La ley Oferta-Demanda privará sobre la Superintendencia

Los hábitos de consumo deben ser mejor canalizados para que la demanda se distribuya mejor en el tiempo. Las fechas de cobro tiesas semanales y quincenales sólo contribuye a inflar la demanda cada semana y cada quincena, y en favor de los comerciantes.

La regulación de precios amerita un proceso continuo de ajustes zigzagueantes, a veces hacia abajo, a veces h. arriba. Mal podría la Superintendencia de costes, ganancias y precios imponer estos al margen de la puja entre oferentes y demandantes. Recordemos que esta ley sólo busca precios justos, ganancias justas y costes justos a fin de evitar la especulación de parte de fabricantes e intermediarios en su condición de poseedores de las mercancías, mientras los demandantes sólo cuentan con dinero, y este no se come.

Los fabricantes deben convertir su capital en mercancías de producción, y los consumidores finales en bienes de consumo personal. En una economía cerrada o autárquica, en la incesante puja entre compradores y vendedores, privan dos factores o dos protagonistas básicos: El empleo de mano de obra con sus correspondientes medios de producción, y el poder adquisitivo en circulación.

Como toda ley, la de la oferta y demanda es inviolable, sólo que su acción sucede a los ajustes de precios estructurales procesados, primero en algunas fábricas, y luego en las derivadas, tanto fábricas de bienes intermedios como de productos listos para el consumo familiar. Es un hecho que las mercancías siempre tendrán compradores al precio que sea y este invitaría a los ajustes de inventarios que garanticen mayores ganancias para sus vendedores y productores. Hasta los bienes perecederos dejaron de ser rematables y se prestan para que su comerciante juegue con la ley de la oferta-demanda.

La demanda de las fábricas forma parte de la demanda de bienes intermedios, de los precios de medios de producción y de la mano de obra, pero sus asalariados enseguida engruesan la demanda de mercancías de consumo final, y lo hacen mucho antes de los asalariados de fábricas más cercanas al consumidor. En consecuencia, siempre hay un rezago entre la oferta y la demanda. Por ejemplo, los trabajadores y capitalistas de las empresas comerciales y las fábricas intermedias se integran a la demanda general mucho antes que los trabajadores y capitalistas de aquellas empresas más cercanas al consumidor final. Esos tiempos o hábitos de consumo diferentes son causas de desbalance en la demanda final.

Digamos que la puja oferta-demanda arroja precios que van recibiendo ajustes regidos por la oferta-demanda en toda la cadena de fabricantes de mercancías intermedias y finales, pero, los demandantes de bienes de consumo final, llamados básicos, se hallan concurriendo en paralelo para la compra de bienes cuyos tiempos de elaboración son diferentes. Es decir, sin proponérselo, unos compradores finales compiten deslealmente con los trabajadores que se hallan al final de las cadenas de intermediarios. Todos los asalariados compran bienes finales, pero algunos reciben salarios primero que otros, se anticipan y constriñen la oferta oportuna de quienes sólo pueden comprar después.

Como vemos, el mercado impone un complejo ajuste de tiempo y cantidad de tal manera que la oferta de bienes de consumo final pueda llegar a los inventarios según los tiempos de cobranza de salarios, pero esto no suele ocurrir porque los huecos de inventarios se traducen en una oferta menor a la demanda con su ventaja para los comerciantes. Al comerciante no le interesa este tipo de ajuste, sino en el de los precios, de allí la necesaria fijación de precios máximos, por lo menos durante períodos determinados.

Observemos que tenemos dos tipos de demandantes y en consecuencia, dos de oferentes. Así, cada fábrica es demandante y oferente durante el tiempo de fabricación. En un segundo momento, las fábricas terminan vendiéndoles a los intermediarios quienes obviamente para revender compran sólo mercancías ya terminadas sean estas intermedias o de consumo final.

Por tales razones, venimos insistiendo en la necesaria planificación ex ante de toda la fabricación en sus diferentes momentos de acabado, y la fijación de precios aproximados sin mayor precisión, pero sí menores que los fijados conveniente y unilateralmente por la oferta-demanda ya que sus vaivenes pueden ser perfectamente adulterados por los fabricantes y comerciantes mediante acaparamientos de materias primas, de bienes terminados, o simplemente mediante reducción en la productividad o lockouts parciales de la producción y venta por los especuladores.

Obviamente, la mejor planificación impone la socialización general de la producción o su precontrol de compras y ventas aunque su capital permanezca en propiedad privada.


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Manuel C. Martínez


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