La revolución en la agricultura (Parte IV): Indicadores de soberanía

Teníamos tiempo con la agricultura en el segundo plano de la diatriba política. Durante esta gestión, el Ministerio del Poder Popular para Agricultura y Tierras ha visibilizado el esfuerzo que subyace en medio de la guerra económica, en cuyo contexto se ha lanzado la hipotética solución, atribuida al camarada Maduro: “Producimos o nos jodemos”. En esa visibilidad de la agricultura se anotan las relaciones Estado-organizaciones gremiales de productores, transparencia en la presentación de información sobre el manejo de la cartera de divisas para importaciones agrícolas y los supuestos guisos, inauguraciones de plantas que apoyan la producción de semillas, se generaron expectativas sobre la producción de cereales, especialmente de maíz amarillo, y se habló en disperso sobre inversiones en sistemas de riego. Además se anunció la realización del ansiado Congreso Nacional Campesino que rescata el Poder Popular como elemento transformador de la sociedad y en adicional se propone un relanzamiento del plan de agricultura familiar-comunal.

No han sido pocos los comentarios directos por los medios y redes sociales sobre las declaraciones del ministro en relación a los resultados de la agricultura en el 2013, que en anteriores escritos llamé el último de los años malos para la agricultura. Y en efecto ha sido así. La agricultura estuvo como las otras áreas socio-económicas sumida en el mismo marasmo e incertidumbre que generó la muerte del Comandante Eterno. ¿Por qué pudo ser diferente, si esa congoja le quitó fuerza inicial al plan de la Patria en general? Pero, la voluntad se sobrepuso al dolor y con los esfuerzos gubernamentales, que esperamos se repitan y se multipliquen, se logró mejorar los pobres resultados promedios de la agricultura entre los años 2010- 2012, en rubros muy sensibles para el sistema agroalimentario. En poco tiempo dispondremos de cifras consolidadas del órgano responsable de la agricultura, para analizarlas y opinar al respecto. Pero, todo evidencia que el camino hacia una potencia emergente se ha iniciado, con los recursos teóricos de las políticas agrícolas, muchas veces presentados en pantalla abierta al mundo por el Comandante Eterno, y que el camarada Maduro está dispuesto a centrar el esfuerzo en la producción agrícola nacional, con un desmontaje estratégico progresivo de las importaciones innecesarias.

De todos los discursos políticos que le dan visibilidad a la agricultura en prensa nacional, el que todavía es muy inconsistente es el de la soberanía alimentaria. En algunos casos se utiliza en forma tan simplista o arbitraria que causa hilaridad. Veamos.

La materia soberanía fue uno de los temas candentes de la Asamblea Constituyente y la sapiencia jurídica y política llevó a desarrollar un artículo cuyo paragua envolvente de los enfoques parciales de soberanía quedó subsanado. Así, la soberanía reside en el pueblo. Sencilla y sabia decisión, residiendo allí, la soberanía científica, tecnológica, alimentaria, de salud pública y todas aquellas que de manera fraccionada han aparecido en el léxico político de la revolución, nacen de allí, y en forma sencilla pudiéramos envolver que residen en el Poder Popular. Es por eso que cuando el poder cupular de los dirigentes de los órganos de gobierno se abrogan este derecho casi exclusivo a la defensa de la soberanía, y a la formación de criterios de soberanía en franco desconocimiento del Poder Popular, están errados en el estricto sentido de la pretensión de la revolución. En el caso de la soberanía alimentaria, mucho antes de la aprobación de la Constitución, algunos colectivos campesinos latinoamericanos dejaron sentir su percepción de la soberanía alimentaria, en las cumbres de FAO iniciadas en 1995, en las cuales el derecho a la alimentación ha tomado fuerza inalienable. Así, la soberanía ha llegado a ser el poder del pueblo decidiendo qué producir, cómo producir, con cuál finalidad, con cuáles nexos internacionales, con cuál tecnología, entre otros aspectos. Nutridos por estos esfuerzos, los pensadores y luchadores agrícolas con pensamiento holístico sobre el sistema agroalimentario acuñaron el término, lo usaron intensamente, pero no lo acotaron, no llegaron a presentar la forma y los medios de verificación para interpretar mas acertadamente el estado de la soberanía alimentaria en Venezuela, o en otros países latinoamericanos; aunque en nuestro caso, en el ambiente subyace que algo tiene que ver con la vulnerabilidad política, biológica, ambiental, social económica y la seguridad en la forma en que se preceptúa en el artículo 305 de la Constitución, pero lógicamente enlazado con la expresión el Poder Popular.

