José Gregorio sin palanca

Deberíamos tener un poquito más de respeto por José Gregorio Hernández y dejar de estar jalándole al Vaticano para que le confiera santidad al querido médico venezolano. Ya sabemos que, para entrar en esa élite, no solo hay que tener una buena palanca, sino haber vestido un hábito. Una bata blanca no está entre los atuendos santos.

Fastidia que Maduro haya ido a pedirle al papa Francisco que le pusiera su aureola a José Gregorio. Él no necesita eso y menos aun cuando la susodicha bendición se la daría una entidad que dice que Juan Pablo II, el pontífice más cuestionado de los últimos tiempos por su directa injerencia en asuntos políticos internacionales; por haberse hecho el loco frente a las guerras que emprendió el imperio; que dejó pasar los escándalos de la pederastia, el mayor de ellos encabezado por el cura mexicano Marcial Maciel, fundador de Los Legionarios de Cristo; que regañó a Ernesto Cardenal por ser "de izquierda"; y a quien se acusaba de haber colaborado con fuerzas nazis en su juventud, merece obtener un papado "express". Demasiada prisa por vestir de santidad a alguien sobre cuya gestión recaen tan siniestras dudas.

A los venezolanos no nos importa que los demás reconozcan o no a José Gregorio. Con que lo creamos nosotros basta y sobra. Total, la comunicación con Dios no requiere de intermediarios, todos la podemos disfrutar a nuestra manera. No hay seres humanos con autoridad moral suficiente para calificar quiénes son divinos o no. Semejante facultad no se la puede arrogar un prelado que llegó allí después de que al anterior se le enfrió el guarapo, acosado por los escándalos.

Dejemos de una vez la tontería de pensar que porque Francisco I es argentino, es un paisano nuestro-americano y por eso le debe dar un empujoncito al siervo criollo. Probablemente no haya nada más lejos de las intenciones de las sotanas vaticanas que darle ese gustazo a un gobierno chavista. Los altares venezolanos están llenos de imágenes, conjugadas en un sincretismo muy particular, en el que cada quien pone a hacer milagros a quien mejor le cae. Dejémoslo así, porque la fe es un estímulo que viene del espíritu y para ejercerlo no necesitamos permiso de nadie.


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Mariadela Linares


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