Sindéresis

Las ojeras de Maduro y el fatídico momento

No es pelar mandarinas, lo que le toca al presidente. Sus asesores, si es que los tiene, lo predisponen al fracaso. Un zumbido en sus oídos le hace perder el sueño. Y se dibujan en sus ojos sendas aureolas de sangre que tercamente se disponen frenar el curso normal de sus torrentes. Así se mostró el presidente este miércoles cuando insólitamente ofrecía becas a estudiantes colombianos que hacían reír al mundo político del vecino país. Como si fuera lo insólito el único acompañante del presidente. Y no es para menos que las ojeras presidenciales se asomen irredentas tras el fallido disimulo de las cámaras y el maquillaje. No hay dudas de que hay descontento entre los sables del ejército nacional. La situación económica nacional es de compleja a despavorida. Las últimas medidas donde se ancló el petro al salario mínimo se desmoronó en menos de cuarenta días. El pueblo no aguanta más sus hambres y sus miserias. Colapsados los servicios públicos cunden las enfermedades y prolifera el hamponato. Nadie que expenda productos básicos le para al gobierno precario y los precios se conjugan entre la especulación y el atraco público. El transporte en Caracas es un caos y el metro que hacia penosamente el quite, ya empezó con alta velocidad a desmoronarse. Caracas, en donde hace esfuerzos el gobierno para contener sus fuerzas de ira social, empieza a dar muestras de feroces descontentos. El hambre y el caos social no tienen patrono. Cuando ese binomio mortal se implanta en el ser humano, lo humano se vuelve dantesco. En el ámbito internacional, no puede ser peor la situación del presidente y su gobierno. Los países OEA que se reunieron en Colombia, desconocen abiertamente al gobierno venezolano. Y nada se diga de Europa y Norteamérica. Así que el gobierno está saltando en candeladas. Pero su misma terquedad lo ha situado sobre los grandes lengüetazos de candela. Basta indicar que constituyentes de la talla de Jesús Farías le gritan desesperadamente a Maduro que cambie la dirección de ese gobierno exhausto y se acoja a los preceptos internacionales. Pero Maduro ciego y sordo hasta el que más, hunde su testarudez a límites de asombro. Ya casi entonces no hay país que gobernar. Y así es difícil para un gobernante hacer gobierno de la nada. Por eso el presidente haciendo un esfuerzo inusitado para mantenerse en el poder arrastra con ello la desgracia de un pueblo que creyó en un socialismo verdadero para el disfrute popular. Y quizás allí esté la razón de las ojeras presidenciales como queriendo advertir a tiempo, el desenlace de un final que la revolución jamás previó.



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Neri La Cruz


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