A la revolución bolivariana y chavista, al modelo socialista de sociedad que está construyéndose hay que quitarle el lastre de la verborragia, que utiliza el término soberanía alimentaria en cuanto discurso haya que pronunciar, hasta cuando hacemos un sancocho en las riberas de un río fresco que se escurre entre los pedregales. Hay que darle fondo, hay que precisar algunas variables e indicadores que nos permitan hablar con propiedad como Poder Popular, Pueblo a Pueblo, y para ello, bien pudiera hacerse un desglose del discurso político sobre agricultura y la alimentación del Comandante Eterno.

En efecto, un equipo de trabajo de la Universidad Bolivariana de Venezuela, uno de los tanques de pensamiento en formación que trabajan sobre la contribuciones teóricas revolucionarias de Chávez ha detectado al menos 5 aspectos frecuentes del discurso que desarrollados en el contexto de la soberanía alimentaria, pudieran permitir elaborar un conjunto de indicadores que permita establecer la relación entre la teoría y la praxis política. No se trata de una larga lista de mercado, hay que hacer el ejercicio para concretar unos diez indicadores, al máximo, para definir la soberanía alimentaria nacional. En todo caso, lo relevante y prominente es definir hasta donde vamos a llevar la revolución en la agricultura y si realmente el concepto de potencia emergente en agricultura va a ser parte de esa práctica política social en la cual se enmarcan los compromisos del Poder Popular.

El primer núcleo fuerte es el trípode entre la cuestión agraria, las leyes y políticas agrarias, y la producción de rubros estratégicos. Allí hay que darle vida a tres indicadores, el primero sobre justicia social en la tenencia, uso de la tierra y organización social para la producción; el segundo sobre las percepciones del Poder Popular sobre el valor político de las leyes y políticas de Estado en materia agroalimentaria y el tercero, establecer la contribución nacional de un rubro determinado, al total necesario para satisfacer demandas energéticas o proteicas. Este mide la brecha entre necesidad nacional y la capacidad interna de satisfacerla. En el caso venezolano, el maíz, entre otros rubros, debe ser cuantificado de manera que todo el país sepa de nuestra brecha y como la mejoramos en el tiempo. Venezuela es muy vulnerable a un golpe maicero promovido desde los aliados imperiales. Por otra parte, el arroz puede medirse igual y ser un excelente componente para el relacionamiento internacional con países con alto consumo per cápita del cereal. Algunos investigadores en el pasado han sugerido utilizar la sustitución que del trigo se puede hacer con cereales de producción nacional. También, es posible que se requiera un indicador asociado a dependencia tecnológica en la agricultura.

Un segundo grupo de indicadores está concentrado en el consumo de alimentos que es una relación Pueblo-Pueblo. Estamos claros en el esfuerzo gubernamental por facilitar el acceso a los alimentos; sin embargo, la tasa de inflación en estos es de las más altas en el país. La inflación en alimentos puede ser una medida importante en la relación Pueblo-Pueblo. Si esta relación logra desmoronar el sentido de mercancía de los alimentos, es posible colocar la inflación en un dígito, con las coyunturas estacionales manejadas desde la planificación participativa. Si en vez de esconder las cifras las mantenemos en la conciencia del pueblo, el trabajo de armonizar esas relaciones pueblo-Pueblo, será mejor.

Un tercer grupo de indicadores está relacionado con el grado de diversificación que Venezuela tiene en el mercado internacional para suplir las fallas en producción alimentaria. Un cuarto grupo debe estar relacionado con el índice de felicidad social que se logra con el mejor desempeño de la agricultura, un quinto grupo debe responder a la transformación del modelo productivo midiendo la brecha entre la demanda nacional de insumos para la agricultura convencional y la producción nacional de bioinsumos para el modelo de producción agroecológica.

El ejercicio hay que hacerlo, porque es una expresión de conciencia revolucionaria sobre la eficiencia del Estado para solucionar las brechas en materia agroalimentaria. La metódica para hacerlo es pan comido, en el gobierno y entre los aliados políticos existen esas capacidades. Hay que comenzar, so pena de seguir hablando pistoladas cada vez que producimos unas espurias ramas de cilantro.

Está más que repetido que la seguridad alimentaria puede lograrse transfiriendo recursos de la renta petrolera a países y empresas multinacionales con capacidad exportadora de alimentos; pero, hay cierta proporcionalidad entre la magnitud de esos gastos con la vulnerabilidad política y la dependencia alimentaria que genera. Es falso de toda falsedad que la decisión de importar alimentos y decidir su origen nos da soberanía, cuando en realidad nos da sobrevivencia y estabilidad circunstancial.

Los avances de la revolución en soberanía alimentaria se pueden medir, solo que antes también debemos saber a dónde queremos llegar.

mmora170@yahoo.com


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Miguel Mora Alviárez

Profesor Titular Jubilado de la UNESR, Asesor Agrícola, ex-asesor de la UBV. Durante más de 15 años estuvo encargado de la Cátedra de Geopolítica Alimentaria, en la UNESR.

 mmora170@yahoo.com

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