Alcabalas de oposición

¿Hasta cuándo, burguesía, abusarás de nuestra paciencia? ¿No te bastó con explotar, robar, asesinar y mantenernos en el atraso durante 200 años? ¿No te bastó derrocar a nuestro primer Presidente, pisotear la Constitución e instalar una, afortunadamente para ti, brevísima dictadura? ¿No te fue suficiente sabotear la industria petrolera? ¿No te saciaron tus últimos 300 asesinatos políticos?  Ahora pretendes, colmo del cinismo, culparnos de tus viejos crímenes y arrojarnos tu inmundicia a la cara. ¿Tú, hablando de violencia? ¿Tú hablando de contaminación? ¿Tú, burguesía, hablando de alcabalas?

UNA ALCABALA

Corrían los años 60 cuando mi madre, que trabajaba en el Instituto Agrario Nacional (IAN), regresó de uno de sus viajes a los asentamientos campesinos. Traía una historia de alcabala. Viajaban de noche por una carretera de tierra en el Volkswagen blanco con siglas del IAN que manejaba el bien recordado Rafael Bolívar, y de repente, sin aviso, apareció de la nada una cadena que cortaba la vía. ¡Frena, Bolívar! Y se detuvieron, alcanzados por el polvo, a dos metros de la cadena oxidada. Su primer pensamiento fue que se habían extraviado y estaban ante el portón de una hacienda. Entonces una luz los encandiló y les gritaron órdenes de no moverse; de las sombras del monte salieron, terrosos e indistintos, soldados en traje de campaña, cada uno con su nube de zancudos. “¡Cédula y papeles del vehículo! ¿Hacia dónde se dirigen?” Una alcabala. Una vez identificados como empleados del gobierno y mientras revisaban el vehículo, mi madre les dijo que esa cadena oxidada no se veía, que era un peligro, iban a terminar matando a alguien que no frenara a tiempo. Pidió hablar con el oficial a cargo pero lo único que obtuvo fue un “Señora, nosotros cumplimos órdenes”. Hasta aquí otra historia de alcabala, pero a la semana apareció en la prensa que el oficial a cargo de aquella zona, un coronel creo, iba de noche en su carro particular, vestido de civil y acompañado de una dama. No vio la cadena, se la llevó por delante y ya estaba muerto a tiros de FAL cuando el carro se volteó en la cuneta. La dama sobrevivió, malherida. Y a la noche, en la mesa, mi madre nos cortó en seco cuando ¡bien hecho plátano jecho! intentamos burlarnos del difunto. La peor muerte es la muerte estúpida, nos dijo.

INVISIBLES

Las alcabalas eran casi invisibles porque los policías se escondían para protegerse. Uno las veía cuando ya estaba en ella y, si no las veía moría. Mi primer carro, un viejo Volkswagen negro, fue atravesado por un tiro cuando, joven reportero, buscaba noticias en una madrugada agitada de Caracas y pasé “por la esquina del viejo barrio” donde los asesinos de la DIGEPOL tenían su alcabala. ¡Párate! Pánico, acelerón, zigzagueo y tiros. La peor muerte es la muerte estúpida.

MUCHAS ALCABALAS

De tantos y tantos casos recuerdo a la familia con numerosos niños masacrada en la Cota Mil de Caracas por “negarse a acatar (no escuchar) la voz de alto”; el ciudadano francés que, una vez parado, tuvo la mala idea de bajar la mano para buscar la cartera, los jóvenes imprudentes que manejaban con la radio a todo volumen; aquel que no logró frenar a tiempo o cuyo escape petardeó en mal momento; aquel cuyo carro se parecía al de los subversivos o se veía sospechoso. Hacía falta valor para subirse a un Volkswagen rojo con una calcomanía de “Ingeniería UCV”. Pero recuerdo especialmente a Tatiana, joven modelo, parrillera en una moto, asesinada por la espalda al no detenerse en una inesperada alcabala que la PM había montado en el Country Club. A los motociclistas del Este se unieron los motorizados del pueblo, su caravana llegó hasta el Congreso y terminó en los primeros saqueos de la vieja democracia.

Tenemos ejemplos más cercanos como el del joven enfermero que colaboraba con el Comité de Salud y la médica cubana del primer Barrio Adentro de la carretera de El Junquito. Lo paró una alcabala de la PM de Alfredo Peña, y cuando los policías vieron en sus papeles que además de chavista era musulmán, lo llevaron detrás de una casa y lo ejecutaron.

FIN DE LAS ALCABALAS

La Revolución puso fin a las alcabalas. Ya no son política de Estado sino para casos puntuales, y la tragedia de los estudiantes asesinados por policías en Barrio Kennedy precisó que aún asxi, no son licencia para matar. Pero aún hay demasiados policías, técnicos o no, formados en la política burguesa que le da derechos sobre los pobres con tal de defender a los ricos. Como quedó demostrado en Nueva York el 4 de febrero de 1999 cuando el joven deportista nigeriano Amadou Diallo, de 23 años, fue a sacar su cartera y murió bajo la lluvia de 41 balazos disparados por cuatro agentes del Departamento de Policía de Nueva York, miembros del grupo especial formado por el racista William Bratton. El mismo Bratton contratado años después por el alcalde Alfredo Peña…

¿QUÉ HA CAMBIADO?

Hoy estas muertes estúpidas son excepción, no la regla, y los militares o policías responsables son sometidos a la justicia, sin importar que la víctima sea diplomático, estudiante o garimpeiro del Cuyuní.

¿Y eres tú, burguesía, quien nos habla de alcabalas? ¿Te burlas de nosotros? No te burlarás mucho tiempo.

rothegalo@hotmail.com



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Eduardo Rothe


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