Consciencia y Utopía

Dándome cuenta que la felicidad es nuestro estado natural, decidí olvidarme de mí y ser feliz

Llegué muy temprano, según lo convenido. Él salió a mi encuentro, sonriendo, con un entusiasmo que desbordaba sus facciones y avivaba sus ojos profundos. Me dio un abrazo desde el alma y me invitó a entrar a su casita. Salieron dos perritos, olorosos a monte fresco, él los acarició amorosamente y ellos respondieron a la ternura de ese saludo.

Una vez dentro, salió su compañera y su hija, muy contentas, uniéndose al saludo mañanero de bienvenida. El interior de la casita estaba impregnado de un suave olor a geranios y novios en flor. Todo muy sencillo. Nos hizo sentar en una silla de madera, junto a una vieja mesa cubierta de esteras pequeñas hechas de juncos. Muy atentos, también ellos tomaron asiento en unos taburetes de madera oscura.

Desde afuera llegaban cantos sonoros de guacharacas, cubiros y conotos. La puerta entreabierta dejó pasar una suave brisa olorosa a neblina y a verano. Me preguntaron por el viaje, interesados efusivamente por mis respuestas. Degusté un sabroso desayuno: Arepas de guaje y maíz, revoltillo de chayota y una infusión de malojillo. Antes guardaron silencio, y bañados de una profundidad espiritual, cerraron sus ojos y brindaron una oración de agradecimiento por la provisión de alimentos para ese momento. Luego, entre conversas alusivas al hermoso día que dibujaba el firmamento, desayunamos y se me mencionó como sería la dinámica de mi estadía en ese lugar.

Su compañera y su hija se fueron a sus habituales labores en la escuelita del caserío, él las acompañó junto a sus dos perros hasta el final de un caminito bordeado de cayenas, guayabos y cañas de la India. Se abrazaron tiernamente y retornó a la casita donde yo le esperaba.

_ ¡Qué bello día!_ exclamó, sin esperar respuesta de mi parte.

Se introdujo en su casita. Yo solo observaba. Una casita de bahareque, zinc, barro, caña brava y cal. Todo distribuido de una manera muy sencilla, un corredor bordeado de bellas plantas entre helechos, begonias, calas y variedad de flores diversas, varias sillas, taburetes, armoniosamente ubicadas, dos hamacas de vistosos colores y una cesta hecha de bejucos conteniendo revistas y libros con temas diversos, especialmente filosóficos, científicos, poéticos y espirituales. Por dentro, igualmente todo sencillamente distribuido, estantes con numerosos libros, viejos floreros y candelabros bañados de velas escondidas en la memoria de las noches de invierno, dos hamacas de hilo de hermosos colores. En las paredes se podían ver diversos objetos antiquísimos, cuadros y dibujos fielmente plasmados en cartones, bocetos y maderas, obra de su hija, que según él, era una enamorada de los dibujos y los colores. Me mostró dos habitaciones, la de él y su compañera y la de su hija, ambas con la misma sencillez, camas de hierro y madera, legado de sus padres, bañadas de sábanas coloreadas y cobertores de lana, sillas de madera y estantes con más libros y más dibujos, mensajes y cuadros de su pequeña. Entramos a la cocina y me mostró las "pequeñas y pocas cosas para cocinar con Amor", según sus palabras.

Lo vi terciándose una marusa conteniendo agua y catalinas, tomó un viejo machete y me pidió que lo siguiera. Percibí que la casa había quedado abierta. Observó mi inquietud y me dijo que "por estos lugares no hay miedo, por lo tanto no hay nada que cuidar".

