Confieso que he jodido

Siempre he sostenido mis acciones sobre ese precepto de Nietzsche que reza: “amistad que no eleva rebaja”. Y sobre las amistades que he tenido puedo decir, parodiando a la obra de Pablo Neruda (“Confieso que he vivido”), que no solamente he vivido sino que he jodido (y que me he jodido) más que suficiente.

Cuando hacía mis estudios en California conocí al glorioso aragonés Ramón J. Sender, de los más insignes escritores de habla hispana, autor de más de cincuenta novelas y otros tantos ensayos, Premio Nacional de Literatura Española, Comandante durante la Guerra Civil (y vanamente propuesto al Nobel de Literatura). A él le pedí que fuese el padrino de mi hijo Wiston.

Llevo viviendo en Mérida unos 27 años, digamos de lucha, en medio de pasiones, de penas, dolores y amores. De nada me quejoo. Apenas me instalé en la Pedregosa Sur, comencé a hacer amistades con ciertos personajes notables, los primeros de ellos, Juan Félix Sánchez y su compañera Epifania Gil. Me fui al Tisure a conocer a estos destacados artistas.

Luego entablé amistad con Eloy Chalbaud Cardona y su hijo Carlos Chalbaud Zerpa.  

Don Eloy fue el afamado cronista de la Universidad de Los Andes, quien recogió su historia en unos doce volúmenes.

Don Eloy trabajo con el gobierno de Eleazar López Contreras y dirigió en aquella época un importante periódico. Fue amigo de Mario Briceño Iragorry y estaba emparentado con Tulio Febres Cordero y Mariano Picón Salas.

Eloy Chalbaud Zerpa murió de casi noventa años y tenía una memoria extraordinaria. Con su hijos Carlos he hecho una hermosa amistad: hemos escalado montañas, hemos intercambiado bibliotecas y hemos tenido conversaciones largas y agradables de las que han salido proyecto de libros como “El Procónsul – Vida de Rómulo Betancourt -Memorias de la degeneración de un país”. La memoria de Carlos Chalbaud es tan prodigiosa como la de su padre, comparable a la del presidente Chávez. Carlos tiene más de veinte libros publicados sobre historia y medicina.

En 1985, tuve la buena noticia de que el gran etnólogo, geólogo y expedicionario Jean Marc de Civrieux, a quien ya había conocido mientras fui profesor en la UDO, se establecía junto con su querida y genial esposa Gisela Barrios, en la Mucuy Baja (en las afueras de la ciudad de Mérida).

Jean Marc de Civrieux, entre sus muchos aportes a la ciencia venezolana, fue miembro de la expedición franco-venezolana que descubrió las cabeceras del Orinoco.

Monte Ávila le publicó a Jean Marc de Civrieux antológicos trabajos como “Religión y Magia Kari'ña”, “El hombre silvestre ante la naturaleza”, “Los Chaima del Guácharo”, “Los caribes y la conquista de la Guayana española”, “Watunna, un ciclo de creación en el Orinoco”. Watunna, por ejemplo, es un libro que se conoce más en otros países que en Venezuela.

Hemos sido profundamente injustos con la obra de Jean Marc de Civrieux, y pareciera que no la merecemos.

Jean Marc de Civrieux y Gisela Barrios son los padrinos de mi hija María Alejandra.

También por aquellos años de 1986, conocí al padre Santiago López Palacios, una de las eminencias más profundas que nos llegó de Colombia. El padre Santiago López Palacios era oriundo de Medellín, pero se enamoró de nuestra tierra. No he conocido a un hombre más sabio que este hombre: políglota, botánico, ensayista, traductor, músico, piloto de aviones, y tremendo crítico de la Iglesia. El padre Santiago López Palacios fue padrino de mi hija Adriana.

El padre Santiago escribió trabajos notables como “Escritos etnobotanicos : dictamo, afrodisiacos, plantas irritantes o alergenas, asma, mapureto o anamu, diabetes”, “Hijos de la selva”, “Verbenaceae flora de Venezuela”, “Nombres”; tradujo del alemán la obra “Y ellos no se avergonzaban” de Joachim Fernau.

Posteriormente hice amistad con el filósofo y matemático ruso Andrés Zavrostki, uno de los personajes más extraños y cultos que he conocido. Murió de más de cien años; dominaba el italiano antiguo y podría decirse que conocía de memoria la “Divina Comedia”; hablaba japonés, italiano, alemán, inglés, francés. Hizo una película sobre la cuarta dimensión y me entregó su biblioteca para que la donáramos al Departamento de Matemáticas de la ULA. En el Taller de Literatura y a través de Kariña Editores, editamos la traducción que él hizo del libro del filósofo Loski, “La intuición Sensorial, Intelectual y Mística”.

Tuve un programa de televisión que se llamó “Semblanzas y tradiciones” en que entrevisté a personajes políticos, científicos y escritores de lo más significativo que ha pasado y vivido en Mérida. Hice larga amistad con Ramón Darío Suárez el mayor genealogista que ha tenido Venezuela. Cuando veo a esos pendejos que se andan cosiendo la boca haciendo falsas huelgas de hambre para pedir incremento de becas estudiantiles cuando ni siquiera estudiantes son, pienso en esos personajes como Ramón Darío Suárez que vivieron en la mayor indigencia, sin pedirle nada a nadie y produciendo más que todo los profesores, por ejemplo de la Facultad de Historia de la ULA.

Ramón Darío Suárez vivía arrimado, al fondo de la Procuraduría de Mérida, en un cuartucho, con un catre y unos cuantos libros: un crucifijo sobre la cama, una mesita y una silla.  Podía decirse que vivía de la caridad pública, totalmente solitario y abandonado.

Traté durante bastante tiempo al doctor Joaquín Mármol Luzardo, quien fue el último rector (de la ULA) de la dictadura de Pérez Jiménez. Le hice una larga entrevista que fue publicada por “La Razón” y trasmitió el canal OMC-Mérida en el ya referido programa “Semblanzas y tradiciones”. Igualmente traté y contribuyó mucho en el esclarecimiento del tema histórico de mi libro “El Procónsu” el general Gustavo Pardi Dávila (ex ministro de la Defensa en el primer mandato de Rafael Caldera).

Entre otros notables merideños con los cuales mantuve larga y creativa amistad debo también mencionar al físico Alberto Serravalls, al padre José Ignacio Villa Vieria quien nació en Belmira (Bella Vista) en 1911, una población de Antioquía, que está a unos 2.520 metros sobre el nivel del mar, y que llegó a ser el confesor del obispo Baltazar Porras. Cuántos secretos horribles sobre Porras se llevaría este buen amigo del padre Villa. Igualmente conocí y entreviste para programas de televisión y para la prensa a los notables historiadores P.N Tablante Garrido (ya fallecido) y J. E. Ruiz Guevara (el maestro del presidente Chávez).

La lista es mucho más larga, pero por todo esto y mucho más, confieso que realmente he jodido.

jsantroz@gmail.com



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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