El Jefe

Fue como un vendaval que entró por casa y arrasó con todo, porque Venanzio andaba trastornado y no quería saber de familia, de trabajo, de sociedad. A la hija se la habían violado tres hombres. La bravura por dentro le quemaba las entrañas, él que había sido pacífico toda su vida; a veces se le arremolinaban los sentimientos y quería matar, matarse o que le mataran. Llevaba revuelto el corazón y cuando respiraba le quemaba el aliento, le hería el saberse vivo y el tener que pensar y tener que verse con gente y que le miraran la afrenta en los ojos, en el alma. Cuando le llamó El Jefe para explicarle la “situación que nunca debió haber ocurrido”, nunca imaginó que las cosas de este mundo fuesen tan complicadas. “A mí nadie me puede regresar a mi muchacha como era”, se decía. El Jefe lo recibió en su oficina principal, a la que acudían sólo gentes importantes; El Jefe tenía tres oficinas más para recibir al personal pero había escogido la privada para atenderle. Venanzio requería de una atención especial y El Jefe, pese a tener dos años en el cargo nunca había visto aquel empleado sacudido por tan cruento dolor; descubría Venanzio que la importancia tiene sus ritos y que por ello la ocasión le exigía llevar puesto el único flux que tenía.

- Pasa Venanzio; pasa.

Por el color del flux (crema) que Venanzio llevaba, El Jefe descubrió que aquel problema podía resolverse sin muchos traumas. Todo es asunto de tacto.

Hasta se puso de pie y le abrazó El Jefe, y le pidió a la secretaria que les trajera jugo o café.

Venanzio dijo que no le apetecía nada y El Jefe no insistió. Mesándose los cabellos El Jefe le dijo que estaba atormentado, que el presidente lo tenía abrumado con encargos, que estaba desesperado y quería renunciar cuanto antes, que él no entendía de política. Todo lo dijo con groserías, atropelladamente y en confianza, sin dejar de tutear a Venanzio. El Jefe había sido informado de que Venanzio era el trabajador más honrado de los Talleres, el más formal, y afiliado al partido desde los años tormentosos de la dictadura. Dando lengua sobre sus álgidos e importantísimos problemas, fue llegando al llegadero, hasta que le dijo:

- A usted le consta Venanzio, la lucha que tiene entablada el gobierno con sus enemigos, que por nada le dan respiro, y hay que ser muy cauteloso porque los que nos defienden a veces son unos malditos. Pero tómese un juguito Venanzio.

Y Venanzio accedió y se tomó el juguito porque ya no podía seguir con la negadera a todo, y El Jefe respiró. El Jefe tomó café, sorbiéndolo poco a poco y sin quitarle la mirada de aquel rostro ya algo apaciguado de Venanzio.

- Por cierto Venanzio, ¿te gustan los relojes de alarma? Mira esta monada que me trajo uno de nuestros agentes de Seguro, llévatelo que te hace falta.

El Jefe estaba muy ocupado y caía en la cuenta de las vainas por la que tenía pasar por culpa de otros. Y transcurría el tiempo inmisericorde, de vez en cuando interrumpido por llamadas que llegaban de Caracas, de Cúcuta, de Bogotá. Le estaba dando a Venanzio el privilegio de acercarse a él y de palpar sus gustos, en el cielo del poder. Y don Venanzio hubo un momento en que ya no sabía por qué se encontraba allí, ni si sería justo o de tono irrespetuoso hablar de su problema o de si su problema era realmente grave o tan importante como para plantarse ante aquel hombre tan fino, preocupado y serio.

El Jefe le dio la mano y luego le pasó una tarjeta brillante con entornos dorados y le regaló una agenda sin usar del año pasado donde iba la firma del presidente de la compañía.

Sin embargo, cuando dejaba la oficina Venanzio agobiado y con un peso complicado en el alma, pensó otra vez en su hija y sus pensamientos enrarecidos se mezclaron con las atenciones de El Jefe, y quiso entender las reglas como estaban hechas las cosas, y con un peso en el corazón se fue a los Talleres. A algún acuerdo tácito había llegado no sabía con quién en este mundo, pero había hecho un arreglo que lo salvaba de tener que matar o matarse y que así funcionaba todo en este mundo. Cuando sus amigos le preguntaron: “¿Y qué te dijo El Jefe?”, Venanzio simplemente pasó a colocarse su uniforme de trabajo, y nadie pudo realmente comprender lo que pasaba por su mente, si podía haber realmente algo en su mente.

jsantroz@gmail.com



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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