La hora del pellejo

La crisis política alcanza una temperatura de alarma y advertencia, porque el imperialismo norteamericano no es un enemigo para subestimar y aunque parezca un tigre de papel, tiene un largo prontuario de invasiones llenas de sangre, crueldades, despojos y humillaciones. Desviar la atención hacia las deficiencias gerenciales, operativas y éticas del gobierno bolivariano en esta coyuntura, resulta un acto de miopía similar a ver los árboles y no el bosque.

Cada minuto que transcurre revela un nuevo ataque mediático, económico, financiero, diplomático contra nuestro país aunque, aparentemente, lo que quieren es la cabeza del presidente Nicolás Maduro. Los tanques pensantes del Departamento de Estado, Pentágono, CIA y Casa Blanca diseñan tácticas belicistas, intimidatorias, abiertamente injerencistas porque el volumen de petróleo que tiene Venezuela es demasiado urgente para la economía consumista del país del norte.

Con una derecha venezolana mineralizada, inorgánica, política e intelectualmente estrafalaria y torpe, se van desarrollando acontecimientos que empujan hacia una sensación de vacío, desesperanza y angustia en las mayorías, socialmente hablando. El futuro inmediato parece un lago de arena movediza donde nadie detecta con exactitud, la profundidad de la crisis ni surgen acciones gubernamentales radicales que cautericen esta hiperinflación, devoradora de la moneda criolla.

Entre la defensa a la soberanía nacional y las diferencias políticas y económicas con el gobierno actual, no se puede dudar ni un segundo. Primero está la patria, el derecho a decidir nuestro destino como República, a construir un país autónomo. Somos una nación con identidad propia y a nadie le permitimos que venga a colocar un presidente a su medida, a robarnos descaradamente los recursos naturales renovables y no renovables. A pisar nuestro honor y dignidad como pueblo

Han pasado más de cien años con gobiernos cumpliendo órdenes del único país del mundo (EEUU) que ha lanzado dos bombas atómicas (Hiroshima y Nagasaki, Japón. 1945) y mayor cantidad de invasiones directa e indirectas contra países de América Latina. Desde 1830 heredamos una cultura marcada por el sentido de soberanía, aunque poco a poco los terratenientes de la economía, los poderosos y pequeños grupos parasitarios privados y los gobiernos de turno, han cedido a las presiones y exigencias de quien nos considera su patio trasero.

Aun así, la población tiene en su imaginario histórico la figura contestataria del Libertador Simón Bolívar y una conciencia relativamente clara, de lo que significa la libertad de escoger nuestro destino.

El gobierno norteamericano no cesará en el acoso mediático, la acechanza diplomática y el bloqueo económico, de allí que resulta estratégico definir una posición política que coloque en su justa medida quién es el enemigo principal y quiénes son los adversarios circunstanciales de un proceso político, desigual y combinado, epiléptico pero manifiesto. Es temerario moverse con la sinuosidad de una serpiente y la astucia del zorro sabanero, cuando el momento exige compromisos en blanco y negro.

Es verdad que hacia adentro hay profundas averías en la concepción revolucionaria del gobierno bolivariano. Inclusive con el Comandante Chávez se notaban las fisuras del proceso político, el volumen de errores al diseñar y ejecutar un plan de desarrollo nacional y local, un concepto alternativo de economía, el exceso de retórico de los voceros oficiales y la carencia continua de resultados positivos.

La corrupción y la ineficiencia administrativa, el nepotismo y la impunidad, el clientelismo político y la improvisación, así como la falsa articulación entre el poder comunal y el poder constituido figuran como vicios sobrevivientes de la "4ta República", de un capitalismo subdesarrollado con mutaciones extrañas. Sin embargo, es mezquino desconocer la fortaleza de una política exterior multipolar, las alianzas estratégicas con Rusia y China, una arquitectura legal extraordinaria en el papel, la captura de los "tiburones gordos "en la industria petrolera, la asistencia social a los más débiles (Gran Misión Vivienda, Clap, CDI, entre otras)

Estamos en la boca de un huracán que estalló el 27 y 28 de febrero de 1989, volviendo a erupcionar el 4 -F del ’92 y así, sucesivamente, en acontecimientos que han templado la conciencia política de la sociedad entera. Hoy el enemigo es visible aunque a lo interno se diluye engañosamente, pero la historia de este país sigue con dolores de parto. Los procesos revolucionarios nunca ascienden, linealmente ni están exentos de atajos fraudulentos. Se estancan. Retroceden. Fracasan y vuelven a la calle con los gritos de "libertad, igualdad y fraternidad".

El imperialismo norteamericano juega con todas las cartas marcadas y Venezuela es una pieza del tablero, pues, representa, una suculenta tajada petrolera. Ignorar la presencia imperialista sobrevolando el cielo venezolano es como el cura que escucha las confesiones de los pecadores, impone los rezos absolutorios pero, cuando cierra las puertas de la iglesia, viola al monaguillo.

Darle continuidad en el tiempo y consistencia ideológica y doctrinaria al discurso político desde la perspectiva revolucionaria, pasa por deslastrarse de posturas efectistas, romper con la perversa costumbre del maniqueísmo verbal y dejar de señalar a un individuo como el "culpable" de la peste que estremece al país.

No es cierto que se haya perdido una oportunidad de oro para que en Venezuela se implante un nuevo modelo de sociedad. Veinte años en el poder (gobierno) es insignificante ante la dimensión transformadora que requiere una nación podrida moralmente, explotadora desde el punto de vista económico, políticamente falsa, culturalmente alienada y educativamente, enajenada.

Es la hora donde hay que seguir dejando el pellejo en el combate de las ideas, en la confrontación con un enemigo de doble cara. Creer en el pueblo de lunes a domingo, pero por sobre todas las cosas, mantener la convicción que la lucha revolucionaria no tiene caducidad ni la victoria se predice.

La soberanía de la Patria no se negocia. Tampoco se discute.



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Elmer Niño


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