¿Será que quieren llevarnos a un genocidio como el de Ruanda de hace 21 años?

El año 2015 empezó como un caballo brioso, y con una situación de escasez inducida, producto del acaparamiento, especulación y boicot de productos alimenticios, de bienes, de servicios en buena parte de la población venezolana.

Es en ese sentido, que un conjunto de operaciones psicológicas, se han corrido toda especie de rumores, de "bolas", que aunado a un ambiente tenso, hace que el panorama en nuestro país pueda ser de impredecibles consecuencias, aún y cuando para este analista, no cree que se pueda dar un estallido social de manera generalizada.

Pues bien, indagando en algunas experiencias a nivel mundial, sobre todo por esta Guerra Asimétrica, fundamentada y aderezada en medios de comunicación, es que quiero permitirme referenciar a la experiencia del genocidio de Ruanda, ocurrido en el año de 1994.

Como ha sido una de las recomendaciones que se me han dado, voy a tratar de referirme a este lamentable suceso, para ponernos en contexto, y ver como lo aplicado en ese país africano han pretendido reeditarlo en la Patria de Bolívar y Chávez.

Hace 20 años comenzaba uno de los episodios más aberrantes de la historia reciente, en el que el 85% de la población hutu exterminó al otro 15% tutsi.

«La muerte del presidente enciende el terror y las matanzas tribales en Ruanda», titulaba ABC el 8 de abril de 1994, dos días después de que el avión en el que viajaba Juvénal Habyarimana, junto a su homólogo de Burundi, fuese alcanzado por un misil en pleno vuelo. Con este magnicidio daba comienzo, hace 21 años, uno los episodios más aberrantes, sanguinarios y atroces de la historia reciente: el genocidio de Ruanda.

Fue tal la ola de violencia que se desató en elpaís africano el 6 de abril de 1994 que, durante cinco meses, fueron asesinados entre 800.000 y un millón de tutsis (y hutus moderados), provocando, además, más de dos millones de refugiados según los datos oficiales. El 85% de la población, los hutus, agredió, torturó y aniquiló de manera sistemática al otro 15% tutsi con un objetivo claro: exterminarlos.

Los métodos utilizados contra las «cucarachas tutsis» –como se las calificaba en la «Radio Mil Colinas», que llamaba abiertamente al asesinato colectivo, razón por la cual algunos de sus periodistas cumplen ahora cadena perpetua– eran increíblemente despiadados: relaciones sexuales forzadas con mujeres infectadas con sida, extremidades amputadas a golpe de machete, violaciones masivas, cientos de personas quemadas vivas en recintos cerrados o ejecuciones de niños y bebes, entre otras torturas.

Y eso que no había entre ellos ningún rasco étnico ni lingüístico que les diferencia a simple vista, pero sí una serie tensiones históricas que se habían iniciado en el siglo XV, cuando los tutsis invadieron Burundi, de donde son originarios los hutus. Fue a partir de entonces cuando se las ingeniaron para monopolizar la política, el Ejército y la economía de los hutus, a pesar de que los hutus solo conformaban una mínima parte de la población total. Una pequeña minoría invasora dominando a la gran mayoría.

Ese fue el escenario en el que nació y se enraizó el odio entre hutus y tutsis, hasta que, tras obtener Ruanda y Burundi la independencia de Bélgica en 1962, los enfrentamientos entre ambos grupos étnicos se fueron intensificando, dando paso a una época en las que las violaciones de derechos humanos y los golpes de Estados se convirtieron en la norma común.

En 1965, por ejemplo, se desencadenó una matanza de hutus, que volvió a repetirse en 1972 con más virulencia incluso: fueron asesinadas más de 200.000 personas. En agosto de 1988 y en diciembre de 1991 se repitieron las matanzas. Según un informe de Amnistía Internacional, más de medio millón de hutus fueron ejecutados entre 1965 y 1991.

Los acontecimientos se sucedieron a una velocidad de vértigo a partir del 6 de abril del 94, una fecha macabra no sólo para la historia de Ruanda, sino para la historia de la humanidad. Ese día se produjo el atentado contra el presidente Habyarimana, que durante los 20 años había gobernado Ruanda a favor de los hutus, la etnia a la que él mismo pertenecía. Y solo un día después era asesinada la primera ministra del país, también hutu, y los 10 soldados belgas que la custodiaban. Los autores no fueron descubiertos ni se averiguó jamás a qué etnia pertenecían, pero la reacción hutu no se hizo esperar.

