¿Qué hacen los artistas de TV por la delincuencia?

¿Qué hacen los actores y las actrices por la inseguridad del país? Esta es una pregunta que sólo alude a un pequeño segmento de la población, pero me obligan a plantearla de esa manera los mismos profesionales de la actuación que se lamentan, critican y lloran la muerte de la exmiss Mónica Spear y su esposo Henry Thomas Berry, como si ellos en cuanto venezolanos no tuvieran velas en ese entierro.

Puras lágrimas de cocodrilos, lo digo sin remordimiento, porque la mayoría de los artistas entrevistados tras el terrible suceso, eludieron con  desparpajo la responsabilidad que todos tenemos en la inseguridad de Venezuela. Todavía les colocan un micrófono en la boca y dicen que el Gobierno bolivariano debe garantizar la seguridad ciudadana en el país, pero nunca explican que eso es un mal social que requiere para su solución del concurso de la población entera, y que se debe comenzar por corregir la programación de esa telesexo, telesangre, telebasura en la que ellos participan y que atenta contra la moral y las buenas costumbres; daña, pervierte, distorsiona la conducta de nuestros niños y jóvenes.

El brutal atentado de la televisión contra las mentes imberbes, está suficientemente comprobado,  lo saben, lo dicen y lo han escrito los más encumbrados estudiosos de la materia, sin embargo, los artistas no lo quieren entender. Colocan sus intereses por encima del bienestar colectivo. Piensan en cuidar el trabajo sin importarles que el resto de la gente, se vaya por un precipicio. Y  cualquiera diría que eso podría ser problema de ellos, pero lo injusto es que cuando ocurren eventos como el de Spear y Berry, entonces le echan la culpa a los demás.

La inseguridad no come de raza, sexo, color, credo; hoy me puede tocar a mí, mañana le puede tocar a otro y no se combate sólo con policías, por lo tanto, es hora de que nos pongamos la mano en el corazón y veamos el papel que nos corresponde cumplir, para contribuir a la solución del problema. Debemos ser conscientes, reconocer que nos equivocamos, cambiar el rumbo cuando avanzamos por el camino incorrecto. Errar es de humanos; lo malo está en no rectificar.

Yo soy periodista, y la mayor parte de la carrera la ejercí haciendo reporterismo de sucesos, y puedo decir que no me alcanzaría el tiempo que me resta de vida, si me tocara enumerar mis desaciertos en esta labor; en realidad todo era un disparate, empezando porque la mayoría de los medios de comunicación de mi época apostaban a la sangre, al morbo de la muerte, cómo método infalible de venta de periódicos. No pensaban en la vida, sino en el billete. Tanto que aquí en Maracaibo los periódicos se leían de atrás para adelante, es decir, de la última página hacia la primera. Cometí cualquier desafuero. Lo reconozco, pero lo admito y sé que hay que corregir en función de bajarle dos a la sangre en la calle como dicen los chamos.

Lo grave de los actores y actrices es que insisten en defender lo indefendible, y esa actitud no hace más que correr la arruga de esa violencia que nos mata día a  día; pienso que es el momento de meterle el pico a esa televisión insana, y así ganamos todos. No pierde nadie.

 En este país creo que la mayoría de los artistas de TV son de primera y no requieren de esas producciones truculentas, distorsionadoras, tan lejos de la realidad, para demostrar su calidad profesional; tampoco necesitan pegar cuatro gemidos en una escena de amor -de esos que hierven la sangre en las venas- con el objetivo de calar en el público.

Así que, manos a la obra.



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Alberto Morán


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