Hace 55 años: Del Cuartel San Carlos a la Cárcel Nacional en la isla del Burro

Doy gracias a Rómulo Betancourt, mil gracias le doy. Por su culpa un día me encontré en los talleres de "Tribuna Popular", el sempiterno periódico del Partido Comunista de Venezuela. Allí, tuve mis primeros contactos con lo que habría de ser mi formación revolucionaria a posteriori. Sin el régimen represivo y sanguinario de Betancourt, yo no hubiese despertado, o dicho de otra forma, no hubiera dejado salir a flote mi rebeldía que anidaba en mi mente desde mis primeros años de edad, en Sabana Grande de Orituco, estado Guárico. Un caserío pobre, como casi todos los pueblos o caseríos de la época, donde nací. Corrí, más de una vez, por las calles de Caracas, en especial alrededor de El Silencio, huyéndole a las bombas lacrimógenas, lanzadas por la policía, como respuesta a las protestas contra el régimen bentancurista. Apenas tenía 15 años, y comenzaba a comprender lo que significaba un régimen autoritario y represivo.

El tiempo se encargó de afinar mis inquietudes. Un buen día me encontré formando parte de un grupo de militares que conspiraban contra el gobierno de Rómulo Betancourt. Y, como es lógico, al "fracasar" en nuestro intento, fuimos a parar a la cárcel. Fuimos castigados con largos años de cárcel, tal y como lo exigió el propio Betancourt. "Pena máxima contra estos comunistas", habría dicho en el mismo momento en que le informaron del alzamiento en Puerto Cabello.

Nuestro primer sitio de reclusión fueron las estrechas celdas de castigos para los soldados del Cuartel Carabobo, en Valencia. Allí, tuvimos que soportar las más variadas amenazas de los soldados, instigados por el Comandante del Cuartel, Tte. Coronel Zerpa Tovar, quien, dicho sea de paso, había comandado las primeras tropas que llegaron a Puerto Cabello a combatirnos. Así que estuvimos sometidos tanto a amenazas, como a tortura psicológica. En horas claves, a la altura de las celdas, colocaban una banda de guerra para atormentarnos con sus cornetas, redoblantes y el tambor mayor. Las referidas celdas, o calabozos, eran individuales, pero no para nosotros. Allí colocaron dos camas, una a cada lado. Las rejas eran cerradas, inmediatamente que nos acostábamos. Era un pasillo largo y estrecho, con calabozos de lado a lado. Y una reja que nos aislaba del exterior. Esa no era abierta ni para darnos la comida. La misma era metida en menajes por debajo de la reja. El tiempo para comer era limitado, y no podíamos bañarnos. Las necesidades fisiológicas las hacíamos en latas suministradas por las autoridades del Cuartel.

Por otro lado, los familiares, que acudían al Cuartel para saber de nosotros, eran sometidos a humillaciones, a través de palabras soeces y ademanes groseros. Fueron tres meses de vejámenes, y de sufrimiento para nuestra familia. Luego, fuimos trasladados al Cuartel San Carlos, en Caracas. Con lo cual mejoró un tanto nuestra situación de presos. En efecto, el traslado fue bien acogido por los familiares, ya que no tenían que viajar tan lejos, como cuando estuvimos en Valencia. Allí, nos encontramos con muchos presos militares. Casi todos relacionados con el general Jesús María Castro León, quien se rebelado no sólo contra Wolfgang Larrazábal, sino contra Betancourt. Un hombre netamente de derecha, quien había sido ministro de la Defensa.

En el Cuartel San Carlos, empezamos a purgar nuestra condena, aun no siendo definitiva. Y empezamos a leer en forma. Los libros comenzaron a llegar, y nosotros nos ocupábamos de tener en ellos un amigo silencio que nos daba más de lo que puede merecer un ser humano en una situación de encierro. Ese "pasatiempo" lo compartíamos con el juego de volibol, y con los grupos de estudio. Así nos impregnamos de dignidad, no sólo para enfrentar las vicisitudes generadas de la privación de la libertad, sino para forjar nuestra conciencia para no ver de cerca el día de la libertad, debido a las largas penas a que habíamos sido sentenciados. Nuestros carceleros vieron en nosotros, los presos de El Carupanazo y El Porteñazo un hueso duro de roer. Es decir, unas voluntades firmes que no eran doblegables, y por lo tanto teníamos que ser separados del resto de los presos de derecha. Por esa razón, el gobierno de Betancourt, ordenó la adecuación de las viejas instalaciones que había en la Isla de Tacarigua, conocida, popularmente, como la isla del Burro. Para ello fueron contratados expertos en la materia de seguridad carcelaria. Se afirma que vinieron expertos israelíes y alemanes. Cuando consideraron que todo estaba listo: garitas, alambradas eléctricas, gruesas rejas de hierro forjado y gruesas cadenas, procedieron a trasladarnos.