Le seguí, íbamos por un caminito. Todo parecía de otro mundo, árboles danzando al son de la brisa mañanera, guacharacas, conotos, ardillas, tordos y nidos, viento suave, neblina silenciosa y olorosa al jazmín de los néctares desprendidos de los cafetales y naranjos. Llegamos a un bosque habitado por guamos, bucares, cenizos, majaguas, cedros y piedras de regular tamaño. Nos sentamos en una de ellas y tomando una suave y profunda respiración, sonrió y escuché su diáfana voz:

_ Esto es la vida manifestándose a través de diversas formas. La vida es ese árbol, la brisa que nos acompañó por el camino, el mismo camino, las huellas que dejamos, los cadillos pegapega que nos saludaron, las voces de las piedras del camino, tú mismo, yo, que te recuerdo estas cosas, estos dos perritos que nos acompañan, el sol entre la hojarasca, el suelo oloroso a semillas, el aliento de las ardillas, el canto de la guaca, esa hoja seca, que desprendiéndose del árbol, saluda al color de la montaña, contenta porque su forma arropará al suelo desnudo y su miel alimentará a sus hojas hermanas que se quedaron. Date cuenta de esta realidad, lee en el libro de la naturaleza, todo está en todo, lo que percibes fuera está dentro, ese mundo que aparenta estar fuera de ti es una proyección de tu esencia. Solo el necio califica y clasifica la vida, para recrearse ilusoriamente y justificar la separación y la competencia que genera guerras por el poder, por los placeres efímeros y el dinero. Observa esos dos árboles uno de guamo, otro de bucare, uno al lado del otro, la brisa los une para que se acaricien, sus raíces se encuentran para explorar juntas el misterioso suelo. Los pájaros celebran el encuentro del amado con la amada y esas hojas que caen dan vivas a la marcha nupcial en la que vive este bosque. Eso está en la naturaleza, ella nos habla, pero cuán sordos nos ponemos cuando nos consume la soberbia…

Guardó silencio. Se incorporó y fue hasta un árbol de pomarrosa cercano, tomó varios frutos y regresó para ofrecérmelos:

_ Estos frutos quieren saludar la memoria que guarda tu corazón_dijo amablemente mientras me invitaba a saborearlos.

Nos dirigimos a su conuco y allí, tras bendecir lo que de allí iba a tomar, cosechamos cambures, guajes, naranjas, yuca y algunas plantas aromáticas y medicinales como malojillo, geranio, menta, lochitas. Sacó una mochila más grande de su marusa y la llenó con la bendecida cosecha. Iniciamos el viaje de regreso, no paraba de saludar toda forma de vida que salía a nuestro paso: pájaros, hierbas, arbustos, árboles, ardillas, escarabajos, palos secos, brisa, sol, neblina, flores.

Al llegar a su casita lo estaban esperando unos señores de la comunidad que venían a pedirle semillas y abonos naturales que él producía. Me los presentó, y tras una conversa campesina, les entregó amablemente el referido pedido. Luego vino una señora para que le facilitara unas hojas de árnica y altamisa para unos dolores musculares que tenía en un brazo. Él la tomó de la mano y sonriéndole le hizo varios ejercicios físicos, luego le preparó una mezcla de las plantas solicitadas y la despidió acompañándola por el caminito de salida, siempre sonriendo, con su mano acompañando los hombros de la señora. Regresó con unos jóvenes que iban a buscarlo para que los ayudara en una tarea sobre el origen de la vida que les mandaron en el liceo de la comunidad. Me los presentó y seguidamente entró a su casita para luego salir con sendos libros, ubicó los temas a investigar y previamente mantuvo una amena conversa con los estudiantes, quienes le hacían preguntas y él las utilizaba para generar un debate a partir del cual ellos mismos generaban las respuestas.

La mañana se hizo rápida entre conversas, revisamos su "fábrica" de abonos naturales, humus de lombriz, bioles, microorganismos de montaña, caldos de plantas, entre otros, detallando los materiales empleados. Todo reciclado, natural, local. Me orientó sobre el papel de la luna y el universo entero en el desarrollo de las plantas, tratamiento de las semillas y elaboración de abonos.

_Todo está en la naturaleza_ dijo emocionado_ella es nuestra despensa, nuestra escuela, nuestra universidad. A través de ella se expresa la vida que hemos olvidado. Allí está el conocimiento liberador, el alimento, la medicina, la felicidad, el Amor y la savia que nutre nuestras almas.

