El virus... y otras catástrofes

Contempla el ser humano las estrellas y asegura: ¡Llegaré hasta allá!

La bestia fragua en sus hornos armas capaces de destruirlo todo... y administra el miedo de los otros y el suyo propio.

Manipula genomas. Construye rascacielos.

Unos poseen todo el dinero que exhiben impúdicos ante el hambre de los más. Otros se hacen de un poder sin límites: su disfrute sensual (para usar la expresión que ha muchos años le escuché a Bayardo Sardi) sacia sus frustraciones y sus taras.

Éstos se refugian en dogmas religiosos y son felices. Aquéllos dudan de esta pasión inútil que somos. Libros y más libros que pretenden explicarnos y justificarnos. En nuestros celulares deambulan con cada persona mil bibliotecas de Alejandría. Todos creemos tener certezas más allá de la nada.

Y he aquí que entonces un virus microscópico se burla de nosotros y humilla tanto oropel humano. Asedia gobiernos. Somete imperios. Abofetea a los inútiles generales del desconcierto. Cierra fronteras. Así como el planeta, expoliado, sangrado, atormentado, parece levantar su caparazón de animal prehistórico y trastornarlo todo: incendios aquí, huracanes allá, inundaciones acullá, develando la insania del "progreso" desquiciado. Microbio ponzoñoso que nos recuerda qué poca cosa somos.

Claro, será sometido, seguramente. Y volverá a señorearse el ser humano como rey de las especies. Pero que la lección sirva para recordarnos cuán vulnerables somos.

Y aquí, en este país al norte del sur, en esta tierra de gracias (o de desgracias) devastada por la indolencia y el odio, desde nuestra pequeña historia, ¿va a ser usado el virus como arma arrojadiza por los odiadores de oficio en lado y lado? ¿Revolución? ¿Mantra? ¿Sanciones, sanciones, más sanciones? ¿No serán llamados a palacio los mejores a causa del único "delito" de pensar diferente? Muy pequeña la estatura moral de quien considere usar la circunstancia para réditos políticos subalternos.

Allá, en la oscuridad de nuestra respiración, donde el bacilo penetra nuestras células; allá, donde la peste del odio infesta nuestro cuerpo social; allá, en el fondo luminoso donde resiste el alma de la nación y batalla día a día con la penumbra del desprecio, de la inquina, de la más loca malquerencia, acaso podamos los venezolanos encontrar la paz, sanar nuestras heridas, y reconciliarnos. Ojalá que entendamos por fin que debemos estar unidos ante éste y otros desafíos.

Ya lo dijo Jesús:

Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado; y una casa dividida contra sí misma, cae.

Hora ésta para no olvidarlo.



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Enrique Ochoa Antich


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