Los progresistas son un componente importante de nuestras tribus políticas. Según la Enciclopedia libre Wikipedia, los conceptos de progresista y progresismo nacieron, en el contexto de la Revolución Liberal del siglo XIX, para designar a los partidarios de la idea de progreso, el cambio social y las transformaciones económicas, políticas e intelectuales, frente a los partidarios del mantenimiento del orden existente (tanto los reaccionarios partidarios de la vuelta al Antiguo Régimen, como los conservadores o moderados partidarios de distintas formas de compromiso lampedusiano entre lo viejo y lo nuevo).
Mientras que el término opuesto a reaccionario es revolucionario, el término habitualmente contrapuesto a progresista es conservador. En cuanto a la relación entre los conceptos revolucionario y progresista, si bien eran plenamente identificables en la primera mitad del siglo XIX, fueron alejándose a medida que se imponía la Revolución industrial, el capitalismo y la sociedad de clases presidida por la burguesía (revolución burguesa). De hecho, a partir de la revolución de 1848, en que se define con claridad la nueva oposición social entre burguesía y proletariado (organizado en el movimiento obrero), los antiguos progresistas van dejando de ser revolucionarios para identificarse con el término reformista (www.wikipedia.org).
En la actualidad, lo que se entiende por progresismo en Estados Unidos, Europa y Latino América no es exactamente igual. Como en particular se señala que el grado de progresismo latinoamericano varía de manera importante: desde la versión más tímida y conciliadora de la concertación chilena, hasta la aparentemente más radical del chavismo bolivariano en Venezuela.
En términos generales, se considera que el progresismo, junto a las ideas de cambio, progreso y modernidad, sin dudas contribuyó en los siglos XIX y XX a la evolución política, social y económica de la humanidad. Sin embargo, hoy también es considerado por muchos de sus críticos más radicales como un invento, una idea falsa, o por lo menos como una vía incierta y agotada un sus fundamentos y propuestas.
Por ejemplo, desde sectores de la ultra-derecha se atribuye el concepto de progresismo como parte de las cavernas ideológicas de la propia izquierda, de donde supuestamente habrían sacado la marca o el nombre con el que han rebautizado su ideología (Véase: Edurme Uriarte en http://librosgratis.net/book/desmontando-el-progresismo-86560.html). Y esto gracias a la inmensa capacidad que tendría la izquierda para manipular el lenguaje poniendo en circulación ciertas palabras-mito (Véase: Francisco Rodríguez Barragán en http://www.conoze.com/doc.php?doc=7613). Así, pues, como sucede en muchos otros temas, para la derecha el progresismo no sería un asunto de realidades histórico-sociales, sino de simple propaganda.
Por otro lado, desde sectores de la izquierda radical se señala que el progresismo encierra postulados inciertos o ambiguos. En el caso de los gobiernos progresistas latinoamericanos, por ejemplo, James Petras afirma que estos han mantenido un doble discurso de múltiples caras: Entre otras cosas, una retórica antiimperialista, nacionalista y populista de consumo interno, al mismo tiempo que ponen en práctica una política de fomento y expansión del papel del capital extractivo extranjero en iniciativas conjuntas con el Estado y una creciente burguesía nacional nueva. Los gobiernos progresistas, además, articulan una narración de socialismo y democracia participativa pero, en la práctica, desarrollan políticas que vinculan el desarrollo a la concentración y centralización del capital y el poder ejecutivo (Para una mayor información véase su artículo en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=149207).
En fin, a pesar de que algunos autores señalan tanto diferencias como semejanzas estructurales entre los gobiernos progresistas y los gobiernos neoliberales del pasado, es indudable que el progresismo resulta una opción mucho más sana y democrática que las dictaduras de los gobiernos gorilas y neoliberales a los que han remplazado. Sin embargo, igual se debe reconocer que sus tesis y prácticas, aunque bien intencionadas, también resultan ser inciertas. Pues hablando metafóricamente - tal parece que los progresistas intentan conducir sus gobiernos con un pie en el acelerador y otro en el freno simultáneamente, lo que no garantiza una marcha sin pausas hacia el futuro deseado, como tampoco se alejan lo suficiente de la posibilidad de retorno al antiguo estado.
Por: Augusto Lapp Murga