AUTANA y la fuga de talentos retroactiva

Ocho años de intenso trabajo musical original, y luego a la calle, como unos perros. Las paredes de esa casa en Sarría eran parte de nuestro sonido. Y Autana no éramos sólo nosotros, eran todos esos panas mirándonos ensayar durante 8 años por aquella única ventanita que teníamos para respirar, tomando cursos en esa misma casa, luego dándolos ellos mismos, formando sus propias bandas, contagiando a otros del saber musical libre que habitaba en ese espacio, que sin nuestra presencia no era taller ni nada, a diferencia de lo que suponía el CONAC de su "Taller de Arte Integral Sarría".

Cuando este inepto organismo público para la cultura envió por primera vez (¡al cabo de 8 años!) a dos supervisores para ver cómo era que un taller de artes plásticas y fotografía (del cual no salía ni un afiche que hablase de sí mismo) podía producir tantos rumores musicales, y se encontraron en cambio con todo un movimiento musical imprevisto por la institución, que ésta en su ignorancia no podía entender, ni mucho menos pretender controlar o conducir (lo cual obviamente no era de su incumbencia), lo que hicieron desde ella fue montarnos un expediente según el cual se trataba de un local invadido por vagos, drogadictos y desamparados; pero le salieron al paso nuestras referencias, los artículos de prensa, los reconocimientos, los testimonios de nuestra participación en cientos de eventos musicales, incluyendo reportajes, participación en largometrajes, programas de televisión y referencias en tesis universitarias; fue entonces cuando el CONAC decidió inventarse el flamante pretexto de una presunta reclamación de nuestra casa de ensayo por parte de su dueño (al que seguramente también inventaron), quien casualmente habría decidido por esa misma semanita vendérsela al estacionamiento adyacente, el cual la necesitaba urgentemente, pobrecito, para demolerla y extender su terreno.

Recordaremos la protesta colectiva subsiguiente, el concierto en la calle de enfrente con la participación de bandas, periodistas, gente del barrio y allegados a nuestra labor, lo cual de nada sirvió y fuimos indistintamente echados a la intemperie. Luego la casa la tumbaron y fabricaron otra (¿dónde quedó entonces la supuesta venta y expansión del estacionamiento, razón inaplazable para la clausura del taller?), lo cual muchos no soportamos moral y físicamente y terminamos pereciendo como grupo.

Así estaría el país que un año más tarde acaeció el Caracazo, el cual afortunadamente me perdí pues apenas nos quitaron la casa vendí mi destartalado carrito y me fui a Europa con lo único que alcancé a comprar: un boleto de ida sin regreso. Por casa y único recurso allende el atlántico, mi dignidad y mi bajo eléctrico. Años más tarde, con la ilusión de la Revolución Bolivariana llegando al extranjero y su supuesto remplazo de todas las instituciones parasitarias, incluyendo las de la cultura, tampoco nadie se acordó del Autana, a pesar que desde el extranjero y luego en persona interpelé a Miraflores, a ministros, directores, funcionarios de cultura y líderes políticos al respecto, con proyecto en mano, prístinamente presentado, adaptado al desarrollo musical comunitario basado en nuestra experiencia de Sarría, y nuevamente nada despertó el menor interés, la menor reacción en estos nuevos jerarcas de oficina; me estaba enfrentando, sin saberlo, a un curtido tejido de mafias rameras aferradas a fluctuosos fondos públicos para la cultura, y a un clientelismo rapaz impresionante, piñatero.

Se los venía a presentar un venezolano desde el extranjero, con experiencia nacional y luego internacional en más de 40 países, documentos en mano y a entera disposición, cuyo CV envés de respaldarlo intimidaba a los encargados de recibirlo, por no venir desde la cima del partido y ponerlos en desventaja frente a sus propios puestos, terminando como quién sabe cuántos inocentes proyectos más en la oscuridad infinita de gavetas sin fondo; a esa calamitosa realidad se resumía la nueva impronta administrativa del llamado proceso bolivariano, vulgar versión populista del mismo esperpento anterior, sólo que con más real y celos.

De modo que me tocó tirar la toalla por segunda vez, abandonar mi ilusión de volver al país y continuar 20 años más tarde nuestra experiencia truncada, ahora ampliamente asimilable en provecho de todos. Quedé en escombros, como nuestro taller. Eso ocurrió en 2008, en pleno auge de "avanzada" progresista auto-proclamada y con el "Máximo Líder" crecido, en plena salud y al frente. Sólo me quedó desearle BUENA SUERTE a un país que en fin de cuentas no encontrará jamás en nadie, como en su propia gente, a peor enemigo que sí mismo.



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Xavier Padilla


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