Y la ricachona, por la Clínica Popular de Catia

El muchacho que salvó su vida por enfermarse en Cuba

Un conocido abogado adeco de Anzoátegui, anticubano y antifidelista visceral, de dilatada y exitosa trayectoria profesional como litigante, gremialista y juez – omito su nombre por ética -. Me contó un episodio donde se pone de relieve la excelencia del ejercicio de la medicina en Cuba.

Resulta que el personaje fue a Cuba para conocer de cerca lo que según él era una cagada de país. Para ello se hizo acompañar de su hijo menor, de 10 años. Pues bien. El hombre arribó un domingo de hace 15 años y se hospedó en el hotel Habana Libre. No había calentado aún el patio e bola (cama grande) de la cómoda y confortable habitación del antiguo Hilton habanero, cuando el querubín comenzó a convulsionar. Rápido lo cargó en sus brazos y bajó al lobby.

Del lobby llevaron al chamo en una camilla a la clínica del hotel donde lo atendió el médico del hotel, quien por considerar delicado el caso ordenó traslado a la clínica más cercana en una ambulancia del hotel. Mientras se dirigían a la clínica avisaban por radio a tiempo que suministraban oxígeno y suero al niño. Y el atribulado padre se desplazaba detrás de la ambulancia en un vehículo del hotel.

Tan pronto llegaron los médicos volaron para atender al muchacho. Rápido lo evaluaron utilizando modernos y sofisticados equipo de punta ordenando su ingreso a terapia intensiva. “El centro lucía impecable, limpio, higiénico y con unas enfermeras y médicos que se parecían a los del hospital del Dr. Kildare, aquella famosa serie de televisión”, contaba el padre, satisfecho y contento, por la atención prestada con tanta velocidad a su hijo.

El lunes por la tarde le dieron de alta al muchacho fuera de todo peligro, totalmente recuperado. No viene al caso especificar el tipo de malestar presentado por el pequeño paciente. Lo interesante fue lo que ocurrió después que el niño superó el percance gracias a los médicos y a la medicina cubana.

El abogado adeco, anticubano y antifidelista quiso pagar los servicios médicos y fue entonces cuando el jefe del equipo que atendió a si vástago le dijo con orgullo revolucionario y flidelista:

-“Usted no debe nada porque la medicina en Cuba es gratuita y muy especialmente si se trata de niños. Vaya usted buen hombre, tranquilo y recuerde que siempre estaremos a sus ordenes”.

-“No. Pero eso no puede ser. Ustedes me salvaron a mi hijo. Si ese muchacho se me enferma un domingo en cualquier ciudad de Venezuela como se me enfermó en el hotel Hababa Libre, de La Habana, se me muere. Yo. De cualquier manera tengo que compensar tan extraordinaria labor. Además tengo dinero suficiente como para pagar tan buen servicio. Se trata de la salvación de la vida de mi muchacho. Eso no es cualquier cosa”.

-“Entiendo buen hombre. Pero en Cuba la medicina es gratuita. Además no estamos autorizados para recibir ninguna prebenda por nuestros servicios”.

-“Okey. Muy bien. Lo entiendo perfectamente. No es permisible pagar con dinero ese servicio. Pero de alguna manera yo tengo que colaborar con el hospital. Y ustedes no pueden ser tan estrictos para no permitírmelo”.

Al final la junta médica y las autoridades administrativas del hospital acordaron que con el abogado adeco venezolano presentara una carta solicitando querer ayudar con medicinas y equipos médicos. Cosa que procedería en caso que tal petitorio fuese aprobado por el Ministro de La Salud. Por supuesto que nunca fue aprobado. Ni nunca se proceso esa carta. Sólo se trató de una evasiva elegante y diplomática para que no se interpretare como una actitud despreciativa hacía la buena intención del agradecido y empeñado padre en colaborar con la clínica cubana.

Demás esta decir que desde entonces el personaje de la anécdota se convirtió en más fidelista que el propio Fidel. Y, por supuesto, es un furibundo chavista.

TINTERO

Una señora de Lagunita Country Club, escuálida ella, madre de un galeno chavista, sufrió un patatús cuando se desplazaba en un lujoso auto en compañía de su hijo médico por la avenida Sucre, de Catia. El buen hombre, sabiendo que no le daba tiempo llevar a su progenitora a una de las famosas clínicas del Este, resolvió ingresarla a la Clínica Popular de Catia, esa que queda en el edificio donde funcionaba antes el Seguro Social. La doña fue ingresada inconsciente. Rápidamente la evaluaron y le suministraron los medicamentos respectivos. Al parecer había sufrido un ACV.

Cuando la señora volvió en sí le preguntó a su hijo: ¿Hijo y qué clínica es esta tan limpiecita, tan higiénica, con médicos y enfermeras tan bonitos y tan atentos. Te juro que no sé dónde estoy? ¿Cómo se llama esta clínica?

-“Mamá, le respondió el hijo. Usted está en la Clínica Popular de Catia. Este es uno de los tantos centros asistenciales construidos por el Presidente Chávez. Gracias a estos médicos y a estas enfermeras, a los modernos equipos y, por supuesto, a Dios, usted pudo salvar a su vida”.

- “Pues de ahora en adelante, dijo la doña, no aceptaré que nadie hable mal de Chávez”.

TINTERO II

No menciono los nombres de las personas que tienen que ver con estos dos casos porque no consulté con ellas. A lo mejor después, una vez que llueva, se los menciono.

TINTERO III

Un hospital portátil cubano enviado por Fidel a Managua para atender a las víctimas de un terremoto desatado en la capital de Nicaragua hace ya unos cuantos años no tiene nada que envidarle hoy a un hospital fijo de cualquier país del mundo.

Sin cuentos. A la medicina cubana le ronca el mambo.

americoarcadio@yahoo.com


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Américo Hernández


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