La verdad no ofende

Con la verdad ni ofendo ni temo, dijo el libertador de la República Oriental del Uruguay.

La verdad es para decirla a los cuatro vientos, así vaya a abortar malos planes de quienes sin escrúpulos, tratan de madrugar el éxito de la Revolución. Cuántas veces hemos hablado de la necesidad en que estamos de poner fin a la larga conspiración del oposicionismo y al saboteo de la quinta columna y los rojo-rojitos que desde todos los confines amenazan nuestro Proceso.

Camaradas: Tratamos de engañarnos mutuamente con palabras dichas entre dientes en la oscuridad de los rincones. Y las medias palabras sólo sirven para expresar pensamientos sin forma ni sentido, pensamientos falsos, máscaras de verdades que quedan en el fondo del espíritu avinagrando los ánimos del pueblo. ¡Qué hubiera sido de nuestra Patria con un Bolívar prudente, dedicado a disimular las palabras! ¡Si hubo independencia y libertad fue por obra de hombres y mujeres a quienes, desde los ángulos del cálculo y de la parsimonia se tuvo por cabezas calientes y lenguas sin gobierno.

Quizá ese hábito del disimulo y esa terca tendencia a miserear la verdad sean la causa más fácil del temor a pensar por sí solos que asusta a muchos, es decir, del temor a asumir una posición que no tenga en un momento dado el respaldo popular. Por ello invocamos el espíritu eterno de Bolívar como expresión de una actitud heroica que es necesario asumir en esta hora de crisis de las conciencias.

La Revolución hasta la desesperación pánica. La Revolución hasta la soledad absoluta. La Revolución la fuerza que aún viva bajo tierra sin apuntar siquiera en la yerba promisora. La Revolución que destruya, para él acto salvador, todo el sombrío cortejo de dudas a que nos han acostumbrado en los tiempos de la IV república de vivir a la defensiva, con la conciencia encuevada, puesta en alto una sospecha a modo de antena que recoja y filtre las vibraciones del imperialismo.

Necesitamos una cruzada contra el silencio. Se ha alabado, y con justicia, la virtud profunda del Libertador. Pero se trata en este caso de un silencio activo, lleno de imagines que no hacen ruido, de un silencio alargado por la gravidez que le transmiten las ideas forcejeantes en las palabras intactas. El nuestro, en cambio, es un callar calculado más que un silencio confundible con la actitud esperanzada de quienes meditan para mejor accionar. Es un silencio de disimulo, un silencio cómplice de la peor de las indiferencias. Se puede callar por prudencia en un momento de desarmonía social, cuando la palabra adquiere virtud de temeridad.

Más, cuando existe el deber de hablar, cuando el orden político no tiene para la expresión del pensamiento la amenaza de las catástrofes aniquiladoras, es más que delito ese empeño de achicar las palabras, ese propósito malévolo de destruirles su sustancia expresiva. No tendrán Patria los hombres y mujeres que ejercitan las palabras fingidas. Ella quiere voces enérgicas. Ella pide un hablar cortado y diestro, que huya del disimulo propio de los tiempos de peligro, cuando la voz del imperio acalla las voces del pueblo que las sufre.

Ese impulso solitario a la verdad y al cumplimiento del deber lo vemos expresado en el legado de Bolívar. Bien conocemos las razones que encontramos para que él sea desfigurado y nos tomen por admiradores de fatuos. Pensarán que hacemos mal en presentar como ejemplo en esta hora crucial de nuestro devenir, la memoria de Bolívar que salió en las postrimerías del siglo XIX a batir, con su espada y sobre su caballo al imperio más grande de esa época. Así lo piensan acaso muchos que, por irreflexiva indiferencia, se hacen cómplices de los especuladores y traficantes. Pero sabemos que a la hora del sacrificio hay necesidad de romper muchas cosas. Y nosotros debemos desbaratar, para una gran verdad, los muros del silencio construidos con intención permanente por quienes se empeñan en revivir la carátula de la comedia IV republicana.

Doctores del disimulo, con un pie en todas las causas, prestos siempre a pactar con quienes garanticen mayores oportunidades a sus ansias de permanencia en el disfrute de sus privilegios mal habidos, que se han hecho sordos a todo patriotismo que pensar en la verdad y la justicia. No van a la verdad, que condenan como irrespetuosa al orden social, por cuanto saben que su contacto tendría la virtud diabólica de repetir la historia: se levantarían muchas cosas y se verían otras más.

En cambio nuestra misión presente, nuestra obra de balance moral con el destino, es promover un viraje en ese tipo de navegación. Que hasta el último pasajero ayude a templar las jarcias para mejor resistir el empuje del viento en plena mar y, con rumbo valiente, no temer el momento de navegar a orza, con el rostro fatigado por la aspereza de los vientos contrarios. Situaciones que se avienen más con el idealista que con el hombre práctico y calculador, incapaz de renunciar a nada.

Venezolanos de paso:

El momento más peligroso en la vida de un gobernador o alcalde es cuando confunde la hacienda pública con la personal. Es el momento de la locura, del caos de la alienación, tanto para él como para la región o municipio que gobierna. Cundo el yo personal es invadido por el yo colectivo sufre un proceso de inflación. Y hay que tener los pies bien puestos sobre la tierra para no caer en delirio.

Cuando en 1923 vino a Venezuela un primo del rey de España, la alta burguesía caraqueña le declaró al Borbón en forma impúdica el amor que sintieron sus antepasados por la causa española y cómo fueron sacrificados por Bolívar y Arismendi en La Guayra y en Caracas. Muchos venezolanos de la clase dirigente han padecido de crónica añoranza por el Viejo Mundo, cifrando sus máximas esperanzas en hacerse de unos reales para vivir en París, como cínicamente lo anunció Antonio Guzmán Blanco, caudillo revolucionario y Gran Dictador de Venezuela.

¿Cómo transcurrieron los últimos años de Antonio Guzmán Blanco? En París, rodeado del fasto que le permitía la inmensa fortuna robada al erario de todos los venezolanos. Casó a sus hijos con miembros de la nobleza francesa y pidió ser enterrado en París donde reposaba desde 1899.

Igual ejemplo siguieron: José Antonio Páez, Lusinchi, Carlos Andrés Pérez, entre otros(as), con los reales que robaron en nuestro país se fueron a disfrutarlos a países extranjeros.

Todos los dirigentes que hemos tenido desde el 6 de mayo de 1830 al 2 de febrero de 1999, fueron unos asesinos, depredadores, grandes Ladrones y farsantes (excepción: Isaías Medina Angarita). Todo su ideario revolucionario se vino abajo apenas les sonrió la fortuna y a diferencia de lo que preconizaba César prefirieron ser los últimos en los círculos de la sociedad de esos países a donde emigraron, que los primeros en este país hermosamente desolado.

¿Por qué lo hemos permitido, por qué ?; eso es lo que todos los días le pregunto a nuestros compatriotas.

¿Merecen ser venezolanos, y en especial gobernantes quienes tácitamente se enorgullecen de robar lo de todos los venezolanos y no tener arraigos patrios? 

¡Gringos Go Home!

¡Libertad para los cinco héroes de la Humanidad!

Hasta la Victoria Siempre y Patria Socialista.

¡Venceremos! 

manueltaibo1936@gmail.com



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Manuel Taibo


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