Las elecciones del "Año de la Pandemia"

Las elecciones convocadas para diciembre de este año 2020 (el “Año de la Pandemia”), son excepcionales por varias razones.

En primer lugar, por la emergencia sanitaria. Esta es ya una inmensa dificultad: la multiplicación de los casos, el empinamiento de la curva de contagiados, en la cual ahora la categoría de los “comunitarios” se ha expandido en forma exponencial, el desbordamiento del sistema de salud del país, mientras continúa la espera por la vacuna (todavía hay que aguardar más por la rusa: no se sabe que efectos colaterales tiene, ni cuál es su efecto en los grupos de mayor riesgo, ni la duración de su protección; por eso la OMS ha hecho llamados a la precaución en esa competencia por tener la vacuna más negociable en décadas).

Por otro lado, está la agravación catastrófica de la situación económica y social, sin ninguna señal de mejoramiento. Continúa la hiperinflación, la dolarización transaccional (“sobrevenida”, no planificada), sostenida por unos dólares que, muchas veces, huelen mal; el empobrecimiento generalizado; un aparato industrial en ruinas, la producción petrolera por el suelo, una explotación, sin contemplaciones  humanitarias ni mucho menos ecológicas, del oro y los minerales, Los servicios básicos (electricidad, agua, comunicaciones) continúan sobreviviendo sin inversiones, sin infraestructura adecuada, sin un personal calificado, cuya mayoría se ha ido del país. La pandemia dará su toque mortal también: fallecidos y parálisis. A nivel mundial, ya se impone una contracción bestial de la economía real, prevista por todos los organismos multilaterales y los gobiernos ¿Cómo quedar fuera de esta catástrofe? Ya se habla de una “crisis o emergencia humanitaria compleja”. En otras palabras: hambruna, parálisis, enfermedad.

En lo político, también hay tendencias excepcionales, aunque pudieran encontrarse algunos antecedentes históricos. Por ejemplo, tenemos una franja creciente de venezolanos que no se sienten identificados con ninguna de las opciones (34,9%, según una reciente encuesta de la UCAB, hecha en julio 2020 en las principales ciudades del país). Si vamos a las opciones, hay una tendencia política, la oposición, cuyo auge y eventual avance se daba por descontado dados los pésimos resultados del gobierno y sus éxitos electorales (2015); y hoy ha entrado en una fase de profunda desorientación, movimientos compulsivos, depresión, parálisis y disolución. Y no lo digo sólo yo: muchos analistas venezolanos y extranjeros lo han dicho ya. La mencionada encuesta de la UCAB, muestra cómo, si bien la porción de venezolanos identificado como de “oposición”, alcanza el 35,5% (contra el 41,6% de noviembre de 2019, según otra encuesta de la UCAB), algo más de la tercera parte rechaza su liderazgo (el 13,7% del total de encuestados). Es decir, aparte de indicar una tendencia a reducirse globalmente, muestra un bajón en la confianza en sus líderes.

Esto no le ocurre solamente a la oposición. Quizás más interesante es constatar que, según la misma encuesta, hay un 16% de chavistas resteados con Maduro, contra un 13,6% de  “chavistas descontentos con el gobierno”. O sea, casi la mitad de los “chavistas” está descontenta con su dirigencia actual y con el gobierno en particular. Comparando con los datos de noviembre de 2019 de la misma encuesta UCAB, se nota que es esa la categoría que mayor crecimiento tiene.

Estos datos sólo indican lo mismo que una observación “cualitativa”: los desaciertos, tanto de los liderazgos de la oposición, como del gobierno, han creado una franja importante de la población que, hoy en día, no se siente expresada por ninguna de las ofertas políticas. Por supuesto, dada la pandemia, la apatía tradicional de los electores venezolanos hacia las elecciones parlamentarias (¿razones? La tradición cultural del presidencialismo, expresión a su vez de la cultura personalista, centralista y caudillista de nuestra cultura política), y la política abstencionista de la oposición, la cuestión política más relevante ya no es tanto la inclinación electoral del votante, sino su voluntad para ir a ejercer sus votos.

Esto nos haría pensar que la disposición a votar debiera ser bajísima. Pues, no tanto. En la encuesta UCAB se manifiesta una disposición global a votar del 58,9%. Los más dispuestos, lógicamente, son los “chavistas”, tanto los que apoyan a Maduro, como los que no (91-90%). Entre los opositores, hay un 61,6% de los descontentos con sus dirigentes que sí irían a votar, contra un 47,3% de los opositores que aún siguen a sus dirigentes, que, a pesar de todo, sí irían. Este último dato, puede interpretarse como una expectativa de cambio de última hora de la línea abstencionista o como una preparación hacia un desplazamiento hacia la franja opositora que se ha deslindado del G4, la dirigencia opositora más notoria.

¿Esta ruptura con su dirigencia implica un desplazamiento de los votantes hacia nuevos líderes? Unos datos que nos indicarían alguna tendencia en ese sentido, son los del conocimiento de la existencia de la llamada “Mesita” (partidos opositores que han roto con el G4 y negocian con el gobierno) que alcanza el 35% de la muestra, y que se identifica, en su mayoría, con Claudio Fermín y Henri Falcón. En el escenario de no participación de Juan Guaidó, la “mesita” lograría un 9,4%, contra un 20,4% que votaría por una “nueva dirigencia”, y un 22,9% que votarían por el PSUV.

De nuevo, los datos confirman apreciaciones, intuiciones u “olfato” que guían las apuestas de nuestros políticos, más a la caza de “oportunidades” que de avances de sus propios planteamientos políticos. Según los datos, el sector de Fermín (y su aliado, Barreto) apuesta a sumar los votos por una “nueva dirigencia” y los de la “mesita”. Por su parte, la llamada “Alianza Popular Revolucionaria” (ex PSUV y organizaciones del Polo Patriótico, progubernamentales hasta ahora), apostaría a capitalizar el voto del chavismo descontento.

Por supuesto, no soy brujo. Cabe preguntarse ¿cómo funcionarían en un escenario así los cuatro mecanismos del elector que comenté en 2015 y que recientemente la amiga Fátima Piñero trajo a colación en un artículo por este mismo medio? Los cuatro mecanismos son la lealtad, la responsabilidad, el castigo y la ilusión. Para estas elecciones, percibo muy poca ilusión y, más bien, bastante decepción en los dirigentes y en la política en general. El mecanismo del castigo puede adquirir aún más fuerza que en oportunidades anteriores; pero sería un castigo contra los líderes. La lealtad se reduce a esa insistencia en la reafirmación de la identificación política, tanto chavista como opositora, que, supongo, entra dentro de los cálculos y las apuestas que referí.

En cuanto a la responsabilidad, ya asumir el voto es una y muy grande. Ojalá prive en la escogencia de la opción a votar.



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Jesús Puerta


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