¡No destruyan lo que Chávez construyó!

Para Lenin, el izquierdismo fue y es una enfermedad. Eso lo dijo el dirigente bolchevique ruso. Es más, le llamó “infantil”. Pero no porque le pegue a los muchachos, sino a quienes no alcanzan a madurar lo necesario. Pero no hace falta siquiera haberle leído para llegar a la misma conclusión. Es hasta más peligrosa que la Chikinguya, pues no necesita un transmisor para que una persona contagie a otra. De manera que sería inútil fumigar, lo que de paso es también en buena medida nocivo, impedir los depósitos de agua y hasta salir como locos a votar los viejos cauchos del automóvil que se amontonan en el patio que pueden servir para otra cosa. En este caso, basta que uno o unos cuantos contaminados de izquierdismos se difundan entre los revolucionarios, peguen sus habituales gritos y hasta escriban estoraques llenos de ciencia ficción e interpretaciones personales, muchas veces delirantes, de los clásicos o quienes creen que son tales, para atrapar a cualquier desprevenido. De paso, éste no sentirá dolor alguno, pues no habrá picada y menos los dolores que suelen acompañar a la extraña enfermedad, que lo es por ella misma y el nombre.

Es más peligrosa también porque quien la adquiere no lo sabe. No es como la Chikinguya cuyos síntomas, según he leído y oído, son en exceso incómodos y dolorosos. El enfermo de izquierdismo no siente dolor alguno; es más, va por allí en muchos casos feliz de tener una vaina que no sabe que tiene. Quizás el síntoma más visible de la enfermedad, que desde fuera se percibe fácilmente, aparte de sus delirantes percepciones, es que suele ponerse de muy mal humor y estallar de rabia cuando alguien le contradice.

Pero además del izquierdismo hay otra enfermedad que suele acompañar a la primera. Este es el grupalismo. Porque los enfermos de izquierdismo sienten necesidad de encontrar apoyo incondicional, es para ellos un asunto vital. Por supuesto, que esto del grupalismo también le pega a muchos que son de la derecha y hasta moderados. Pero los enfermos de izquierdismo son como más apegados a esa práctica enfermiza del grupalismo.

Cuando se entra en debate, se discute por diferentes medios, los enfermos de un lado u otro, necesitan como el oxígeno, no escuchar opiniones, menos si son diferentes a las que ellos están amarrados, su objetivo no es llegar a la verdad ni al punto donde el movimiento inercial debe iniciar su marcha, o lo que es lo mismo, llegar a un consenso para sumar fuerzas, sino oír opiniones que apoyen lo que ellos dijeron y sumar para derrotar a quienes piensan otra cosa.

El izquierdismo o derechismo, como enfermedades que pueden brotar en el movimiento revolucionario, cuando se vinculan al grupalismo, circunstancia que buscan a como dé lugar, tienden a dividir innecesariamente, hasta por nimiedades, porque sin que ellos lo sepan, no lo hayan internalizado, lo que buscan es el poder. Tanto que cuando un grupo se sobrepone a otro, dentro de un partido, una comunidad, una sociedad científica o de cuidadores de mascotas, se dedica a ignorar a los otros por muy valiosos que sean. Por eso uno ve en esas agrupaciones y asociaciones, siempre las mismas caras, tomando las decisiones y dictando las reglas del juego o normas para el hacer. Habrá cambios solo cuando el grupo que maneja la mayoría deje de hacerlo y entonces, el nuevo triunfador, vendrá con sus guantes, bates, pelotas, reglas y hasta árbitros.

Pero lo peor del grupalismo es que, como enfermedad, se extiende más que el Chikinguya y hasta los infantilismos mismos. Cómo un tumor que hace metástasis, pues al grupo que se organiza o se metió de una vez ya organizado para tomar el control, estimula que los demás como por acto de supervivencia tienden a formar sus propios y numerosos grupos.

En la vieja izquierda, en el MIR por ejemplo, había grupos que se formaban sólo por tener una particular interpretación de un asunto específico. Eso los hacía como sentirse obligados a llevarle la contraria a los otros compañeros en todo. Bastaba que alguien de un grupo diferente dijese algo, para que del otro lado o lados, esgrimieran argumentos, como sacados de un saco de mago o loco, para refutarle.

Pero si todo fuera eso, no importaría. Uno hasta gozaría escuchando a aquellas cuerdas de locos y les vería templándose las greñas. Lo malo, uno lo sabe por experiencia que un buen día, sobre todo en el momento menos propicio, cada grupo decide coger su camino y donde antes había una gran organización, salen montones de átomos, con sus ideas pero sin gente.

Haber curado a la izquierda de aquella peligrosa y derrotista enfermedad, fue una de las más grandes labores de Chávez. Ojalá, como el chikunguya y el ébola, no tome fuerza el grupalismo. Tanto como para hacernos explotar. Por eso, los enfermos de izquierdismo o derechismo, si les gusta estarlo porque ellas no pican, que no se rasquen, estén tranquilos, manténganse en el frente donde estamos todos juntos, pero no destruyan lo que Chávez construyó.

Para terminar y evitar malas interpretaciones, las individualidades que se reúnen en grupos para diseñar propuestas, elaborar ideas, no necesariamente son grupalistas. Pues lo grupal va más allá de eso. Suele tener sus propios comandos, reglas y disciplina, táctica y estrategia. Dicho esto, cada quien debe tener claro a quienes me refiero.


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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