Ministro: en la revolución todos somos “toeros”

            La vejez es una vaina incómoda y un escape. Uno suele decir “creo que una vez lo dijo fulano o está escrito en la obra de zutano”; porque hace tanto tiempo que lo leyó o escuchó, se confunde y hasta esconde en los vericuetos del largo camino transitado. Además, por asuntos de viejo, uno escuda la flojera o incapacidad, esas consecuencias del tiempo, en restarle importancia a quién lo dijo o escribió y cuándo. En eso hay mucho del fundamento y sensatez del viejo que, por serlo, tiene más mañas que el diablo. Piensa y decide, “eso no vale pena averiguarlo, ni perder el tiempo tontamente”.

         Si usted pone en google, la palabra “toero”, el medio se empeña confundirle con torero. Pasa por alto que un torero es “especialista” y tipo que no sabía ni quería hacer una vaina útil pero si lucrativa. La del medio es una como sutil manera de decirle a uno, “usted escribió mal la palabra”; “deje los insultos”. Si la busca en el diccionario, la corrección hecha realeza y linajuda, le dirá que es “todero”; le explaya el significado que es el mismo de “toero”.

        Por lo menos que yo recuerde, la susodicha palabra, la leí por vez primera en algún texto de Rómulo Gallegos, allá en Cumaná, apenas empezando el bachillerato. Porque pese a que “era y es una provincia”, como despectivamente le dicen los caraqueños a quienes sí lo fueron, como Caracas misma, en la etapa colonial, los cumaneses de ese tiempo ya en los primeros años de la secundaria, por lo general, nos habíamos leído a casi todos los buenos escritores venezolanos, unos cuantos de habla hispana y otros tantos de otras lenguas.

          Gallegos, no recuerdo, si como un halago, un lamento o ironía, expresó que los venezolanos éramos competentes para todo y especialistas en nada. Aquello del “llanero es del tamaño del compromiso que se le presenta”, tiene muchas connotaciones, pero también la de “toero”. La frase esa sobre el hombre de la llanura inmensa también creo, vuelvo a la maña de viejo, la creó el mismo autor.

            Estas cavilaciones de anciano que no tiene nada que cuidar, ni el nombre, porque a nadie importa, vienen a cuento por esa novedosa – quizás sea revolucionaria, de eso hablaremos después - forma de abordar la composición del gabinete que nació con el chavismo. Los gabinetes nuestros – dije nuestros porque asumo el compromiso y los riesgos –, además de reciclarse, parecieran integrarse bajo la preminencia del “toero”,  la premura y una ritual forma de interpretar la fidelidad. Edad, energía, tiempo disponible, cortas zancadas, buen oído y memoria, parecieran componer la fórmula expedita. Los ariscos no sirven para  ese fin. ¡Quizás hacen perder el tiempo! ¡Y no es mala idea!

          Los venezolanos hemos dado un valor trascendente, desde el fondo de la historia, a aquella expresión “más vale quien quiere que el que puede”. Tampoco voy averiguar quién demonios la dijo, pero alguien lo hizo. En verdad es así. Quizás por eso, cuando formamos nuestros gabinetes, apelamos al primero que por allí vemos llenos de entusiasmo y probados en la amistad. Sólo que eso pareciera tener el pequeño defecto de orientarnos “por ensayo y error”, en lo que a la efectividad se refiere. No sé si lo dije bien.

           Pero si quiero destacar, como el proceder, entre tantas virtudes, tiene la de igualarnos a todos. Potencialmente uno puede aspirar a ministro de finanzas aunque se enrede contando las pocas canicas en la bolsa, aunque después me percate que puse a perro a cuidar carne, habrá tiempo para corregir.

          Lo importante de todo esto, es que uno ha descubierto que hay audacia gobernante, tanto que se hacen esas designaciones, que parecieran inconvenientes e informales, de manera reiterada y en los escogidos a quienes no se le agua el ojo en aceptar una tarea de la cual nada saben. Parecen razonar  “en el camino se emparejan las cargas”. ¡Créanme! Yo eso lo admiro. Porque años atrás, no ahora cuando los años me acogotan, supuestamente llamado para ministro del agua, me  hubiese chorreado o filtrado y dicho contundentemente ¡no!

          - “¡Ni de vaina!, eso no es lo mío.”

           -“Prefiero quedarme humildemente en el aula con mis muchachos en clase de historia, cobrando poco, que meterme en camisa de once varas o en esa aguamentazón”.

           Claro, vivimos tiempos de revolución donde se rompen “paradigmas” –al fin usé una bendita palabra qué no sé quién la inventó, me luce antipática. presumida y cual disfraz – para hacer las cosas distintas al habitual y burocrático proceder de las clases dominantes. Además, de repente es más cierto que lo que uno siempre ha creído, que un revolucionario es un soldado al servicio de lo grande y dispuesto a asumir la tarea que se le encomiende; sobre todo, un tipo al pie del cañón y “pá tras ni para coger impulso”.

            Aquello ya dicho, de “más hace quien quiere que quien puede”, implica muchas cosas. Voluntad, empeño, fidelidad, estar allí y ahora. Nada de “cuando pueda me ocuparé de eso”.

            Esta reflexión la hago más que todo pensando en mí mismo, para entender formas nuevas que rompen mi rutinaria cultura y expectativas. Mi anquilosamiento pues.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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