Nos veremos en Yasukuni

"Nos veremos en Yasukuni" se decían los pilotos kamikaze antes de despegar para sus misiones terminales. Porque Yasukuni era, y sigue siendo, el santuario shintoista donde reposan unos 250.000 militares caídos en las muchas guerras del Japón. Situado en un sombreado parque del centro de Tokio, Yasukuni fue fundado en 1879 para albergar a partidarios del Emperador caídos en la gran revolución Meiji contra el "shogunato", que marcó el inicio del poder centralizado, sacralizado y efectivo del Emperador; los vencidos de entonces, partidarios del último shogun, aunque también eran japoneses y valientes, quedaron excluidos como perros y marcaron para siempre más la regla que la excepción en la historia del santuario, donde no están todos los que son ni son todos los que están.

Quienes yacen en Yakusuni, caídos al servicio de un gobernante divinizado, se divinizan. Son espíritus vivos de la Nación. Por eso los nacionalistas no entienden por qué las familias y compatriotas de los 510.000 taiwaneses y coreanos que ahí yacen, 280 mil y 230 mil respectivamente, quieren sacarlos de este panteón; pero la verdadera historia es que esos hombres fueron reclutados a la fuerza cuando sus países eran colonia japonesa, y después de muertos, fueron ejecutivamente incorporados a Yasukuni. Y cuando los dolientes reclaman al gobierno japonés, este se desentiende alegando que el santuario es, desde la ocupación estadounidense, exclusivamente religioso y ellos respetan la separación de la  Iglesia y el Estado.

La otra excepción en Yasukuni son los pobladores de Okinawa, donde la batalla de 85 días contra los estadounidenses, de abril a junio 1945, fue tan feroz que murió un tercio de la población civil en una colección de dramas atroces, sobre todo suicidios colectivos de civiles, impuestos por los militares, en las cuevas y acantilados de la isla. Los civiles de Okinawa tienen un lugar en el santuario militar, que se le niega a los cientos de miles de víctimas de Hiroshima y Nagasaki, y a los quemados por las bombas incendiarias de los B-29 de Curtis LeMay y Robert McNamara. La explicación de este misterio de la historia, según los nacionalistas, es que recibir las bombas es pasivo y carece del heroísmo de matar a la familia y suicidarse...  

El 15 de Agosto de 2015, 70 aniversario del fin de la guerra y conmemoración de los caídos, asistimos a las ceremonias de Yasukuni y visitamos el Museo Militar que allí se encuentra: una experiencia estremecedora, con toda la tristeza de las altas tragedias de la Historia. Acompañamos a las miles de familias que vienen con sus niños a honrar a los antepasados y, en los momentos actuales, bajo algo de amenaza en los nacionalistas uniformados que gritaban "Banzai!" ante las palabras del Emperador transmitidas por los altoparlantes, y algo de ridículo por los espontáneos con uniformes de de la 2da. Guerra Mundial y bayoneta calada, demasiado jóvenes para haber participado en el conflicto.

Y luego está el Museo, enorme y bien organizado, con una versión de la historia tan sesgada como la occidental, pero de signo contrario: los 150 años del Imperio japonés en el Pacífico aparecen como una gesta puramente defensiva, cuando no liberadora: incluso se atribuyen parte del mérito por la independencia de países que estaban sometidos al colonialismo europeo antes de caer bajo el colonialismo nipón, como Malasia, Indonesia, Filipinas y Vietnam. Pero lo que más impacta son los artefactos de la Segunda Guerra Mundial, uniformes, armas, tanques, minisubmarinos, o un legendario Mitsubishi A6M Zero. Y lo que hiere el alma, la hermosísimas muñecas con que las madres de los jóvenes pilotos y marinos representaban a las muchachas con las que sus hijos nunca se casarían, nueras de tela idealizadas que arrojaban al mar para que se unieran a los esposos que no llegaron a conocer. Con la garganta apretada y los ojos conteniendo lágrimas que en esta cultura no se muestran, vemos decenas de miles de fotografías de jóvenes héroes de una guerra perdida antes de comenzar, una generación perdida en el fondo del mar para alimentar a la máquina económica, insaciable de materias primas y mercados.

La misma máquina insaciable que hoy, después de 70 años de paz, dicta una Ley de Seguridad con la que se salta el famosísimo Artículo 9 de la Constitución que prohíbe a Japón participar en conflictos más allá de sus fronteras. Buena señal, porque indica que el gobierno no se arriesga a un referendo sobre el tema, mala señal porque ahora los militares nipones, con el 4to presupuesto mundial, pueden probar y promocionar su tecnología militar en los conflictos locales y ofrecerle su carne de cañón a los Estados Unidos en el enfrentamiento geopolítico con Rusia y China. De eso se encarga el actual Primer Ministro Shinzo Abe, nieto de un criminal de guerra, patibulario político de derecha que niega cuando no abiertamente justifica las atrocidades japonesas en Asia, especialmente los 20 millones de víctimas del ejército japonés en China. Abe es el primer jefe de gobierno nacido después de la 2da Guerra Mundial, y su currículo incluye estudios en EEUU y altos cargos en Kobe Steel. Su reformismo histórico significa un viraje en la tradicional política de paz de Japón, y en una conferencia de prensa llegó a señalar que Japón tiene que explorar la habilidad de bombardear las bases de los atacantes, o "teoría del primer golpe" (remember Pearl Harbor).

.Shinzo Abe no visita Yasukuni desde 2006, pero representa la peor parte del mensaje del santuario, la parte de los industriales y políticos del militarismo japonés, ancianos dispuestos a derramar hasta la última gota de sangre...de la juventud nipona. Pero es también la sangre de la juventud mundial la que hoy se juega, en la política de Washington de promover a sus antiguos enemigos nazi fascistas en Europa y militaristas en Japón.

Y esos jóvenes bajo el peligro real e inminente de armas atómicas tácticas, de toda clase de conspiraciones contra la democracia y la paz, y que ven toda vida y todo amor amenazados de muerte, ni siquiera tendrán la voluntad o la oportunidad, que tuvieron los jóvenes kamikaze, de decir "Nos veremos en Yakusuni".

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Eduardo Rothe


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