Después de una ardua resistencia al traslado, en horas de la noche, turismo que ceder, pues sólo se trató de un acto de rebeldía que le asiste a todo preso, sobre todo si se trata de presos militares de conciencia, como lo éramos nosotros. Instalados en un viejo autobús (cuyo destino ya sabíamos la isla del Burro, centro calificado por los presos, como "Campo de concentración Rafael Caldera". Más que una cárcel, ese calificativo era el más apropiado), me desplomé sobre el asiento. Entre mis manos, apretaba un libro que me había enviado el viejo comunista que un día me llevó a conocer a los talleres de Tribuna Popular: era mi suegro, Rafael Camacaro, un guaro atraído por el comunismo en efervescencia en los días posteriores a la caída de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez.

El libro, se titulaba: "El hombre en la busca de sentido" de Viktor Frankl. No lo había terminado de leer en el Cuartel San Carlos, pero algo me decía que me iba a servir de mucho en mi estadía en el referido campo de concentración. Más adelante, hablaré, con más propiedad, de lo que significó, para mi vida de preso, el contenido de ese pequeño libro, que encerraba la experiencia de un hombre (Viktor Frankl), en los campos de concentración de los nazis, en 1945. Mis pensamientos cesaron, cuando el autobús frenó a tan sólo unos metros de la orilla del lago de Valencia. Habíamos pasado al pueblo de Magdaleno, y el caserío de Yuma, e internado 20 kilómetros adentro, por carretera estrecha y de tierra, hasta llegar al embarcadero, cuando una voz tronó y se esparció por todo el lago: "Abordar la gabarra". En unos 35 minutos, estuvimos en las instalaciones donde pasaríamos los próximos 4 años.

La dignidad revolucionaria

La isla del Burro, es la mayor de 22 islas que conforman el Lago de Valencia. Las instalaciones que hizo para presos comunes el gobierno de Isaías Medina Angarita, fueron abandonadas por años. (Por cierto, allí estuvo recluido un famoso delincuente apodado "Petróleo Crudo", quien había sido el único preso que lograba fugarse a nado del penal. Fue tan notoria su proeza que el presidente Medina Angarita, lo indultó). Pero había tanto preso político en el gobierno de Rómulo Betancourt, que la misma fue reacondicionada para llevar los presos militares y civiles (guerrilleros y no guerrilleros). En la reestructuración de las instalaciones, se afirmó que participaron expertos israelí y alemanes. Era torturante para los familiares visitarnos, no tan sólo por la lejanía, sino por las dificultades que se presentaban en la vieja gabarra de traslado, y con las rigurosas requisas a que eran sometidas las familias por la guardia nacional. En aquel entonces, no había a quien llorarle… No había ONGs, ni canales de televisión, ni periódicos, ni radio a dónde acudir a quejarse.

Pero, había dignidad de sobre en el grupo de militares que terminábamos de llegar del Cuartel San Carlos a la famosa isla de Tacarigua, popularmente conocida como la isla del Burro, nombre que se ganó por ser percibida desde las alturas en un helicóptero como la imagen de un burro dormido. Allí nos recibieron, peinilla en mano, los Guardias Nacionales, quienes de manera hostil nos amenazaban con darnos peinillazos. La isla, gracias a Dios, ya tenía huéspedes, quienes nos recibieron con los brazos abiertos: se trataban de los presos civiles que ya habían sido concentrados en el penal, traslados desde varias cárceles del país. El holgorio fue mayúsculo. Sin embargo, la alegría duro poco, pues a los pocos días nos separaron. Comenzaba, pues una nueva etapa para los militares participantes en el Portañazo.

(Próxima entrega: Los 4 Capitanes que asustaron a Rómulo Betancourt).



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Teófilo Santaella

Periodista, egresado de la UCV. Militar en situación de retiro. Ex prisionero de la Isla del Burro, en la década de los 60.

 teofilo_santaella@yahoo.com

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