Criticando por criticá

Maduro y los "intelectualoides". ¿Dónde irá el buey que no are?

El "rollo" entre los políticos y los intelectuales es tan viejo como la vida de los partidos misma. Sobre todo por aquellos políticos pocos dados a la lectura y si a eso que un viejo amigo intelectual llamaba el "tareismo". Se refería a quienes en la actividad política poco interés prestan por su formación intelectual, conformándose con un pequeño archivo de palabras o "frases cohetes", como dice otro amigo, para usarlas para aderezar o condimentar sus discursos, pues dedicaban su valioso tiempo estrictamente a las tareas cotidianas de la actividad. Reunir a los compañeros, informarles acerca de lo que se suele llamar línea del partido, sobre el contenido de las tareas por realizar y hasta empaparlos de detalles –cualquiera pudiera llamarle chismes – de lo que acontece en las altas esferas y hasta las intimidades necesarias que ayudan a prosperar el fraccionalismo. Y eso formaba parte de un discurso aprendido de memoria que pasaba de aquí hasta allá, al final de la cola. Era y ahora ha tomado vigencia, un viejo discurso de la ortodoxia y manera como muy "inteligente", pese el simplismo, de liquidar a quienes discrepan, aunque pudieran tener razón. De esa actividad depende en buena medida la "pertinencia" y el respaldo que el político pueda gozar en cualquier contingencia. Es como un mérito muy especial, por encima de la condición ciudadana, ser militante consecuente y disciplinado del partido. Esto es una condición primaria por encima de todo.

Los "políticos" suelen ser más disciplinados y hasta comprometidos con el trabajo diario del partido y con el jefe. Si cuidas tus relaciones con él tendrás todos los atributos necesarios para ser lo que quieras, hasta llegar a sustituirle. Dudar, plantear diferentes hipótesis, criticar, eso está vedado a quien quiera subir y ocupar espacios. El intelectual tiene una visión distinta de la actividad política. Cree falsa y hasta ingenuamente que su trabajo en los frentes donde suele estar por su condición de intelectual merece que la mayoría de la organización le haga ese reconocimiento y además lo espera. Por eso suele deprimirse cuando eso no sucede. Hacer llamados desde su puesto de observación es más que una impertinencia. Además, si el intelectual es escritor y trabaja en algún frente para vivir de eso y cumplir su deber ciudadano, hasta de padre o madre de familia, tiene medido el tiempo para la política; de esto se aprovecha el político que, de alguna manera, siempre será profesional de eso, para ganarle a aquél en la disputa por la supremacía en el partido. Es pues una como una valoración de lo cuantitativo sobre lo cualitativo; como que lo que importa es la cantidad de horas de trabajo. Y es al mismo tiempo una descalificación del intelectual. Para pensar y crear basta con el jefe o los jefes políticos. De paso, estos no comparten y menos distraen sus funciones inherentes al partido con otra cosa. El político goza "humillando" al intelectual, promoviendo hasta a un alumno de éste y por encima suyo para un reconocimiento o derecho a representar. Es pues una rivalidad "histórica", para decirlo como gusta a un político

Por eso, abundan los políticos formados en eso de escuchar discursos e informes propios de ese mundo; si se quiere son unos intelectuales del escuchar atentamente, y como muy amplios, por la amplitud de aquellos. ¡Y vaya que hay unos talentosos y competentes para aprenderse discursos de memoria que pueden repetir sin pelarse una coma y hasta acomodarlos según las circunstancias! Hoy puede ser en un mitin, mañana en la OEA y hasta en el congreso. Y usted les oye decir, "vivimos un momento histórico" y "estamos haciendo historia". Si esto lo dicen gritando mucho mejor, pues pareciera que eso da más sensación de seguridad y certeza. Y para más, les gusta aparecer como originales, pues suelen olvidar a quienes citan o copian.

Pero esas dos formas de abordar la política y los intereses particulares de cada quien, suelen contradecirse. Cada uno de ellos y eso parece como muy natural, cree que lo que hace es más importante que lo que hace el otro. Es frecuente en la vida cotidiana cada quien crea que trabajo es aquel que hace. Y además, es muy generalizada la idea, según la cual, leer o escribir no son trabajos, tanto que por eso rara vez pagan. El trabajo de Luis Britto García, para mencionar a alguien muy importante e intelectual reconocido, no vale para un político como el de aquel que organiza las marchas o pega gritos ante un micrófono para animarlas. En veces, impuesta la conducta por las circunstancias, el político elogia al intelectual o viceversa hasta en público, aunque en privado se prefiera estar con otra gente. Hubo políticos que decían sin arrepentimiento "lo cambio por un multígrafo", refiriéndose a aquel intelectual que ofrecía su aporte como tal. Por eso uno cree, pudiera haber hasta gobernantes que no les paran a asesores o consejeros aunque el Estado los pague. Pues ellos creen se las saben todas.

