El extraño caso del rojo que se despinta

Asisto a un fenómeno inquietante, permítanme la confesión; más bien fantasmal, diría yo, para ser más acucioso en el análisis. Me froto los ojos y sigue allí con una insistencia que parece no dejar lugar a dudas. Quizás sean alucinaciones mías, también lo he contemplado, pero son tan reales que no sé. Lo comparto con ustedes por si alguien ha sentido o visto lo mismo y podemos encontrarnos en la locura, que entre varios, las penas, ya se sabe, se hacen más leves y se soportan mejor. El caso es que todo parece desvanecerse. Juro que lo he visto.

Las consignas de las paredes chorrean tinta hasta evaporarse. Está sucediendo. Tienen que creerme. Es algo así, no sé, como si el calor del trópico tuviera la facultad de derretir el pensamiento hasta hacerlo leve e inofensivo. Un día, las paredes son soportes rígididos de esloganes incendiarios, edificantes, totales, liberadores, y otro, pulcras moles blancas hinchadas por la lluvia, sin rastro, sin pasado, inocuas. La letras se decoloran, es verdad, por favor, créanme. Sucede que de pronto se comienzan a diluir los perfiles que le dan soporte a los caracteres, las líneas externas que contienen el color y hace legible la idea; luego se funden entre sí los pigmentos hasta hacerse una mancha amorfa, indefinida, imprecisa, y finalmente, ¡puf!, desaparece. Ya sé que es dificil de aceptar pero es que lo he visto con mis propios ojos. El otro día, sin más, pude ver cómo se deslavó un corazón tricolor de una vieja y maltrecha pancarta que decía algo así -me cuesta recordar- "Chávez, corazón del pueblo". La V, reinterpretada como un corazón palpitante, redondeado, lleno de color patrio, se desfiguró poco a poco hasta hacerse imperceptible, hasta convertirse en una borrón informe, para luego desiparse sin dejar rastro, casi por arte de magia. ¡Es una locura! Lo sé. Y eso no es todo. En otra ocasión me quedé estupefacto, observando atónito como una franela roja colgaba de un tendedero mientras se despintaba. Nadie parecía notarlo. Gruesas gotas bermejas caían estrepitosas sobre el suelo manchando la acera de un pegoste pastoso que se mezclaba con el sucio, luego se fue diluyendo con el concurso de la lluvia y el transitar incesante de viandantes absortos en la preocupación de sobrevivir. Las gotas parecían lágrimas brotando de unos ojos, no sé, pero eso quizá son interpretaciones mías, dada la distancia del tendedero. La pieza de ropa se fue afinando extrañamente, encogiéndose, luego sus hilos se fueron desmoronando, como si no tuvieran peso ni masa, hasta que se fundieron con el aire. Quizás es que estoy realmente loco. Es una posibilidad. Lo sé. Pero yo puedo jurar que lo he visto.

Cavilo durante las noches insomnes sobre el extraño fenómeno al que asisto y cómo interpretar tales señales. No tengo grandes respuestas, y no soy un experto en nada, la verdad, pero se me ha ocurrido que quizá así toma forma o se materializa el olvido. Sí. Ya sé, es una hipótesis algo descabellada, me hago cargo, pero alguna respuesta hay que dar. Pero, puestos a elucubrar: y si hubiese una conjura orquestada para olvidar; y si alguna gente se pusiera de acuerdo para borrar las huellas; y si algunos hacen fuerzas por eliminar el rojo estridente de su paleta para no manchar nunca más la ropa blanca dentro de sus lavadoras. Es una posibilidad. No sé.

Recuerdo a Benedetti reclamando que todo olvido es memoria. "El olvido está lleno de memoria", decía. Todo lo que se quiere olvidar está por allí, en alguna parte de nuestro cerebro, escondido, vigilante, para volver siempre a recordarnos aquello que deseamos olvidar a toda costa. No sé. Puede ser. Son cosas del viejo uruguayo. Yo cumplo con dejar consignado este fenómeno que he visto, por si alguien comparte mi locura. Lo digo, claro, por si acaso, y para que quede constancia, antes de que la conjura nos alcance y se nos olvide.

gssanfiel@gmail.com



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