constituye nuestra vida histórica y homogeiniza esa función de convivencia venezolana. Si decimos que formamos una cultura hispánica, decimos verdad; pero dejada así, sin más aclaraciones, resulta equívoca la expresión. Porque los venezolanos han hecho algo con esa cultura, la han asimilado a sus intereses inmediatos, la han vivido y convertido en una historia propia.

El más emocionante momento de nuestra historia, desde el punto de vista de las vivencias, se encuentra en el proceso de desdoblamiento del español en venezolano. Ya lo he dicho antes: sorprender el fino deslizarse de esa conversación, de esa delimitación en el orden moral de la cultura, es hazaña de prodigio. El conquistador perdió su morada ibérica, pero conservó su vivencia. ¿Hasta cuándo? Posiblemente hasta la segunda generación, cuando el encomendero se hizo criollo. Más acaso hasta una tercera no aparezca la noción de "tierra de nuestro padres", de patria, aplicada a Venezuela, aunque esa aplicación no implique Estado, sino pura tierra, tierra humanizada.

Una vez fenecida la conquista, la toma de posesión, se adereza el hogar. Los indígenas no pueden "hacer república", mientras que el conquistador sí; también el criollo, el nacido en el nuevo paisaje. Lo que llamamos vida colonial no es el colorido trajín de las clases, sino el vivir de todas ellas en equilibrio, el convivir; ese convivir de generación va determinando la venezolanidad. José de Oviedo y Baños no pudo publicar la segunda parte de su Historia, que contenía — sin duda — una clave del cambio sufrid por Venezuela en el siglo XVII, cuando ésta toma impulso para una vida social ya compleja y decisiva. Sabemos cómo llegó el conquistador, y luego vemos que en el siglo XVIII existe una sociedad diferenciada; el crecimiento, el desdoblamiento lleno de emoción vital de aquello en esto —ocurrido a lo largo de tres siglos— es lo que aún no se ha historiado; allí está la explicación de muchas interrogaciones.

En la historia provincial — eso que denominamos Colonia — se incrusta el germen de la tradición venezolana. Ya desde el siglo XVII se observa la presencia de grupos intelectualmente capacitados para comprender lo que está ocurriendo con el mundo criollo, aunque esa percepción no sea clara hasta el siglo XVIII. En la vida de las gentes que para 1670 se ven despojadas de la encomienda existe tragedia, como entre los patricios de 1728 cuando se entrega el monopolio comercial a la Compañía Guipuzcoana. Esta tragedia se refiere a la sensación de que se les disputa el derecho de actuar "en su patria", en la tierra que han domesticado y en la ciudad que han dotado de vidas los mayores, y en el medio moral en que ellos mismos actúan.

Cuando los ingleses asaltan a Caracas en 1890, siendo apenas un esboza de ciudad, no encuentran más resistencia que la de Alonso Andrea de Ledesma, soldado de los fundadores de Trujillo, ya viejo; con "sus armas y caballo" salió a combatir, sólo, al invasor; muerto, se queda con el acto heroico temblándole en la punta de la lanzan. Pero hechos como éste no forman historia completa; será menester que el zambo Andresote cumpla también su aventura, en convivencia con autoridades y hacendados y bajo el auxilio de extranjeros holandeses. La maduración social de una clase dirigente quedará complementada por el atisbo artístico de un esclavo que pinta a su dueña con musicales líneas.

La cédula de "gracias al sacar" — 1795 —, según la cual podían comprarse calidades, encuentra un edificio ya preparado, aunque protesten los criollos distinguidos. Los pardos han venido subiendo como una oleada en el bravo mar de nuestra historia social.

Hay que explicarse, por otra parte, cómo un fogoso escritor, a quien Caracciolo Parra León atiza algunos adjetivos, pudo hacer grandes sacudidas a finales del dieciocho en el campo de la filosofía; ese Valverde vale más de lo que Parra creyó, como portador de un espíritu renovador que será, además, común a los grandes hombres del tiempo abocado a la Independencia. Óiganse estas voces del escritor colonial: "Yo creo que tengo amplia facultad para hacer crítica, buena o mala, del señor Aristóteles, como la han tenido cuantos hasta ahora se les ha antojado escribir contra él; sin que los Papas, ni el Concilio, ni la Inquisición los hayan obligado a desdecirse; si no me engaño, antes todos los que han seguido este camino han conseguido inmortal gloria en la república de las letras". Detrás de las frases alienta la vocación crítica, que sólo asoma cuando el hombre ha logrado dignidad, elevación y libertad interior suficiente.

No es, pues, la colonia un momento de nuestro devenir histórico. Es mucho más que eso, mucho más que un período, toda una vida compleja en que el hombre venezolano se asombró ante su propio drama, el drama que no ha terminado ni puede terminar todavía.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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