La verdad antropológica

Sócrates pasó su vida buscando "la verdad". Pero al parecer no la encontró. O quizá sí. Pero fue, absurdamente, en las leyes del Estado que le habían condenado a tomar la cicuta por impiedad y por haber pervertido a la juventud con su enseñanza. Ese, al menos, fue el veredicto. Pues esa adhesión a las leyes del Estado declinando la ayuda que sus amigos y carceleros le ofrecían para evitar la pena, no pudo ser si no "la verdad", su verdad, que con tanto afán buscaba. Así es cómo la grandeza y pureza de intenciones del hombre indagador de la verdad por excelencia, cumplía con el trágico designio de la convicción bajo el peso de su propia coherencia. Pero 2.415 años después (su muerte fue en 399 a.deC), frente a aquella loable actitud, visto lo visto en la vida, pensado lo pensado, indagado lo indagado por mi cuenta y riesgo, ya puedo decir: ¡qué inútil esfuerzo y qué tiempo perdido en buscar una ilusión sólo fruto del entramado artificioso de la Lógica! El que los seres humanos, para la antropología filosófica, prefieran la verdad a la falsedad, al error o a la mentira, y la certeza a la duda, no es debido al natural estado de las cosas sino al enredo, a la sofisticación y a la elaboración de lo que se llama axiología. Pues en la Naturaleza no hay errores ni aciertos…

Desde luego a Sócrates no se le ocurrió que el lenguaje es una manufactura de los hombres; que desde el gruñido al lenguaje articulado sólo tuvo que haber un paso. Y otro paso desde el lenguaje articulado hasta el lenguaje abstracto donde supuestamente se encuentra la verdad. Por lo que, discerniendo con rigor, no existe la verdad tal como se entiende.

Porque cuando hablamos de la verdad, no nos referimos a la evidencia visual (que aun así también puede ser tramposa): se derrumba una casa, ésa es "la verdad"; un maremoto se traga una ciudad, ésa es "la verdad"; nuestra pareja nos es infiel, ésa es "la verdad"...). No. Cuando hablamos de "la verdad" nos referimos a las verdades discursivas de las abstracciones principales: dios, justicia, patria, ética, hipocresía, cinismo, lealtad, honradez, honestidad, coherencia… y con los hechos sociales o personales, generalmente vidriosos, y a sus causas cuyas conclusiones pertenecen mucho más a la autosugestión, a la voluntad y de la intención, sean personales o colectivas, que propiamente a la convicción o a la certeza.

Así es que no me empeño, como se empeñó Sócrates...

Así es que como obrero de mis pensamientos y constructor de mi lenguaje que soy, "mi verdad" (por otra parte, tan vieja como la de quienes afirman otras cosas y en todo caso lo contrario) es que vivimos en un mundo de ilusiones y de construcciones mentales muy posterior a aquel anterior en el que todavía no se habían elaborado ni el lenguaje ni el pensamiento abstracto; ése en el que el individuo primero se había reconocido a sí mismo como algo diferente del objeto que observaba y luego empieza a poner nombre a las cosas que maneja. Es entonces, después de esos dos momentos, cuando irrumpen el lenguaje y el pensamiento abstracto, y de su mano la noción de transcendencia, de mito y de dios, y cuando a un tiempo se instalan los conceptos de verdad, conjetura y duda. Y es desde entonces cuando "la verdad" es, lo que decide el jefe de cada clan y luego el de cada tribu... y así, sucesivamente, hasta llegar a lo convenido por grandes minorías.

Sin embargo, ésta última no es "la verdad" que buscaba Sócrates. Sócrates pretende descubrir lo que está fuera de ese entramado y más allá de la precisión que la propia Lógica pretende. Pero entonces eso no existe por sí mismo ni como cosa en sí. Por ello y por loable que fuese su propósito, Sócrates no la encontró hasta dar con el hecho de su propia y voluntaria muerte. Lo mismo que Heráclito, ese filósofo griego que vivió en 544 a.dC, que sostenía que todo fluye, que una persona no podía bañarse dos veces en el mismo río y que la virtud consiste en la subordinación del individuo a las leyes de una armonía razonable y universal, no la encontró hasta que -según se dice- se arrojó al cráter de un volcán para comprobar por sí mismo la certidumbre de sus propias teorías.

No conduce a nada pues, ir al encuentro de "la verdad", esa clase de verdad a la que me refiero. Existen sólo reflejos de "la verdad", sombras, como las de la caverna platónica; todo lo más, aproximaciones a la verdad, tanto en la vida pública como en el ansia por desentrañar la transcendencia. De la verdad sólo vale lo que no interesa: el hecho desnudo, no con sus causas. Salvo que, como antes dije, por "verdad" tengamos al consenso de concilios, academias, institutos, Estados y fuerzas vivas o en la sombra a lo largo de los tiempos, a lo largo de los anchos espacios que distinguimos en este planeta y a lo largo de tan numerosas y tan variadas y diferentes culturas...



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Jaime Richart


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