Era la hora de la venganza, después de varias décadas siendo el objetivo de una persecución sistemática que obedecía a un proyecto maquiavélico dibujado poco después de las matanzas de 1972: el «Plan Simbananiye», en referencia al nombre de su autor, que pretendía, como «única solución democrática», eliminar al número de hutus suficiente como para que la proporción con respecto a los tutsis se estableciera en un 50%.

El genocidio que se iniciaba en abril de 1994, ahora de la mayoría hutu contra la minoría tutsi, fue seguido en directo por Occidente a través de la televisión, dejando imágenes tan dantescas como difíciles de olvidar [ver la fotogalería del genocidio]. Según las organizaciones humanitarias, en los dos días siguientes al asesinato del presidente ruandés, más de 2.000 personas fueron ejecutadas solo en la capital, Kigali.

Probablemente nunca se sabrá el número exacto de muertos, pero dando por cierta la cifra de 800.000, eso equivaldría al 11% de la población, un 80% de los tutsis. Tampoco se sabe cuántas víctimas provocó la reacción estos en aquellos meses de 1994, pero, aunque se hable del «otro genocidio», parece que no fue en absoluto comparable.

El 13 de abril, la misionera Maria Elena Adot ya hablaba de «caos, desolación, muerte, angustia, matanzas, destrucción y dolor» para definir la situación del país. «Los militares ruandeses están desatados, matan a todos los tutsis que se encuentran a su paso», declaraba a ABC, antes de contar su traumática experiencia al día siguiente del asesinado el presidente Habyarimana: «Estábamos todos rezando en la capilla. Irrumpieron unos militares y nos pidieron a todos la identificación. Nos dijeron que podíamos seguir rezando. Así lo hicimos. Cinco minutos después nos hicieron salir. Nos separaron: en una habitación del piso superior los de raza blanca y un somalí de la ONU; a otra se llevaron a los de raza negra. Escuchamos unas ráfagas y disparos sueltos. Ya está, ya los han matado, pensamos. Hasta la mañana siguiente no pudimos salir de la habitación. Corrimos por el edificio hasta el lugar donde los metieron. Abrimos la puerta y allí estaban todos muertos. Mataron a los 15».

Otro testimonio impactante es el de Santos Ganuza, misionero navarro de una parroquia al oeste de Ruanda: «En abril de 1994 llegaron los "Interahamwe" [grupo paramilitar hutu formado en 1991] y mataron a unos mil tutsis que se habían refugiado en la iglesia, sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Pocos días después, llegaron los militares tutsi y mataron a 10.000 hutus. Las televisiones occidentales proyectaron las imágenes de los hutus asesinados en mi parroquia, identificándolos como a tutsis».

La antropóloga forense Clea Koff cuenta en su libro «El lenguaje de los huesos» el procedimiento para acabar con varios miles de muertos en Kibuye, al oeste de Ruanda, en una sola masacre: «Según los escasos supervivientes, el gobernador de Kibuye organizó a los gendarmes para que condujera a dos lugares a la gente que él ya había elegido para ser asesinada: la iglesia y el estadio. El gobernador les dijo que era por su propia seguridad, que así quedarían protegidos de la violencia que se extendía por el país. Pero al cabo de dos semanas, eran atacados por la misma policía y la misma milicia que supuestamente debía protegerlos. Ésa era la típica táctica de los genocidas de Ruanda».

Koff también describe los controles en las carreteras donde se pedían los carnés de identidad a los ruandeses, para identificar al grupo étnico al que pertenecía. «Mientras tanto, los políticos que planearon el genocidio dejaban bien claro que abril de 1994 suponía la bajada de bandera para el genocidio de los tutsis y para cualquiera que estuviera casado con un tutsi o cuyas opiniones políticas pudieran calificarse de "moderadas"», explicaba.

Entre 800.000 y un millón de muertos en cinco meses es demasiado para un país como Ruanda que, en 1994, contaba con menos de ocho millones de habitantes. El mayor infierno que haya podido ver la humanidad desde la Segunda Guerra Mundial, demasiado duro para un país donde, además, la esperanza de vida no superaba los 44 años, donde 250.000 personas están contagiadas por el virus del sida y donde más del 70% de la población vivía y vive por dejado del umbral de la pobreza.

