¡Mujeres del mundo: unidas y alzadas!

La mujer, es la criatura más hermosa que puebla, La Tierra y, gracias
a ellas no hay tantos locos sueltos en el mundo, son, además, el
palpitar de la vida que dan vida que une y enlaza sociedades enteras,
por lo que la Naturaleza sin la mujer no existiría en razón de su
preeminencia y en ese desistir de inquietudes forman el presente,
dejando atrás un pasado que no es y un futuro que tampoco será al
transformarse en pasado y, en vano desconocemos, quién fue primero, el
hombre o, la mujer, dilema vivencial que ensarta una situación
incierta.

La mujer, crea y procrea dentro de sí cuando engendra, el hombre
empreña como macho y, nace de la mujer, en cambio ella nace de ella y,
es fecunda en su formación de ser madre y padre por lo general cuando
se entrega por completo a guiarnos por el mejor camino del porvenir
que abra ilusiones y reconforte la condición humana que, nos ampara en
lealtades del animal que dejamos de ser cuando se nos educa y, cuando
nos baña con su amor con los latidos de su alma y nos recubre con la
sensibilidad de sus sentidos que aparcan su grandeza en el valle de
las amarguras de ese trastabillar que nos espera cuando, amargados
empezamos a destruir los sueños de la inconformidad que nos lleva al
servilismo odioso de no ser lo que queremos ser y nos prestamos a ser
agentes de los malvados.

La mujer, el gran sueño de la vida que enlaza el tiempo, la que cubre
con su manto las pasantías que alargan la distancia y, rotan el plano
inclinado de la convivencia de ser más y mejores cada día y,
generalmente las que endulzan las mañanas con su cantos cuando
despiertan al mundo del soliloquio introvertido de la neblina
infrahumana que cubre a los insensibles que juegan con la suerte de
otros.

La mujer, el estandarte de la paz que ruega y suplica por el perdón de
sus hijos cuando se ausentan del hogar de su presencia por la
liberación de pueblos oprimidos condenados por el oprobio de la
sinrazón y, ellas con el manantial de sus lágrimas del pensamiento, le
dan el reconforte a la esperanza de volverlos a ver, aunque sean en
cajones a su medida que tarde o temprano, le desgarran el alma con el
grito infernal de la inconsistencia de haber quedado huérfana de
sentimientos, desamparada sin poder darle consistencia a ese amor que
se fue...

La mujer, en su día, pedaleando la brisa de su resistencia de alzar su
voz de conciencia, para que en muchos países que le prohíben quitarse
el velo de la soberbia que las maltrata de sacudir el yugo de las
bestias de ser libres y, clamar con su espíritu de convivencia que
ellas nacieron, para esfozarse en darle vida a lo que vida merece y su
intención de amar y ser amadas dentro de la comprensión de la
coexistencia pacífica de forjar un mundo mejor, menos egoísta,
arraigado de pasión y valentía que ellas son parte de la dinastía del
don divino de unir, por lo que siempre se ha dicho que en la unión
está la fuerza en caja en su armonía.

La mujer, sonriente de aniquilar con su esfuerzo mancomunado, la
comunión de los interéses que pervienten al mundo de ruindades y, el
que más tiene más quiere tener, en vez de ayudar a los oprimidos que,
carecen de voluntad y de entereza de entrega y, su pobreza es tal, que
aquéllos deben luchar por ayudar al prójimo como lo pidió Jesús, para
su reino de ser y dejar ser que el hombre-yo, jamás lo entenderá y,
por lo tanto en vez de ayudar, contamina y disemima odio, odio que
frunce de maldades, La Tierra, que como una mujer nos da cabida en su
seno de madre única del Universo.

La mujer, que como madre, como hija, como abuela entre tantos
calificativos familiares, ha de ser y será, un remanso de amor que
fortifica al mundo y, ella como tal, todo se lo merece de ser lo que
quiera ser por la grandeza de lo bueno que sume bendiciones y, esa
concesión está bien ganada de tantas lágrimas y sudor padecidos que
las enaltece.

La mujer, grandiosa. Quien no ame una mujer no ha vivido. Está muerto
en vida, no lo dude.



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Esteban Rojas


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