Hay ideales, General Páez

No pude menos que reírme para mis adentros. La animadversión que se profesaban Páez y Santander, además de risible, era dramática. Más que el antagonismo de dos hombres, era el de los dos pueblos a los que yo pretendía reunir bajo una misma nación. Los venezolanos eran libres y montaraces como los caballos y los toros alzados de sus llanuras; los neogranadinos estaban acostumbrados a las formas de vida superiores, sin olvidar la intriga y el disimulo. Con los primeros se podían ir a la guerra con la plena confianza de tener las espaldas cubiertas, mientras se estuviese en combate, aunque luego desbarataran con los pies lo que alguna vez hicieran con las manos. Los neogranadinos eran respetuosos y eficaces; pero uno nunca sabía si eran aliados o lo manipulaban a uno para lograr sus propósitos. El negro Leonardo Infante me salvó la vida, aquella noche del Rincón de los Toros, en que el capitán español Renovales, haciéndose pasar por patriota, se llegó hasta el campamento y, luego de preguntarle a un oficial <<¿Dónde se encuentra Bolívar?>>, apenas éste le señaló mi hamaca, él y sus hombres le cayeron a plomo, salvándome de chiripa porque una guajirita de los contornos quiso complacerme aquella noche, más allá de unos mogotales. En medio de aquel zaperoco, y con la noche más negra que haya visto en mi vida, corrí fuera del campamento y me perdí en la llanura. Cuando ya desesperaba, apareció el negro Leonardo Infante, pegando lecos, llamándome por mi nombre. Traía, además del suyo, otro caballo. Me dijo que era la bestia del capitán español que intentó asesinarme. Pero también me dijo, con la llaneza sin tapujos de nuestros hombres: <<Ándese con cuidado con el Santander>>. Santander había sido el oficial de guardia, que le señaló a Renovales el sitio donde presuntamente yo debería estar durmiendo. -<<¿Usted cree que son casualidades?>> —me observó Infante—. Yo no creo en esa vaina. ¿Cómo va a proceder en forma tan bolsa un hombre tan "facurto" como Santander? Si a usted lo hubieran matado en aquel instante, él hubiese tomado el mando de la tropa, por ser el segundo. <>. Al paso de los años, y luego de todo lo sucedido, no dejo de preguntarme: ¿Hasta qué punto el negro Leonardo percibió con su malicia la felonía de la que Santander no se cansaría de darme pruebas? La antipatía de Infante por Santander no cesó a todo lo largo de la vida, concitando su repulsa y retaliación. Aprovechándose de que yo estaba ausente en el Perú, metió al pobre negro en una intriga; lo acusaron de haber asesinado a un hombre y lo fusilaron en Bogotá, originándose por este crimen, como muchos así lo han calificado, la separación de Venezuela y Colombia. Páez, quien además de ser enemigo de esta unión, quería a Infante igual que yo, en lo que supo lo que había hecho Santander, puso a Venezuela en armas, iniciando con La Cosiata, en 1826, lo que terminaría de completar cuatro años más tarde: la destrucción de mi obra. Santander, sin embargo, hasta entonces, les estoy hablando de 1819, se mostraba como el más inteligente y eficaz colaborador que yo tuviese hasta entonces.

Como yo me enterase, por él, que un grupo de llaneros de Casanare se habían hecho fuertes en aquella región en su lucha contra España, lo autoricé para que se trasladase para que se trasladase su lucha contra España, lo autoricé para que se trasladase allá y tratara de ganárselos para nuestra causa, como en efecto hizo, poniendo a mi disposición valiosos contingentes que serían decisivos en la conquista de la Nueva Granada. El fuer quien me entusiasmó en tirar la parada de cruzar los Andes y caer por sorpresa sobre Bogotá, ya que el virrey Samano, confiado en las montañas, estaba completamente desprevenido, concentrando sus tropas a todo lo largo de la Sierra, en los pasos de montaña que él falsamente suponía eran los únicos para caer sobre Nueva Granada. Las palabras de Santander cumplieron su efecto. Me convenció plenamente de que eso era lo que debía hacer, i no otra cosa, cuando en el fondo, al igual que Páez, tan sólo pensaba en su patriecita, en independizar a la Nueva Granada, y que luego cada quien arriara por su lado como me lo demostró, luego que libertamos su país de origen. Confiar demasiado en Santander fue mi perdición. Confieso que su talento, porque le sobraba, más su docilidad aparente y su eficacia para cumplir mis órdenes, me deslumbró, como siempre me deslumbró la inteligencia de los hombres. La experiencia, que yo no tenía entonces, demuestra que, si con bruto ni a misa, no suelen ser muy leales los hombres con ambición y talento. Tan sólo he conocido uno, que fuese excepción a esta regla. Se llamaba Antonio José de Sucre. Si yo hubiese conocido las virtudes intelectuales de Sucre en esa época en que cruce los Andes, tengan ustedes la seguridad de que hubiese sido él, y no Santander, mi lugarteniente y otra sería la historia de otros pueblos.

En 1820. Poco antes de tener mi entrevista con el general español Pablo Morillo, meses antes de la batalla de Carabobo, que había de consolidar la independencia de mi país. Pero déjenme seguirles hablando de Santander y de cómo se me fue encaramando hasta destruir mi obra.

Cuando las campanas de Cúcuta repicaron celebrando la Constitución de 1821 estaban doblando por la muerte de Colombia. En estos países nuestros, sólo la presencia de hombres de gran prestigio personal es la única fuerza capaz de mantener el orden.

La prosecución de una gran obra no debe ser detenida por formalidades y leguleyerías. No sé en qué momento me debilite. Pero si yo hubiese fusilado a Páez, Santander y a otros cuantos, que no veían más allá de sus intereses personales, hoy seriamos, luego de los Estados Unidos, la primera potencia de América y no la serie de países inermes que somos.

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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