Bolívar, el hombre de las dificultades

Una década tardé en leer minuciosamente los libros de don Rufino Blanco Fombona, incluidos sus diarios y sus estudios sobre el pensamiento de Simón Bolívar (Bolívar pintado por sí mismo, Bolívar y la guerra a muerte y El espíritu de Bolívar) para escribir mi novela Fombona, rugido de tigre, publicada en 2006, luego de resultar ganadora en el Premio Nacional de Novela “Plácido José Chacón” de Cantaura. Me interesé, fundamentalmente, en los aspectos psicológicos que guiaron la personalidad combativa de Blanco-Fombona y dediqué un capítulo a su visión de Simón Bolívar. Repasando su Diario por enésima vez quiero compartir con los amigos lectores las palabras que él escribiera sobre Bolívar aquel 29 de marzo de 1906 mientras se encontraba preso en Caracas:

“29 de marzo. Mientras más estudio a Bolívar, mayor me parece este hombre extraordinario. El Libertador es grande, sobre todo al través de sus detractores. Es necesario penetrarse del estado social de América en tiempos de la Emancipación, para comprender la obra política y militar de Bolívar. Y es necesario que hayan transcurrido cien años casi para comprender algunos de sus proyectos, como el de convocar un Congreso de Naciones en Panamá, proyecto tan combatido entonces –el día siguiente de Ayacucho— por considerársele, con suspicacia fuera de lugar, expediente de Bolívar para coronarse Emperador de América.

A Bolívar no se le puede comparar con Washington porque Bolívar es un genio, mientras que Washington no fue sino un grande hombre; ni con Bonaparte, porque la obra bolivariana subsiste, mientras que la de Bonaparte ha desaparecido; sobre que Napoleón fue el general de un gobierno con ejércitos, con dinero, con tradiciones, con gloria, mientras que Bolívar lo creó todo: pueblo, ejércitos, opinión, medios de subsistencia, y amor de la gloria. Ni con San Martín, el otro capitán de Suramérica, porque San Martín no fue sino un general, un gran general, mientras que Bolívar fue un Caudillo continental, un legislador, un tribuno, un escritor, un genio político. San Martín puede compararse más bien con Sucre y con Washington, a quienes iguala en desprendimiento patriótico. Con Bolívar no. Hay desemejanzas de temperamento: San Martín era severo, frío y Bolívar arrebatado y elocuente: desemejanza de educación: San Martín se levantó en los cuarteles y Bolívar en los salones; desemejanza de tendencias políticas: San Martín, servidor del absolutismo de Carlos IV, era conservador y monarquista, Bolívar liberal y republicano; desemejanza de cultura: San Martín ignoraba hasta la ortografía, mientras que Bolívar era un pensador, un artista dela palabra escrita y de la palabra hablada.

Con Washington la diferencia es también grande. Washington nace pobre y muere rico. Bolívar nace rico y, en servicio de América, se arruina. Washington, en vida, no da libertad a ninguno de sus esclavos negros. Bolívar en una sola de sus haciendas patrimoniales, otorga la libertad a 1.000 negros que valen 300.000 dólares.

Ni Washington ni San Martín columbran el futuro; Bolívar lo predecía, no por don profético sino por inducciones e intuiciones geniales. Nadie, ni Bonaparte, tuvo en el grado que él en don de seducir a los hombres aisladamente y, colectivamente, a las multitudes. Bonaparte carecía también del desprendimiento caballeresco del gran caballero español Simón Bolívar. Washington es el más grande hombre mediocre. No le quita una hora de sueño lo que pasa más allá de sus patrias fronteras, predica a su país el aislamiento indiferente que él deseaba para sí mismo, satisfecho de haber realizado una empresa magnífica, y suspira por el sillón de su cuarto, por su biblia, su pipa y su mujer.

A Bolívar lo devoró la inquietud de la libertad y de la humanidad. Nada humano le fue indiferente. Aun las generaciones más remotas del porvenir americano le preocupaban. “Mis dolores existen en los días futuros”, escribió. Soñó con llevar la independencia a Filipinas y la República a España. Otros hombres le fueron superiores por aspectos determinados: Napoleón en armas, Washington, Sucre y San Martín en voluntad para alejarse del Poder; pero en genio global, en superhombría no le cede a ninguno. Ninguno vio tan hondo en el porvenir como él; ninguno se sobrepuso a tantas deficiencias, como él; ninguno tuvo su inspiración ardiente en medio de las dificultades. “Usted es el hombre de la guerra –le dijo a Sucre—, yo soy el hombre de las dificultades”. Fue Colón, Pizarro e Isabel la Católica, todo en uno. Fue, todo en uno, Bonaparte y la Convención.

Tuvo defectos, como que era de carne y hueso. Goethe decía de Bolívar que para ser el hombre perfecto no le faltaban ni algunas flaquezas humanas. Puesto entre los varones de Plutarco, sería quizás el mayor de todos. Así lo reconocerá la posteridad cuando estudie mejor a Simón Bolívar”.

Y así termina esta página esclarecedora de su Diario, Rufino Blanco Fombona, un venezolano brillante perdido en el tiempo. Esas, sus palabras de 1906, tienen absoluta vigencia y verdad. Hay que buscar a Bolívar en el corazón de la historia y hacerlo más nuestro cada día.

elpoetajotape@gmail.com


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José Pérez

Profesor Universitario. Investigador, poeta y narrador. Licenciado en Letras. Doctor en Filología Hispánica. Columnista de opinión y articulista de prensa desde 1983. Autor de los libros Cosmovisión del somari, Pájaro de mar por tiera, Como ojo de pez, En canto de Guanipa, Páginas de abordo, Fombona rugido de tigre, entre otros. Galardonado en 14 certámenes literarios.

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