El viento helado de anoche, Comandante

Corría una brisa helada anoche, Comandante, y me hundí en los mil recuerdos de los siglos en los que usted fue acerado.
Cuando usted hablaba oí un niño recién nacido que lloraba. No sé si estuvo a mi lado el niño o si fue un lloro que llegaba con las ráfagas de ese viento helado.

Nada es más fuerte que un hombre o una mujer enamorado, amigo presidente.
Usted podrá despojarse de todos sus títulos; ellos no le hacen falta. Pero no podrá quitarse jamás de lo suyo que ya nos pertenece y es la esencia de nuestros espíritu.

Usted se ha hecho eterno e invencible; cuántas batallas le quedan por dar todavía, Comandante; por su amor a la patria nosotros también ya somos invencibles; por su entrega incansable a las necesidades de los pobres, por sus ideas y valores de hermandad latinoamericana, por su entereza en su denodada marcha por darnos un destino: el socialismo.
Nada es más fuerte que un hombre o una mujer compenetrado con un glorioso y noble destino.

Chávez se hizo nuestro corazón y nuestro destino.

Aquí no había nada antes. Cada cual andaba a la deriva: sin ninguna autoestima, sin un sólo recuerdo maravilloso sobre las gesta de nuestros padres fundadores. No éramos nada en el mundo, y vagamos desamparados sin historia, sin hermanos ni amigos, sin una tierra a la cual amar, sin sueños, sin alma ni amor hacia nada.

Y él tuvo que hundirse en los más horrorosos abismos, en los infiernos más devastadores, rozar una y mil veces la muerte para traernos el fuego sagrado con el que nos ha elevado a los dones más preciados; él consiguió sacarnos del más penoso y miserable de los marasmos.

Él nos trajo de esos infiernos el fuego sagrado con el que luego incendió aquella vieja y enclenque Venezuela, y de ella hemos surgido todos; hemos descubierto todos estos batallones de amor, de esperanza y orgullo por lo que hacemos y por el rumbo hacia el socialismo.

De ese infierno vino y pudo dotarnos de una fuerza redentora, y nos puso a andar después que éramos de los muertos más muertos del continente.

Su legado es hoy infinito.

Su coraje, su desafío ante aquel mar de denigrantes temores, ya ha penetrado en nosotros y nos corresponde ahora tomar la espada, la adarga que nos entrega para continuar la marcha.

Cada uno debemos convertirnos en otro Chávez.

En millones de Chávez.

Porque esa savia ahora es algo de lo cual no podremos desprendernos. Es ya parte de nuestra más profunda y definitiva identidad.

¿Y quién ahora podría osar detener este huracán de conciencia SOLIDARIA, de grandes y nobles proyectos continentales en una marcha sin pausa hacia la gran consolidación de la Patria Grande?

Anoche caló el frío en el alma y hubo un silencio aterido de dolores, que nos recordó la voz de Bolívar en los campos de batalla. De los cimientos de nuestra historia patria brotaron ríos de insondables preguntas, volcanes de fuego bolivariano, porque otra vez Bolívar llamándonos desde el horizonte infinito de la Patria Grande.

Cada cual entregado a sus pensamientos y en el corazón ese pueblo glorioso que le dio el triunfo el pasado 7 de octubre. El líder asumiendo su papel de estratega fundamental, delineando los pasos a seguir, colocando la verdad de fuego entre sus manos. Porque él tiene demasiada fuerza como para rehusar decir las verdades más terribles, y eso es también lo que tenemos que aprender de ti, Comandante.

Él no está solo. Ninguno de nosotros está solo. Saldremos al frente de los grandes desafíos: el nos indicó el rumbo, y sabremos ser en cualquier hora como aquel soldado que en el San Carlos entendió que se había hecho pueblo.

YA ÉL HA ENCARNADO EN NUESTROS CORAZONES: ÉL Y NOSOTROS UNO SOLO SER, UN SOLO HOMBRE

jsantroz@gmail.com


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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