Pues bien, luego de este testimonio sobre el caso de Ruanda, en el caso de Venezuela, no sería por odios raciales que buscan que nos matemos los unos a los otros. Hugo Chávez no dividió la sociedad venezolana, sino que hizo visible la profunda división de clases que ha tenido siempre nuestra sociedad venezolana, y una élite privilegiada ha tratado de azuzar el odio entre venezolanos, aplicando elementos muy similares a los de Ruanda, a través de los medios de comunicación.

Pero el genocidio que se pretende, sería aprovechándose de esta situación de escasez muy pronunciada con la que hemos iniciado este año, donde la angustia, donde el desespero y cierta rapiña se ha empezado a apoderar de una parte de nuestra población, producto de toda una campaña de desquiciamiento e irracionalidad que se ha apoderado, lamentablemente, de algunos compatriotas, independientemente de su signo ideológico. Y lamentablemente, los medios de comunicación, de manera descarada, violando nuestra Constitución y leyes, han hecho propaganda de guerra, y el Estado no ha hecho absolutamente nada para detener esto.

Dicen que lo último que se pierde es la esperanza, y hay quien la pierde, sobre todo quien ha sido quebrado moralmente. Nunca podemos permitir que nos quiebren interiormente, ni un individuo ni una Nación puede permitirse ese lujo, por más seria que sea la adversidad. Por más que el cerco apriete.

A veces hay que resistir como sea, sobre todo, resistir interiormente. El peor enemigo nuestro, en última instancia, somos nosotros mismos.

Luchar en cualquier circunstancia, por más adversa que sea, es el reto del hombre y la mujer. Y buscar salir airoso siempre.

Hay escaramuzas en esta batalla de dos bloques históricos en nuestro país. Nosotros no hemos podido convencer a los opositores de a pie las bondades de nuestro Gobierno. Debemos ser muy objetivos en evaluar nuestras oportunidades, nuestras debilidades, y las amenazas que se aremolinan como huracán que se enrosca para atacar con vehemencia.

La crisis en nuestro país tiene ahora una fuerte vertiente económica con los precios del petróleo en picada, por debajo de los 50 dólares el barril. Con una inflación galopante que según cifras del Banco Central de Venezuela superó el 64%. Y con un precio de la divisa en dólares en el mercado paralelo que amenaza con llegar a los 200 bolívares, con una escasez inducida, como lo hemos dicho en los primeros párrafos, inquietante.

Este cuadro actual es como para asustar a cualquier Gobierno, es un cuadro verdaderamente dramático. Y para inquietar a nuestro pueblo. Y en este vilo de la incertidumbre permanente, nadie quiere estar sometido.

Pero tiene nuestro Gobierno Bolivariano la oportunidad de capear el temporal, si se decide a echar adelante y no seguirse conformando con ganar el juego por una carrera, porque en cualquier momento puede venírsele el mundo abajo.

El Gobierno Bolivariano debe entender de qué depende de sí mismo, en buena medida. Tiene que dejar de amagar y tomar las decisiones que deba tomar para sortear esta especie de sortilegio de una crisis económica que poco a poco lo ha venido cercando.

Después de muchos amagos y contra amagos de anuncio de medidas económicas decidió devolverle los peajes a las gobernaciones y cobrar solamente al transporte de carga.

Quienes podemos opinar sobre estos asuntos públicos tan delicados, no nos queda otra que hacer como cuando aupamos a un niño que está aprendiendo a caminar, aplaudirlo cuando da un paso, pero no tan ruidosamente, no vaya a ser que se asuste y se caiga.

Pero el problema es que el tiempo apremia, ya se está haciendo de noche. Y este año, el 2015, es el año de la verdad. O corre o se encarama.

Ojalá corra hacia adelante o dé el jonrón que todos esperamos, para que la esperanza se concrete.

Aún seguimos conservando la esperanza, por el bien de nuestro país. A pesar de que nos estén provocando para que haya un genocidio entre hermanos.



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Juan Martorano

Abogado, Activista por los Derechos Humanos, Militante Revolucionario y de la Red Nacional de Tuiter@s Socialistas (RENTSOC).

 jmartoranoster@gmail.com      @juanmartorano

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