Para un político de nada vale lo que hace quien participa en grupos que intentan diagnosticar la coyuntura, definir la táctica o la estrategia o recopila información en la historia que pueda servir para interpretar el presente; menos quien se ocupa de de temas filosóficos, pues eso no produce votos; vital e importante es aquel que está presente en cada reunión u organiza grupos en los barrios y presto a aplaudir. No sirve para nada el trabajo del docente dentro y fuera del aula formando mentes despiertas para atrapar el movimiento y fortalecer las luchas, tarea cuyos resultados se recogen a mediano o largo plazo, si no acude diariamente a la casa del partido y no está presente en cada concentración donde hablará el líder y se "descuida" a la hora gritarle ¡púyalo! El trabajo digno de reconocimiento es sólo aquel que se hace dentro de las filas del partido y por orden de este y en particular del jefe. Tampoco importa que lo que hagas coincida con lo que este se propone si no admites públicamente que lo haces en nombre suyo y expresa disposición. Pero los intelectuales suelen ser como dados a no acogerse a la disciplina y la jefatura partidista.

Para el intelectual el político ese del pequeño bulto de palabras, frases cohetes que se usan en todos los discursos, que sirven como llaves para abrir todas las puertas, aunque se rompa el pecho organizando y hasta consumando las tareas, no es digno de merecimiento. La pugna viene de antaño. Tanto que la historia de los primeros partidos que no es tan vieja, está llena de esas confrontaciones. El intelectual cuando es político, es decir cuando se acoge estrictamente a la norma y al acontecer del partido, que los hay, es sobre todo lo segundo y siendo así suele distanciarse de lo primero y puede llegar a ser hasta un irreconciliable enemigo de éste. Porque el político odia al intelectual por su empeño en discrepar, buscarle cuatro patas al gato y no acogerse a la línea del partido y de su jefe con la fe de de un carbonario o carbonero. Y, cuando se es político por encima de todo, se rechaza a quien pueda pensar y proponer distinto. Eso es un peligro, pone en riesgo el prestigio del líder. No hay cosa que éste rechace más que hallarse en reuniones donde haya entre la gente algún o algunos intelectuales que pudieran contradecirle.

Ha sido demasiado frecuente, sobre todo entre los viejos partidos de la social democracia y de la izquierda esa disputa. Así como "los caballeros las prefieren rubias", los políticos quieren una militancia disciplinada, no discrepe y se le ocurra pensar que más allá de lo que diga el líder hay otra verdad. Los intelectuales se la pasan dudando, como buscando otras verdades y eso encalamoca al partido y pudiera dejar al líder, ocupado de cosas más importantes, en un momento dado, totalmente fuera del perol. Lo que el líder hace y dice, aunque sea lo contario a lo que conviene según como se mueve la vida, hay que respaldarlo y aplaudirlo, pues no hacerlo podría restarle la credibilidad y prestigio de mirar más allá del horizonte y sobre todo de siempre hacerlo bien. ¿Para qué entonces hace sus discursos, afirmaciones y promesas históricas? Si no se da lo que predijo no fue por culpa suya sino de los hechos que se comportaron malamente.

Los intelectuales son una ladilla. Si los hechos se comportaron en contrario de lo que predijo el político líder, inmediatamente le caen encima y empiezan a señalar errores, recordarle lo que antes le dijeron y marcarle el rumbo. A pedir revisión y como para que quede constancia hubo errores y él, el líder, no le gusta equivocarse, reconocerlo y menos que lo digan. Y eso no le corresponde a ellos, a los intelectuales, piensa el líder o político sino a él, aunque diga que al pueblo o la clase obrera que estando en frente suyo, sólo la arenga, invita que aplauda, sin darle chance de elaborar una respuesta colectiva.

"Son el pueblo, la clase obrera los más competentes para elaborar el conocimiento por el que debamos regirnos, no intelectualoides", dice el líder, con una frase mohosa, disgustado por alguna crítica puesta en un diario, una página digital, porque no hay otro espacio donde desahogarse. Pero ¿estamos seguros de verdad que ese documento lo examinó la clase, que no debe limitarse a los obreros, el pueblo, suficientemente y cumpliendo estrictamente las normas para sentirse satisfechos y bajo el amparo sagrado que en él están plasmadas las aspiraciones colectivas? ¿Y quién nos garantiza que siendo así, el líder, el político y sus íntimos, se guiarán por lo allí previsto?

Estas dudas siempre estarán presentes y el conflicto entre los políticos y los intelectuales también. Porque los intelectuales tienen la manía de no sentirse nunca satisfechos. ¿Dónde irá el buey que no are?



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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