Una lucecita

El jueves participé como panelista en un foro que organizó este diario para abordar el tema de la tolerancia en una sociedad polarizada. Los profesionales con quienes me correspondió compartir micrófonos eran todos psicólogos o sociólogos. La única no especialista en el manejo de esta situación de confrontación infinita era yo y, a excepción de otro de los ponentes, también era la única declaradamente chavista. Siete “contra” dos.

Hablar de tolerancia en un ambiente en el cual de entrada ya uno se siente en desventaja es muy difícil. Evitar las posturas defensivas es también bastante cuesta arriba. A eso tendemos cada vez que anticipamos que vamos a ser atacados. Los partidarios de este proceso revolucionario llevamos quince años defendiéndonos. Agredir es mucho más fácil y eso no lo perciben los adversarios.

La intervención de la suscrita no estaba preparada. Me presenté en ese auditorio solo dispuesta a exponer mi visión de este fenómeno social desde el corazón, con las palabras que me salieran en el momento. Me sobran argumentos y ejemplos de cómo y por qué hemos llegado a estos extremos de desentendimiento. Opté por ser directa y pedí que dejemos a un lado las posiciones falsas y llamáramos a las cosas por su nombre, para que comenzáramos a respetarnos. Asumí y defendí mi condición de “chavestia”, con tanto ardor como recordé el pasado no tan lejano, cuando queridos miembros de mi familia fueron objeto de persecuciones y torturas, como no conocen los jóvenes de hoy.

Lo más importante de ese encuentro lo recogí después. Además de las manifestaciones afectuosas de varios compatriotas, que me obsequiaron con papelitos y tarjetas, en el abrazo solidario de una respetable panelista. Y a la salida, un par de jovencitas, cada una por su lado, que se acercaron con cierta timidez. Una de ellas se recostó en mi hombro a llorar conmigo, casi sin poder articular palabra. La otra, más resuelta pero emotiva y sonriente, me extendió una invitación a un grupo que intenta trabajar el tema de la intolerancia. Ella también me abrió sus brazos. Ambas son opositoras. ¿Qué saqué de ahí? Que todavía quedan esperanzas de recomponer esta sociedad medio extraviada de su condición humana.


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Mariadela Linares


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