Alquimia política

Hermeneusis literaria

Cuando se busca interpretar un texto literario es común observar en quienes lo hacen y en quienes intentan enseñar hacerlo, que hay un inmenso abismo entre su percepción de esa literatura creativa y sus juicios de valor, estos terminan perjudicando cualquier comprensión acerca de lo abstracto o de lo real que se lee. Los literatos se ahogan en explicar la realidad ficticia que está en los rótulos de la obra, y los académicos, invadidos por esa morbosidad de hacerse sentir superiores, terminan por fragmentar el escrito y crear una especie de pequeñas islas que se desvinculan con cualquier historia o hilo conductor de una trama literaria.

A la hora de abordar el texto literario, es importante considerar dos aspectos que son recurrentes: la referencia a un sujeto determinado, personaje central, y las alusiones a la voz que se deja leer a ese sujeto. Un análisis centrado solamente en el personaje, lleva a cometer errores en la valorización de sus acciones mostrando las situaciones contradictorias como parte de la trama y de personajes secundarios que le van dando otro tipo de historia a la obra y que terminan enredándose en el hilo conductor de las contradicción vinculadas por error; un análisis que busque profundizar el universo abstracto de la creación literaria, debe realizarse siguiendo como secuencia: identificar algunos de los procedimientos de la puesta de manifiesto en el lenguaje del autor, explicando las relaciones en el interior de cada uno de ellos y su integración en el nivel semántico, precisando los hechos y su desenvolvimiento.

Luego es necesario buscar la palabra exacta, entregada a nivel semántico y fónico, como una de las preocupaciones básicas que le dan a la creación una belleza diáfana y cálida, desde un lenguaje iconizado que muestra la grieta como una herida, con un fuerte mensaje, resaltado por el uso de oposiciones y sinestesias, manteniendo una arquitectura que le da al espacio fantástico de la literatura un espacio con ritmo claramente marcado, acentuando el mensaje como parte de la realidad que toma como inspiración las grandezas y tragedias humanas.

El peso de cada palabra, a todas estas, está dado por su ubicación en el texto, y por el juego que se establece entre las historias que se cuentan y la visión espiritual y humana de quien las lee. Para abordar esa realidad, es necesario hacer pausas, silencios, uso constante de la anáfora en el eje sintagmático, que aunque al hacer la lectura de los textos literarios no siempre se está frente a un poema, eso no quiere decir que la prosa no pueda ser asumida en su estética poética.

En otro aspecto para hacer un análisis literario, se hace imprescindible abordar el tema como si se describiera una herida como grieta, es decir, ante la presencia de un viento que amenaza dicha herida con gérmenes y bacterias, así de minucioso es el encuentro con la palabra erizada y distribuidas en el valor y peso de una batalla para concretar la unidad entre el arte y la vida, al querer interpretarla; finalmente, el análisis toma cuerpo, evocando explosivamente, algunas veces en clave de sombra, otras en soles, la angustia y el grito, la desprejuiciada risa y el nacimiento, la ironía y el sarcasmo, que se detiene en todas y cada una de las pausas de la historia contada, donde no es indiferente el argumento de la vida y de la a muerte; temas comunes de la narrativa moderna.

Hacer el análisis literario de una obra, supone la oposición de la palabra y el silencio, descubriendo el lenguaje dentro del lenguaje y sellando su destino certero, su peregrinar por la metáfora, su comunión con el espacio donde convergen y despliega las ideas creativas en forma de palabra. Esa búsqueda que se emprende, se hace desde el exilio, ese exilio creado en un mundo concreto y objetivo; donde cada revelación de la imagen es, sencillamente, lo que permite ver. No hay representación, ni relato, ni narración que haga posible seguir el recorrido de una imagen por inferencia; cada palabra es lo que es, en cada texto se suceden imágenes, cuestionando el propio lenguaje y la continua reflexión sobre el acto creativo que produce lo mejor de los valores humanos dispersos en la obra literaria.

En concreto, hay oposición entre decir y hacer, semánticamente, a la hora de encarar el lenguaje literario; las historias son melodías, también son un infierno. La ambivalencia, la polaridad de símbolos, es una característica notable en la moderna literatura occidental; prevalece la trascendencia en la expresión de un lenguaje que es obvio y central, en la configuración humana del escritor. De allí la necesidad de que al encarar un análisis literario, se establezcan las funciones que cumple la palabra, a diversos niveles; esa palabra que funcionará sucesivamente como máscara, como creadora del objeto, como metalenguaje.

A todas estas, al hacer el análisis literario se hace importante crear condiciones adecuadas para internalizar el pensamiento o la comunicación interhumana es medio y no fin, creando un lenguaje autónomo que es propio fin; siendo sensible de construcción, haciendo sentir del texto, su aspecto acústico o el articulatorio de los hechos de acuerdo a las pulsaciones del medio ambiente que rodea las historias.

En un aspecto puntual, una obra es literaria no por su cantidad de metáforas, sino por la desautomatización de las mismas; ella busca una manera de presentar las cosas como nunca vistas, singularizándolas, sacándolas de contexto para hacerlas llamativas; se complica la forma, no la realidad. Hay que dar una forma nueva a los objetos inmersos en las historias literarias; el escribiente no pretende informar, comunicar un contenido, sino mostrarnos la realidad, deformándola, manipulando los objetos; la obra de arte es un artefacto, muchas veces sin significados.

Encarando esta realidad, la palabra, como destino, aparece persuadida en la obra literaria, entra en el sentido de la memoria, tal cual lo describe Octavio Paz, cuando, refiriéndose a la literatura a través de la poesía, la vincula con "…la memoria de los pueblos y la gran fabricante de fantasmas. Aplastado por el cosmos, el hombre se yergue y lo desafía, el poeta desafía al universo. Por la poesía se iguala o supera al cosmos. La poesía es revelación, es vida en esencia, es el universo que se pone de pie. En realidad, la poesía nos hace ver todo como nuevo, como recién nacido, porque ella es descubrimiento, iluminación del mundo. Cuando sentimos que nos salen alas en la garganta y que todo nuestro cuerpo tiembla, estamos en presencia de la poesía. La poesía da vida a la muerte y más vida a la vida."

De manera puntual, la narrativa literaria es la vida de la vida, por eso podemos decir que es el juego de la vida y de la muerte; es una palabra que siente más que nada el destino del hombre, y cuando se cree que está cantando, ella está llorando la libertad que es el paraíso perdido o, mejor dicho, el paraíso nunca hallado del ser humano. El ejercicio escritural de la palabra literaria, es resistencia frente a un mundo que se vuelve cada vez más cruel, cada vez más terrible, deshumanizante, porque todo lo que pasa no está fuera de lo humano, creando en la palabra como forma de resistencia la tipología humana, natural, donde el universo es hecho palabras que salen de la pluma del escribiente, ocupando un lugar de dónde no se puede salir sin antes sentir y padecer el peso de esa palabra; ni tampoco entrar, sin antes comprender el llamamiento de la palabra desde el fondo interior de su comprensión. Comprender, a través del análisis literario, es consolidar nuestro lugar en el universo e impulsar la totalidad de su mensaje en la cotidianidad que le toca vivir a quien interpreta o hace de lector.

 



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Ramón Eduardo Azócar Añez

Doctor en Ciencias de la Educación/Politólogo/ Planificador. Docente Universitario, Conferencista y Asesor en Políticas Públicas y Planificación (Consejo Legislativo del Estado Portuguesa, Alcaldías de Guanare, Ospino y San Genaro de Boconoito).

 azocarramon1968@gmail.com

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