Revolucionarios por acción, no por la estética

Dos pargos en una bolsa plástica


Al matemático y hombre de finanzas, Nelson Merentes, lo conocí en la primera campaña de Carneiro por la Gobernación de Vargas. Me lo imaginaba, dada la majestad de los cargos públicos desempeñados y el clásico enseñoramiento de sempiternos pelabolas que por un apalancamiento político, de influencias bragetéricas, familiares o matrimonios interesados, ascienden a las cúpulas del poder, vanidoso, engreído y antipático, y resultó ser todo lo contrario: simpaticón, buenagente, dominocista y amante de pasar los fines de semana, cuando se lo permite su apretada agenda, en casa de sus viejos, en Naiguatá, en la misma casa donde nació, al lado de sus amigos de infancia, de pescadores y echando cuentos. ¡Claro! No podía ser de otra manera. Nelson ascendió por su talento, por su currículo, por su enjundia. No por jalabolas. No por chupamedias. Él es esa clase de Revolucionario que entiende que el poder que da la Revolución es para servir y no para ser servido. Qué el ejercicio de ese poder nada tiene que ver con Camionetotas, ni con ropa de marcas, ni mucho menos con tetas y nalgas explotadas.

En Naiguatá todo el mundo le conoce, le respeta, le admira y le quiere. Es uno de los que se faja todos los años a cantar "Buen día Juan" cuando se celebra la fiesta patronal. Nelson es un naiguateño natural, y un orgulloso de su gentilicio. Las veces que ha estado en el zenit del poder ha ayudado a su gente. Es un taco para conseguir obras para Naiguatá y para ayudar a su gente. El poder no lo ha enfermado.

Cuando le conocí viendo su singular personalidad, le dije de sopetón: “Nelson pero tú eres mas buenagente de lo que pintas en los medios. Tú debes “vender” tu verdadera imagen”. Y Nelson me respondió: "soy un técnico prestado a la política por instrucciones del Presidente Chávez. Me siento bien así y me preocupo cumplir a cabalidad con lo propuesto y dispuesto por él como jefe máximo del gobierno. Sólo te puedo asegurar qué si algún día, Dios no lo quieras, llegas a tener problemas en Naiguatá sólo tienes que decir que eres amigo mío”

Dos meses después.
En una gasolinera a la entrada de Naiguatá, pongo full el tanque y me “presento en quiebra fingida” ante el bombero: “Cóntrale hermano. No tengo dinero para pagarte”. “Bueno – dijo – el bombero. No sé cómo vas a hacer. Pero de alguna manera tienes que pagarme”. Fue entonces cuando me acordé de Nelson Merentes y le dije “Tengo un amigo de Naiguatá quien me dijo que cuando me metiera en un problema en Naiguatá con sólo mencionar su sombre el problema se arreglaría”.
¿Y cuál es el nombre de ese amigo? “
¡Nelson Merentes!
“Listo me dijo. Usted no me debe nada. Y si quiere dinero yo le presto. Nelson es mi hermano, mi amigo del alma. Fue él quien me consiguió la jubilación y la pensión del Seguro Social. Vaya con Dios”.

Cerrando. El otra día escribí en esta misma página El Vuelo de la Gaviota (11-10- 2010. Recomiendo, humildemente leerlo), y en esos garabatos narraba que una noche Nelson, después de una parranda, dejo su auto en la calle con los vidrios bajos. A la mañana siguiente, cuando fue a buscar su vehículo lo encontró con los vidrios arriba y dos pargos, de dos kilos cada uno, en una bolsa plástica, en el piso de la butaca trasera.

Y dijo Nelson. “A lo mejor fueron pescadores amigos míos que me hicieron ese regalo. Deben ser de esos que ayude a conseguirles unos motores para sus botes”.


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Américo Hernández


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