¡Dictadura!

Amaneció Venezuela sin Revolución. Los facinerosos escuálidos habían tumbado a Maduro y en el país reinaba el caos. Mientras tanto todas las estaciones de la televisión privada transmitían comiquitas y en la radio colocaban música sacra. Sintonizo TVO, el canal donde modero Buenos días Oriente, en Puerto La Cruz y observo en pantalla al Gobernador de Anzoátegui, Aristóbulo Isturiz con y a los alcaldes Magglio Ordoñez, de Sotillo; Guillermo Martínez, de Barcelona; Marcos Ramos, de Anaco; Jesús Figuera, de El Tigre y Jonathan Marín, de Guanta y los directivos del canal. Pensé en mis compañeros de trabajo mañaneros.
Es la mañana de un lunes cualquiera. Me dispongo a ir a TVO. Me despido de mi esposa y arrancó con mi auto. Son las las 6 de la mañana. Aún en mi barrio Brisas del Mar la gente duerme. La vaina luce más menos tranquila; pero me extrañó que el kiosco de los periódicos estuviera cerrado. Paso raudo por la Av. Cumanagoto, luego tomo la avenida del “Pedro María Freites”. Y observo que hay tanques de guerra en la entrada principal del cuartel. Hecho el loco tiro un ojo hacía adentro y veo a mucha gente vestida de civil y uniformada tirada boca abajo en el piso. Seguidamente tomo la Av. Country Club para luego empalmar con la Av. Intercomunal, rumbo a Puerto La Cruz. El PSUV, de Cocolandia, está cerrado y hay militares al frente. El tráfico automotor fluye tranquillo. Pero el rostro de los conductores y de los pasajeros muestra un rictus de miedo, de desasosiego.
De pronto en la radio anuncian una transmisión en cadena: “Venezolanos, Venezolanas, les habla el empresario Lorenzo Mendoza, Presidente encargado de Venezuela. A continuación ordenamos un toque de queda todo el día, comenzando a las 7 PM y les anunciamos la suspensión indefinida de todas las garantías constitucionales hasta que el país recobre su habitual normalidad... Asimismo informamos que no respondemos por la vida de personas que vemos quien veamos en la calle. Igualmente informamos que el Presidente Maduro, todo su gabinete y escoltas serán sepultados en una fosa común sin ningún tipo de protocolo. No se conoce el nombre del cementerio”. Fin de la cadena.
Mientras me desplazo en mi auto pienso en mis dos hijos que están en Margarita y en mi esposa que se quedó sola en casa. Llamo a mis hijos. Están tranquilos en casa de sus abuelos Chiche y Celinda. Les aconsejo que no salgan a la calle porque es muy peligroso. Llamó a mi esposa y le pido tranquilidad. Pero que se arme con la gomera que está en la alacena.
Estando cerca de TVO me llama el Presidente del canal William Galvis: “Américo si vienes para acá. Mejor no lo hagas. Regresa y vete a la casa del PSUV. Allí están varios camaradas atrincherados. Nosotros aquí en TVO también nos atrincheramos y estamos armados hasta los dientes. Vienen momentos muy difíciles y tormentosos. Anda con mucho cuidado. Monta tu pistola”.
Ya son las doce del día. Y la situación sigue confusa y enredada. No hay forma de enterarse. La televisión pasa pura comiquita y la radio música sacra.
Llego al PSUV de La Toja y observo que está echando candela. Un buhonero del barrio que me conoce me dice: “Américo escóndete que te van a matar. Hace ratico le echaron plomo al partido y mataron un gentío. Esa gente anda como loca. “¿Qué pasa con el CORE 7?, le pregunto. “También lo quemaron y mataron un pocote de militares. El Pensil está tomado y no hay forma de cruzar el barrio. No vayas para allá”.
Veo en el tablero de mi vehículo que se me acaba la gasolina. Voy por combustible a la gasolinera de la calle Sucre, de Puerto La Cruz y cuando me bajo del carro para entregarle la llave del auto al bombero me dan un culatazo en la frente y caigo en el piso. Un facineroso se mete en mi carro y lo saca de la gasolinera para luego quemaron. Cuando me despierto estoy preso y con un concierto de huesos rotos y magulladuras en mi cuerpo. Estoy tirado en el pavimento de un asqueroso calabozo. Siento algo viscoso en mi cara. Me toco y es sangre echa costra. No tengo reloj ni celular. Los coñoemadres golpistas me lo habían robado. Pregunto la hora al Recorrida y me dice que son las cuatro de la madrugada. Y me dice que vienen por mí a las cinco de la mañana. También me dice que bombardearon a TVO y todos murieron. La misma ratapelúa me informa que mis hijos y mi esposa están muertos. Ante semejante cuadro pego un grito de dolor y de arrechera. Y es entonces cuando oigo la voz de mi mujer: “Américo las pesadillas dan de madrugada y apenas son las tres de la tarde de un sábado muy cálido y muy sabroso. Coge mínimo”.
Le di un besote a mi esposa y di gracias a Dios porque todo fue un terrible sueño”.



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Américo Hernández


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