De cómo pudieron haber asesinado a Hugo Chávez (IX)

La guerra biológica y el papel que había desempeñado los Estados Unidos se experimentaba sobre aquellos prisioneros estadounidenses, y por eso, William Buckley solicitaba más archivos al respecto.

Empezó a leer una copia de los voluminosos informes de la CIA sobre el enorme arsenal de armas tanto químicas como biológicas de la Unión Soviética al final de la Segunda Guerra Mundial. Estaban almacenadas en Ucrania, en los Urales y en las repúblicas islámicas. Los arsenales se reservaban para el caso en que la Unión Soviética entrara en conflicto con China. En los archivos, Buckley se topó con una serie de informes alemanes de espionaje de la Segunda Guerra Mundial que detallaban la preparación soviética para la guerra biológica, mucho más terrible que la guerra nuclear.

Después del conflicto se trasladó al Instituto Biológico del Ejército Rojo, situado a orillas del Río Volga y, más tarde, a la localidad de Octashkov, al nordeste de Moscú, donde se centraba el uso del ántrax, el cólera y la peste.

Un informe de los archivos describía el proyecto de contagiar la peste a ratas y después soltarlas en jaulas con paracaídas que se romperían con el impacto del aterrizaje y liberarían a los roedores para que propagaran la enfermedad.

China también habría almacenado ingentes cantidades de armas biológicas. Había iniciado su programa en 1940, año en que un avión japonés había esparcido granos de arroz y trigo saturados en ántrax sobre la ciudad de Chunsein, en la provincia de Chekiang. Un año más tarde, otra ciudad china, Changteh, en la provincia de Hunan, había recibido una lluvia parecida, en esta ocasión infectada de peste bubónica. El virus había matado a docenas de personas. Durante la Segunda Guerra Mundial millares de soldados chinos murieron víctimas de diversos gérmenes soltados desde aviones. Sin embargo, China jamás tomó represalias. Con el estallido de la guerra de Corea, en Washington había cundido el pánico de que Pekín recurriera a armas biológicas. Se escogieron cuatro enfermedades para elaborar armas para su uso contra Corea del Norte: ántrax, brucelosis, tularemia y psitacosis. Frank Olson había trabajado con las cuatro. Fue esa experiencia la que lo llevó a acompañar a Gottlieb a Corea del Sur en 1952, concluyó Buckley.

Buckley también estudió el informe de una Comisión Científica Internacional para la investigación de los hechos relativos a la guerra bacteriológica en Corea y China. Publicado en 1952, el informe de setecientas páginas concluía que “los pueblos de Corea y China fueron usados en efecto, como blancos para armas bacteriológicas”. El informe citaba un abanico de armas que se había utilizado en Corea del Norte: estilográficas llenas de tinta infectada, plumas de ave containadas con ántrax, pulgas, piojos y mosquitos portadores de la fiebre amarilla y peste. Buckley sabía por experiencia que todos ellos eran métodos que el doctor Gottlieb había propiciado.

Frank Olson se contaba entre los enviados a Inglaterra para explotar la guerra biológica con el doctor William Sargant, que más tarde le recordaría a Olson “el paradigma norteamericano en el extranjero”. Un investigador de Porton Down le había contado a Olson que estaba intentando procurarse un cocodrilo para crear un veneno basado en un extracto de la vesícula biliar del animal. Otro químico había ideado un plan para impregnar el cemento de construcción ampliamente usado en la Unión Soviética con una sustancia que lo hiciera desmoronarse. Durante esas visitas a Gran Bretaña Olson también había recopilado un surtido de venenos de molusco para llevárselo a su laboratorio de Fort Detrick.
Buckley había leído informes que sugerían que el doctor Gottlieb había autorizado la realización de experimentos con quisling: noruegos que habían apoyado a los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

Otro de los investigadores de nómina de la Agencia, Morse Allan, había trabajado con hongos traídos de las junglas de Centroamérica, entre ellos el piule. Había triturado semillas de la planta y las había probado en personas que George Hunter White había atraído con malas artes a sus pisos francos.

