La opinión de la gente

No voy a cometer el error de despreciar la opinión de la gente sobre la realidad que perciben, aunque no coincida con mi apreciación de esa misma realidad. Es lógico encontrar que la gente tenga valoraciones incluso antagónicas de su entorno. Pero no voy tampoco a caer en el cuento de que la realidad no existe sino en nuestro cerebro o que es imposible siquiera aproximarse a conocerla. Estas controversias las resolví hace mucho tiempo, cuando estudiaba para ilustrarme filosofía y la historia de la misma. Las opiniones, como construcciones cerebrales elaboradas, son en principio generadas por la realidad, independientemente de que su percepción no sea uniforme para todos quienes la viven.

La apreciación de la realidad de los sectores populares no necesariamente es la correcta porque provenga de éstos; hace muchos años, cuando era estudiante de medicina y visitaba comunidades campesinas muy pobres, me estremecía escuchar juicios y opiniones de muchos de sus miembros, que estaban muy alejadas de la realidad en que vivían. Algunos, aquéllos que les gusta introducir dudas hasta en los juicios más evidentes, dirán que cómo estar seguro que la realidad era la que yo creía o la que creían los integrantes de estas comunidades. Concretemos el caso.

En nuestro trabajo rural era cotidiano encontrar campesinas de mediana edad con úlceras varicosas, piernas edematizadas, dolores en miembros inferiores, anemia crónica severa, que nos aseguraban sentirse bien y no tener ninguna enfermedad. Asistimos a niños poliparasitados, desnutridos, anémicos y con retardo del crecimiento, a quienes sus progenitores consideraban sanos, por lo que no se quejaban ni exigían atención médica para ellos. Tratamos pacientes con insuficiencia cardíaca, que decían sentirse bien a pesar de la disnea evidente que sufrían.

En las ciudades ocurría lo mismo. Recuerdo, luego de unas elecciones ganadas por AD, una señora de la mesa electoral donde yo actuaba como testigo, al terminar el conteo, se levantó y corrió descalza entre los ranchos de su barrio, sobre charcos de aguas negras, gritándole alegremente a sus vecinos “ganamos, ganamos”. Y yo me preguntaba: ¿Qué ganaron?

Con mis compañeros concluíamos que nuestros campesinos pobres no sabían lo que era estar bien, pues nunca lo habían estado y no podían comparar. Para ellos, la úlcera varicosa, como la hinchazón de las piernas o la anemia, eran algo natural. Habían aprendido a vivir con ellas, por lo que sólo se sentían enfermos cuando no podían realizar sus actividades cotidianas. Andar descalzos y mal vestidos era normal; que sus pequeños evacuaran lombrices también lo era. Nada de qué extrañarse, ni mucho menos preocuparse. Percibíamos distintamente la realidad, entre otras cosas porque disponíamos de distintos conocimientos para abordarla. Sin duda ninguna, la realidad era la que yo percibía, pero la de ellos los llevaba a votar siempre por AD, por lo que su consideración también era importante.

lft3003@yahoo.com



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Luis Fuenmayor Toro


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