Estrategias alimentarias de sobrevivencia en la guerra económica

Esta mañana estuve en un pequeño mercado situado a unas cuadras de mi casa. Necesitaba adquirir carne molida para preparar una pasta boloñesa que gusta a todos y tiene poco trabajo. Aproveché que un hígado fileteado me coqueteó y pedí me pesaran un kilo. La joven cajera, a quien el despachador le entregó un papelito con peso y costo de los dos productos no escatimó en subirle a la cuenta cien bolívares de sobre precio. Alarmado, le solicité ordenara rectificar el peso, y el despachador volvió a escribir las cantidades similares a las anteriores, solo que la cajera esta vez sumó bien y evité que me cobraran 25 % más de lo debido. No es la primera vez que me pasa, ni creo que será la última. De allí que lo primero que asomo en este artículo sobre estrategias alimentarias es la defensa del salario ante los especuladores y ladrones de todo tipo de cuello, blanco o curtido.

Pero, hay otras estrategias que ayudan al acceso a los alimentos ante situaciones críticas de ingreso. Es muy conveniente y en efecto cuando se pude hacer es lo mejor, hay que acceder a los alimentos de bajo costo que expenden en los programas gubernamentales. Es un subsidio directo al consumo. Es posible pagar allí, no en todos los bienes, pero si en bienes esenciales, hasta 70 % menos que en los mercados privados. No hay cola por larga que sea que evite buscar los mejores precios, porque se amplía la capacidad de obtener los alimentos en mayor armonía con el ingreso menguado por la especulación, base primaria de la inflación.

La cosa no se queda allí, algunas abuelas con quienes comparto comentarios sobre la situación general del país, me han aconsejado algunos aspectos que plasmaré en este escrito no sin antes decir que esas abuelas son mas chavistas que cualquiera de los burócratas sobre quienes pesa una parte importante de responsabilidad en la guerra económica, por su omisión y la pérdida del control del erario público destinado a la alimentación del pueblo birlado por el pillaje. Pues, fragantes de amor, consideran que es muy importante tener capacidad de comprar alimentos sustitutivos, unos de otros, pero a favor a aquellos de menor precio. Una de ellas con la fresca hilaridad de la inocencia a sus casi ochenta años, metió en su carrito una bosa de pasta corta y fue solo cuando la registradora asentó un precio elevadísimo que se percató que era pasta italianísima, y refunfuñó ante la cajera: ¡no mija, si eso es lo que hay, prefiero llevar arroz! Y comprar yuca en vez de papa, o cebollín en vez de cebolla, o sencillamente inventar ensaladas sobre la base de lo más económico pero igualmente nutritivo, es otra de las estrategias. Y como corolario siempre las harinas de maíz sustituyen a los productos del trigo (claro no en comodidad).

Cuando se agrava la situación, lo lógico es reducir el consumo de todos los alimentos y bebidas de fantasía, la mayoría de las veces de poco valor nutritivo, repletos de calorías vacías, pero aquí comienza el camino para llegar a reducir el consumo de energía y proteína a los mínimos compatibles con la vida digna y los estándares de consumo sin caer en la inseguridad alimentaria. Ese riesgo siempre estará latente si el ingreso familiar apenas da para cubrir el gasto por alimentación. En Venezuela menos del 10 % de la población está en ese estado, y es relativamente fácil detectar las familias en situaciones de vulnerabilidad y accionar programas de alimentación dirigidos a ese remanente a quienes todavía no ha alcanzado los logros de la revolución. Eso se está haciendo, lo que no se sabe es con que eficacia y eficiencia. A Dios y a Chávez gracias por haber impedido que estos años de guerra económica nos retrotrajeran a aquellas nefastas circunstancias en que muchas familias adquirían alimento para el consumo animal para rendir los alimentos de la casa.

Sin embargo, hasta aquí la situación parece sencilla, lo descabellado es cuando la barbarie asoma para trastocar los valores de una sociedad. El incremento del ingreso por vías extraordinarias ilícitas es un mal que viene en aumento, y hay quien justifique el bachaqueo, el saqueo, el robo de mercados a personas que caminan con sus bolsas por la calle o los dejan en el maletero de sus carros. O los que venden su conciencia para saturar las colas y colapsar el sistema de ventas controladas. Esas situaciones hay que reprimirlas con todo el poder del Estado so pena que sea tarde o que se prorrogue la situación de desabastecimiento (independientemente de su origen).

En algunas partes de Latinoamérica, y de ese riesgo no podemos declararnos exentos, los compradores de almas fatigadas por la pobreza hacen sus grandes negocios con los pobres y las pobres, induciéndolas a la prostitución o al tráfico de drogas. Algunos artículos que en el pasado leí dejaban la evidencia que ni las poblaciones indígenas se salvan de estas inmisericorde prácticas, cuando el hambre aflora.

Esta revolución debe mantener a raya cualquier práctica que se aproveche de la crisis económica del rentismo y de la guerra económica para avanzar en prácticas inhumanas usando como pregón que es mejor vender el alma y el cuerpo que pasar hambre. No estamos en circunstancias que no se puedan controlar. Hay que atacar con fuerza un sistema equilibrado de distribución de alimentos subsidiados de amplia cobertura en el territorio nacional; es necesario activar la inteligencia comunal para detectar situaciones de vulnerabilidad alimentaria y corregirlas. Se requiere hacer un gran esfuerzo nacional en producción de alimentos, se acabó la habladera de paja sobre la siembra del petróleo, o lo hacemos o fracasamos; y hay que delinear una nueva estrategia de repoblamiento de los territorios rurales y fortalecimiento del poder comunal rural y periurbano para sustentar los planes de producción.

La peor de las cegueras es la que nos impide escuchar, la que confunde las alarmas con las emergencias, lo mediato con lo inmediato, por allí se pierde la energía que necesitamos para frenar definitivamente la amenaza de una grave crisis alimentaria, cuyo origen está siendo planificado desde adentro y desde afuera del país.



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Miguel Mora Alviárez

Profesor Titular Jubilado de la UNESR, Asesor Agrícola, ex-asesor de la UBV. Durante más de 15 años estuvo encargado de la Cátedra de Geopolítica Alimentaria, en la UNESR.

 mmora170@yahoo.com

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