Con el propósito aparente de localizar a los nazis que habían en Suramérica, White viajó allí y entabló contactos. Más tarde se los pasaría al doctor Gottlieb cuando éste buscaba fuentes de la legendaria “seta mágica” usada por nuestros indígenas. Tras regresar a Europa en 1952, White se había convertido en miembro de una operación impulsada por la CIA con sede en un complejo a las afueras de la ciudad alemana de Francfort. El edificio era conocido como el hotel Himmler. Los experimentos realizados con “prescindibles” a los que atiborraban de drogas y agentes biológicos. Luego, si sobrevivían pero ya no les eran de utilidad, los mataban.

En otros laboratorios Buckley encontró médicos que investigaban, entre muchas otras cosas, el grado en que los problemas emocionales producían dolor cardíaco en algunos pacientes y si eso se debía a una reducción del riego sanguíneo del corazón fruto de la vasoconstricción o a una repentina demanda de oxígeno debida a un ataque de ansiedad.
Antes de salir de Washington, había preparado un documento sobre el estado de guerra biológica-química de Estados Unidos, en el que sostenía que hacían falta cuatro millones de dólares más para llevarlo a un “nivel aceptable”. Había recomendado que el dinero se invirtiera en ampliar las instalaciones existentes, entre ellas el centro de pruebas de Utah. Ese enclave sería usado para ensayar una versión mejorada de la tularemia. También recomendaba que parte del dinero se destinase a realizar pruebas para determinar si era posible sembrar nubes con ántrax. Al doctor Gottlieb le había complacido oír que Kennedy le había prometido a Dulles que el dinero estaría disponible si era elegido Presidente de los Estados Unidos, como en efecto ocurrió.

El doctor Sargant me confirmó más adelante que la conversación en ocasiones iba a parar al uso de armas bioquímicas y que le había hablado a Cameron del uso de pacientes terminales de cáncer en su hospital de Londres.

Uno de sus informadores era un erudito alemán, el profesor Adolf Henning Frucht, que trabajaba para el Instituto de Fisiología Industrial de Berlín Este. Su especialidad era desarrollar nuevos métodos para detectar veneno en la atmósfera. Frucht le había contado a Buckley que su última invención se basaba en la idea de que la presencia de gas en el aire afectaba a las luciérnagas; el método era similar al de los mineros que llevaban pájaros enjaulados para que los advirtieran de la presencia de gas en las galerías.

Frucht resultó ser enseguida de gran utilidad. Se las apañó para sacar de Alemania del Este en detalles del trabajo del Pacto de Varsovia en armas químicas y biológicas. Una de ellas era un agente nervioso capaz de conservar su efectividad muy por debajo del punto de congelación. Los analistas de la CIA concluyeron que el agente nervioso estaba diseñado para atacar las bases de alerta temprana de Estados Unidos en Alaska.

En las semanas posteriores, Frucht, corriendo un enorme riesgo, depositó en una serie de puntos de entrega que Buckley había establecido en Alemania Occidental especialmente al efecto un caudal de datos sobre agentes químicos y biológicos que se estaban desarrollando en la Unión Soviética en aquel entonces. El centro de ese trabajo se encontraba en Checoslovaquia, en el Instituto de Praga para la Higiene Militar y el Instituto de Investigación Biológica de Techonin. Frucht se las había ingeniado para identificar la sala del Instituto de Praga donde se guardaban los gérmenes más peligrosos y letales. Se trataba de la 625, que albergaba gérmenes tan mortíferos como la fiebre del Nilo, la rabia o la fiebre amarilla, además de recipientes con esporas de ántrax.

Por razones de tiempo y espacio, dejamos esta entrega hasta aquí, pero esta historia criminal aún continua.
¡Bolívar y Chávez viven, y sus luchas y la Patria que nos legaron siguen!
¡Hasta la victoria siempre!
¡Independencia y Patria Socialista!
¡Viviremos y Venceremos!


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Juan Martorano

Abogado, Activista por los Derechos Humanos, Militante Revolucionario y de la Red Nacional de Tuiter@s Socialistas (RENTSOC).

 jmartoranoster@gmail.com      @juanmartorano

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