Nos dejamos quitar la calle por la derecha, porque antes entregamos la revolución.

¿Dónde está la verdad en política? En la vida ejemplar. Bueno o malo, el modelo ejemplar es lo único que nos enseña, o lo que mejor nos enseña en política.

Ese es el caso de la toma de los vagones del Metro por Liliana Tintori. Los usuarios percibimos en ese acto, primero, osadía política. Pero al tiempo de ver su desenvolvimiento y la reacción de la gente, vimos una acción política inteligente y de valor. Porque, por más falsas que hayan sido sus palabras, por más hipócritas, confrontar a esa población cautiva, imposibilitada para no escucharla y ella de huir a algún lado de cualquier reacción violenta, fue un acto valiente. ¡Eso lo descubre la gente en las personas! Ese acto de confrontación tiene una carga de verdad en sí mismo, que ningún discurso adverso puede negar. Todos parecían que miraban el sacrificio de la mujer más que lo absurdo de su arenga.

Cotejar nuestro discurso (nuestras ideas y convicciones o nuestras intenciones) directamente contra la reacción de la gente en la calle es un gesto de valentía, así sea trastornado, al estilo de algunos pastores evangélicos, así sean las mismas manipulaciones de la derecha. Pero, hacerlo dentro de los vagones del Metro es doblemente bravo. Porque todos, tanto el que predica como el auditorio que lo escucha, están cautivos –entre tres minutos hasta veinte, o más- dentro del tren. Y esa tensión se nota.

Y para un revolucionario es indispensable este examen, con el objeto de poder palpar la realidad. Y no trocarla por los propios deseos, o construirla en base a engaños o autoengaños. Por eso nos preguntamos ¿Cómo es posible que dejemos que la derecha nos robe nuestros espacios políticos naturales? El Metro, el autobús, la esquina, los pequeños grupos: ahí están los espacios de "calle" naturales para hacer revolución, los mismos que el PSUV abandonó hace rato, si es que algún día los tuvo.

Sin embargo hoy día, dentro del discurso oficial, la calle es un acto político "controlado" y necesariamente televisado. La calle es "por invitaciones". O es un acto público sobre una tarima, más parecido a una verbena que a un suceso político, relleno de autobuses, vendedores ambulantes, cervezas y música. La calle se diluyó en una representación mental a conveniencia, a la medida de los deseos.

Y una representación de la realidad no es la realidad. Y de ella no se llega a la verdad jamás. Una persona "frenteando" a un auditorio con sus palabras o intenciones es una realidad y una verdad a la vez. Es una vida que se expone ante la mirada de los demás. Y eso no es igual a imponer una realidad a la gente, a través de mentir y simular, sin que ésta pueda opinar o cuestionar su significado o consecuencias, sin que pueda revirar.

Eso es lo que hace el PSUV hoy como trabajo de calle: imponer una realidad "procesada" a la gente sin derecho a pataleo. Al tiempo, muchos se acostumbran a esta representación de lo real, la disocian de la suya propia, y así viven, sin hacerse muchas preguntas al respecto.

El trabajo de Calle

Los grupos revolucionarios en tiempos de "la cuarta" pueden ser acusados de soberbia, de haber sido de jóvenes "sabelotodo", tratando de imponer su verdad en la calle. Quizá hubo mucho de eso en esos años adecos copeyanos, pero fue de ese ejercicio político por el cual se reprodujo la conciencia revolucionaria en muchos otros; sin calificarla, gracias a ese contacto directo con la gente fue posible que ahora huviera líderes y comandantes políticos, maestros de la revolución y comprometidos con la revolución. Gracias a la toma de autobuses, de barrios, de esquinas, conversando y convenciendo con nuestra verdad, con nuestras convicciones por delante.

El comandante Fidel Castro dice que para convencer a la gente con ideas no hace falta un auditorio de miles de personas en una plaza; que es en los pequeños grupos, de tres, de cuatro, de cinco personas donde conversando se pueden exponer y defender nuestras ideas, y donde hay la posibilidad más cierta de convencerlos con nuestros argumentos. Persuadir.

En el mundo capitalista y comercial, esta técnica es parecida al llamado mercadeo directo, un poco lo que hace Voluntad Popular y Primero Justicia en la calle ahora. Este "mercadeo directo" fue años atrás parte de un método de trabajo político de calle de los comunistas revolucionarios: el volanteo, la pinta, la toma de autobuses y los discursos relámpagos, el trabajo en los barrios, la toma de los barrios políticamente.

Pero ahora el PSUV, el partido socialista más grande del país se siente concluido en sus deberes para consultar a las masas y a la realidad. Abandonaron la calle y se achinchorraron en sus pequeños carguitos de burócratas. Se mueven solo para buscar votos, para arrastrar gente de un lado para otro sin tener ni sentir la necesidad de convencer, de crear conciencia revolucionaria, conciencia crítica; de persuadir políticamente. Ni siquiera se mueven para defender las políticas del gobierno.

El trabajo en la calle es la posibilidad que tiene el dirigente revolucionario de ser un ejemplo vivo para la sociedad, que se quiere cambiar. Trabajar en la calle es resolver en la calle conflictos y problemas, propios y ajenos, desde nuestros principios. Es escuchar a la gente, tratar de entender sus preocupaciones vistas a nuestros principios, desde nuestras creencias políticas, lo que supone mucha reflexión, mucho aprendizaje, crecimiento como dirigente. Pero eso no está pasando ¿Será tan peligroso defender en la calle las contradictorias del gobierno? Sí lo es.

La política gubernamental ha descendido al charco del chisme barato de la derecha. La única exigencia que se le hace a la militancia es reproducir este nivel político e intelectual de la alta dirigencia. Pedir fidelidad a la superficialidad, al discurso vacuo. La política ha descendido a los niveles de lo ya decidido, y que por lo tanto no puede ser criticado; de la fanfarronería y la jactancia. La política como pedantería, y como práctica del insulto personal. No hay un solo acto público donde no se descalifique a alguien y no se culpe a alguien de los propios errores. Donde no se disimulen las culpas. Donde la verdad no sea otra cosa que una farsa, una pantomima. O donde la política no aparezca "en ciento cincuenta caracteres". O política por invitaciones. Donde se dé ejemplo del mal ejemplo.

Y detrás de ésta la "realidad" descansa el problema de la "calle" para el PSUV. Están los pactos. Una realidad aplastante de subordinación al capitalismo, de entrega al capitalismo (Lorenzo Mendoza, Gustavo Cisneros y a una choricera de similares), el "capitalismo en lo económico y el socialismo en lo social"; "capitalismo en lo espiritual y socialismo en lo social" ¿Cómo dar razón de esto, si acaso nos preguntan? ¿Qué será el "socialismo en lo social"?

Pero el "socialismo en lo social" no existe, y en el PSUV no lo saben. Hay un solo socialismo y es económico, espiritual y social, y ellos no están seguro de que así sea. No se puede vender el Plan de la Patria de Chávez con ese invento de "Socialismo en lo social" y capitalismo en lo económico ¡bendito sea Dios! ¿Qué es eso? No se puede defender en la calle este disparate, y por lo tanto, se pierde la calle a manos de la Tintori.

Detrás de esta "representación de la calle", de esta forma alienada de la realidad; del tarimismo, la romería y la televisión, está un país sumido en el mercado de la vida paupérrima entre los vericuetos de los miserables; las mismas calles de pobreza espiritual que ahora están aprovechando las Tintori dentro de los vagones del Metro.

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Héctor Baiz

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