(Estudios sobre la activación de las glándulas salivales de los perros rabiosos de la MUD)

Cómo fue que descubrí que soy un encantador de perros rabiosos

Partía yo para Maiquetía (vía Maturín), y me encontré al principio con un ambiente apacible en el aeropuerto de El Vigía.

Poco a poco el enjambre de hombres con maletas y niños congestionaron el lugar, y fueron apareciendo toda clase de emperifollados señores y damas distinguidas que con amenas chácharas disfrutaban anticipadamente del “agradable vuelo” (como siempre nos tratan de engañar las bellas aeromozas).

Tendría unos quince minutos avanzando lentamente en aquella larga cola de comedidos viajeros, cuando oí repentinamente alaridos como los de un orangután en pleno tormentoso orgasmo; el animal gruñía: “¡Rata! ¡Lo llamaron raaaata! El diputado Miguel Ángel se dejó de pendejadas y le gritó: raaaata.”  

Era evidente que los perros rabiosos de Globovisión salían temprano a ladrar y a dar dentelladas a los sencillos ciudadanos que salen a cumplir con sus faenas diarias. Estos perros rabiosos de Pavlov suscitan estallidos en otros similares en cuanto comienzan con sus furiosos ladridos.

Volteé para apreciar mejor a aquel perruno gorila, bejuco en mano, y vi  que se trataba de un tipo joven alto, blanco, con finos lentes oscuros encajados en su cabeza; de unos treinta años, con muecas protuberantes que se le marcaban como enormes incógnitas en sus labios.

Al confrontar mi mirada, me analizó con sus glándulas salivales para ver si era de su misma camada y con sus ojillos zafios me invitó al jolgorio antichavista que con sus ladridos formaba.

Ese simple intercambio de miradas le bastó para enterarse que yo me negaba a integrar su manada y comparsa. A mi lado venía yo departiendo con una simpática señora, de espléndida figura y apacible rostro, con la que conversaba sobre las frecuentes y pavorosas lluvias que están cayendo en todo el Estado Mérida.

El loco de atrás seguía con sus gritos atroces contra el gobierno y yo hacía lo imposible por mantenerme indiferente a sus alaridos. Repentinamente mi apreciable acompañante comenzó a salivar y poco a poco se fue dejando llevar por los morbosos ladridos de atroces infundios que el padrote de la manada lanzaba contra el Presidente Chávez. Pronto vi a la serena dama convertirse en una loba bestial que se dedicó a complementar los desquiciados comentarios de su par cancerbero.

Entonces la jarana de los ladridos de perros y perras rabiosos colmaban todo el amplio espacio del aeropuerto.

El día anterior se había discutido en la Asamblea Nacional el caso del narco-magistrado Aponte Aponte.

Podencos de distintas razas, cachorros, criollos y con alto pedigrí, vueltos todos unos badulaques proferían insultos y maldiciones de todos los calibres y tamaños contra el gobierno bolivariano. La manada se crecía en sus alardes proféticos: “Todo el mundo está arrecho con este gobierno que destruiremos el 7 de octubre. Qué bolas: ponerse a hacer una cadena para jugar bolas criollas. Por eso está caído. Pero qué bueno fue ese momento cuando Miguel Ángel le dijo raaaaaataaaaa! Hasta cuándo. Imagínate esa vaina que uno no puede criticar este gobierno porque inmediatamente te amenazan, te persiguen, te acosan, te destruyen…”.

El tumulto alrededor del connotado escuálido amenazaba con desbordarse a la avenida, y las befas temblorosas, echando espuma, se dilataban con formas de bestias apocalípticas.

Entonces decidí hablar:

- Yo les aseguro que ustedes son uno de los que se estaban divirtiendo el domingo pasado con los males del Presidente. Yo estoy seguro y no necesito probárselo que ustedes se regodeaban con los anuncios que corrían por twitter de que Chávez se estaba muriendo. Ustedes y todos montan este circo celebraban su muerte y me parece justo además de necesario que contra esos odios ustedes reciban ese mortal boche que ayer el Presidente les ha metido.  

Todo esto lo dije profundamente sereno.

Se acabó la vaina, no hubo más gritos, se aplacaron los ladridos y las jaranas y el bobo de las grotescas salvajadas se desinfló todo con sus babas y boberías.

Moraleja: todos los chavistas tenemos que ser un poco como encantadores de perros rabiosos.

jsantroz@gmail.com



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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