Me pasó en un casa por casa con un supuesto “ex chavista”

Yo también he salido por allí a hacer gobierno de calle. Y he ido recordando que Bolívar no tuvo pueblo, mientras que Chávez sí tuvo la infinita fortuna de contar con millones que lo defendieran, pueblo que aún está dispuesto a dar la vida por sus ideales.

¿Y ahora qué?

Esta segunda fase de la revolución bolivariana es crucial.

Nos encontramos en Venezuela con algunos pueblos deprimidos todavía que es parte del rosario inmediato de dolores, a nuestros ojos, luego de siglos de vil servidumbre. ¿Cuántos esclavos amenazantes que nos ven con ira porque suspiran recobrar gozosos, sus antiguas cadenas, las que les destrozó Chávez?

Esclavos (no es ninguna ofensa porque se trata de algo mental que muchos llevamos dentro) que en sus casas nos atienden con la foto de Capriles en la sala de recibo en una vivienda que hace poco le fue entregada por la revolución, totalmente equipada.

Se sienten desnudos sin sus cadenas; cadenas muy visibles que resaltan en jóvenes con unos coloreados brazaletes que llevan el nombre del Majunche. Viéndoles recordé que hubo esclavos que lamían las marcas de sus herrajes y se regodeaban en ellas, cuando seguían a su taita Boves. Hubo en aquella época esclavos que en grandes multitudes se rebelaron contra Miranda en 1812, y gritaron furiosamente ¡Viva Fernando VII!

Son los mismos que me dan la mano teniendo ante sí, la foto agresiva allí de un miembro de la alta alcurnia de la burguesía asesina. Siento que cumplo con el deber de empezar el casa por casa, pero no puedo de dejar de pensar en Bolívar y entonces comprender como él, que nuestros enemigos son también nuestros hermanos, los pobres, los negros, los indios, los humillados, los pateados y escupidos, que suspiran, insisto, allí echados como están, por sus antiguas cadenas. Pienso como el Libertador que estos hermanos serían incluso hasta capaces de unirse a la derecha tomando las armas para restituirle a los tiranos el cetro de la IV república bajo la cual ellos gemían.

En ese instante miro hacia muchos lados y se reproduce ante mí el tétrico cuadro también de muchos esclavos blancos, algunos de ojos claros, que son de la clase media, cuyas hediondas cadenas apestan mucho más, y que a fin de cuentas vienen a resultar idénticas a la de estos compatriotas mulatos que adoran al becerro de oro de Capriles.
Asediados. Para nuestra humillación, porque nos sentimos horriblemente ofendidos y desgraciados, le pregunto a este hermano:

- ¿Por qué te gustan las cadenas?
- Bueno si tú lo llamas cadenas te diré que ellas me ahorran andar pensando demasiado. No me interesa atormentarme por nada. No quiero problemas con nadie. No me interesa la política. Yo quiero ser feliz.
- ¿Pero te das cuenta que con esa pancarta allí estás tomando partido?
- No sé quién la puso allí.
- Pero tú no dices nada. Tú lo aceptas. ¿Permitirías que yo colocara allí una foto de Maduro o de Bolívar?
- Como te digo, no quiero problemas con nadie.
- ¿Tú sabes quién fue el Hombre de las Adversidades?
- No. No sé nada de eso.
- Te interesa que te lo cuente, para que discutamos un poco sobre el punto de que el hombre en este mundo para alcanzar la felicidad primero tiene que pasar por un largo período de prueba y de dolores, y que nada se logra sin sacrificios, sin esfuerzos y sin lucha. ¿Me lo permites? Hay toda una historia detrás de nosotros. No estamos aquí de la nada, hermano. Tú eres un hombre pobre, reconócete. Tienes primero que reconocer dónde estás parado. Ver claramente la gente que te rodea, la que te necesita, la que te quiere. Dame la mano. Bueno, hubo un tiempo, en la guerra de Independencia, en los primeros años, los que van de 1812 a 1815, en los que multitud de compatriotas se encontraron prestando servicio bajo las banderas de los criminales invasores de nuestro país.

Fueron, dijo Bolívar, odiosos instrumentos de nuestros malvados enemigos. Esos hermanos tomaron las armas contra sus libertadores, y después de mucha sangre y destrucción reconocieron sus errores. Hasta que nuestros hermanos no comprendieron ese error, los realistas nos fueron destrozando en casi todas partes. El ejército realista en la América Latina alcanzó a tener 95.578 hombres de los cuales sólo 23.400 eran españoles. Pero poco a poco fuimos entendiendo que no podíamos estar luchando contra nosotros mismos y eso se lo pudo hacer comprender al pueblo el Libertador. Cuando lo comprendimos todo cambió. Se logró la libertad plena de la América del Sur en 1825. Fue muy duro.

- ¿Y luego que pasó?

- Ah, allí vienen la parte más dura y difícil de esta larga batalla. Nos pusimos a luchar hermanos contra hermanos. Ya no estaban los españoles, pero quedaron sus fórmulas para intrigar, dividir, asesinar. Nos dividimos. Perdimos nuestro centro, y perdimos la sagrada independencia. Volvimos a las cadenas, porque tuvimos ciento ochenta años teniéndole miedo a pensar, es decir, a ser nosotros mismos. Fue cuando perdimos nuestra estima, nuestro sentido del valor de hombres libres. Puede que tú no quieras abrir los ojos a esta realidad, pero por eso no te va a ir mejor. Por allí no va lo de la felicidad. La muerte te acecha por todas partes cuando cierras los ojos y dejas que otros decidas por ti, y que el mundo poco a poco te vaya asfixiando. No hay otro camino que dar la cara cueste lo que cueste. No te podrás ocultar en ninguna parte porque la vida con sus conflictos te buscará donde te metas.

Mejor es salir a dar la batalla que rehuir la lucha. Ese es el destino del hombre. No hay otra. Venezuela nos llama a defenderla, tú no puedes dejar de ser parte de ella.
- Me está usted inquietando. Me está usted metiendo en problemas, pero es así, los problemas llegan sin que uno los busque. Bueno, ya estoy pensando en algo, a lo mejor es lo que me hacía falta. Ahora por lo menos deme las armas.


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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