Interrumpió la tertulia para darle la bienvenida a su compañera y a su hija que regresaban de la escuela, donde la una era maestra y la otra, estudiante, o cómo luego él dijo: "las dos son maestras y estudiantes".

Las recibió emocionado, les dio un tierno abrazo, preguntándoles como había estado la jornada del día y tras una amena tertulia, los tres se dedicaron a preparar el divino almuerzo, que no tardó en estar listo y que consistió en quinchonchos con auyama y chayota, arepas de guaje amarillo, cambures asados al rescoldo y jugo de naranja. Esta vez fue la niña quien poéticamente bendijo el alimento.

Luego del fragual almuerzo, me invitaron a reposar en las cómodas hamacas. Llegó el silencio de la tarde, y los ecos de las reinitas y azulejos que bailaban entre los helechos del corredor, anidaron el Amor de mi estancia en ese mágico lugar.

Ya entrada la tarde, llegó e viejo Guío, un viejo Maestro Pueblo con quien mantuvimos una conversa muy sabrosa al calor de una guarapo de lochita con cayena. Apareció la noche y los conotos dieron paso a los burucucus y a los aguaitacaminos…

Cenamos tortilla con vegetales frescos y cambures asados sin concha, acompañados con atol de guaje. Luego fuimos a un ancho patio que vigilaba a la noche de plenilunio. Hermosura de silencio, destellos de un espacio sideral cantado por grillos y luciérnagas enamoradas. Guardamos silencio ante tan bello espectáculo y la meditación de la montaña guajera nos abonó el alma.

Fuimos adentro, dispusieron para mí una cómoda cama con perfumadas sábanas olorosas a jazmín.

Él se dirigió a la habitación de su hija a contarle los acostumbrados cuentos de una aventura infinita de un tal Firifirito y los juegos de El Aguila FiQui-Fiqui y sus amigos. Desde mi aposento pude escuchar estas historias que padre hija dibujaban en el lienzo de las memorias de mi espíritu…dormí sobre un éxtasis de profunda contemplación.

Al amanecer, aún la luna señoreaba, noté que él ya estaba de pié y caminaba a gusto junto a un humeante café viajero en un pocillo de peltre. Me sonrió. Me llevó al corredor y mientras regaba unas hermosas plantas de begonia, le pregunté del porqué de tanta paz en su vida. Siguió con su permanente sonrisa y mientras me bañaba con su mirada penetrante afirmó:

_ La sociedad actual vive en el oscuro aposento del olvido. La mayoría de las personas secuestraron el ser espiritual que son en esencia, para enamorarse de una ilusión disfrazada de poder, dinero y placeres. Esta es la sociedad que confundió la causa con el efecto, y en ese mundo de efectos vive, buscando en los efímeros sentimientos y emociones pasajeras la felicidad que yace dormida en su memoria imperecedera. Y solo hay que darse cuenta. La vida es para vivirla, y por juzgarla se nos olvida vivir. Y se vive en las cosas más sencillas. Lo más difícil de comprender es que todo es tan sencillo. ¿Sabes cómo conseguí la paz que percibes en mí? Dándome cuenta que la felicidad es nuestro estado natural. Decidí olvidarme de mí y ser feliz.

Al despedirme de aquel bello lugar, sonrientes esos tres seres me acompañaron por el caminito de cayenas, guayabos y cañas de la India hasta que regresé del vívido sueño del alma….
 

Profesor Agroecología UBV-Lara

forimakius@gmail.com



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Héctor Honorio Rodríguez Orellana

Ingeniero Agrónomo (Universidad Central de Venezuela), M.Sc. Desarrollo Sustentable de Territorios Rurales(ESAT), Dr. en Ciencias para el Desarrollo Estratégico(Universidad Bolivariana de Venezuela),Profesor en Agroecología(UBV), Fundador de Fundagraria (Fundación Ecológica).

 forimakius@gmail.com

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