Los vulnerables, nueva clase social

Cualquier libro que, en los últimos años, hubiera tenido que tratar de nuestra América debería haber asumido un tono pesimista. Durante el tiempo de la Gran Recesión no ha sido así. No se debe confundir la parte con el todo. A veces nuestro discurso es demasiado mayamero, obsesionados sólo por lo que sucede a nuestro alrededor más inmediato. Así se procede a una errónea descripción en la que se destaca sobre todo la idea de que en el mundo no ha habido, desde el proceloso año 2007, más movilidad social que hacia el descenso. No es así, No hay en el planeta un solo ascensor para el cadalso, sino distintos ascensores que suben y bajan en distinto sentido.

En el primer decenio del siglo XXI, marcado en nuestra América por un crecimiento económico sostenido (a pesar de un cierto contagio de los problemas financieros de Gringolandia y Europa durante los peores años de la recesión, 2008 y 2009) y por una cierta disminución de la desigualdad en países de la zona (otro fenómeno inédito y a contracorriente), el resultado en términos de estratificación ha sido el siguiente: en primer lugar, la pobreza moderada disminuyó (de más 40% del total de la población en 2000 a menos del 30% en 2010); ello significa que unos cincuenta millones de habitantes de nuestra América salieron de la pobreza a lo largo de ese decenio.

Los interrogantes son inmediatos: ¿qué ocurrió con los que dejaron atrás la pobreza? ¿Se integraron en la creciente clase media de la región? ¿Qué implicaciones tiene el fenómeno para las políticas públicas? El Banco Mundial publicó en 2013 un informe que contiene las respuestas oportunas a estas cuestiones: la mayoría de los pobres que ascendieron no se integraron directamente en la clase media, sino que pasaron a formar parte de un grupo situado entre los pobres y la clase media que la organización multilateral denomina la clase de los vulnerables, y que en la actualidad constituye el grupo social más numeroso de la región.

Como hemos visto a lo largo de este decenio, el Primer Mundo lleva más de tres décadas bajo la homogénea ideológica de la revolución conservadora. Muchos de sus intelectuales dominantes han cultivado el paternalismo y el prestigio intelectual del pesimismo respecto a nuestra América: la zona no había logrado incorporarse a los países en cabezada del desarrollo mundial (y tan sólo Brasil ha sido capaz de unirse al club de los principales países emergentes, la BRICS —Brasil, Rusia, China, India y Sudáfrica) por la inferioridad de sus ideas (trasnochadas) y de su praxis (ineficaz y en muchas ocasiones corrupta). La confrontación se establecía, sobre todo, por el distinto resultado que dieron durante ese periodo las políticas de integración (el aparente éxito sin marcha atrás de la Unión Europea y la lentitud de la multitud de iniciativas: Mercosur, Unasur, Pacto Andino…) y por el diferente grado de aumento de la capacidad de bienestar de los pueblos de uno y otro país. Pero lo acontecido en los años de la Gran Recesión (con las gigantes dificultades europeas) y los resultados que se han visto a uno y otro lado de los océanos Atlántico y Pacífico han variado bastante los términos del debate intelectual. Incluso se teorizó acerca del decoupling: el desacoplamiento entre los principales motores de la economía mundial: mientras Gringolandia y Europa sufrían, nuestra América iba hacia arriba.

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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