Soberanía. Una respuesta a Domingo Alberto Rangel

Hace pocos meses, escribí unos artículos señalando los inconcebibles criterios políticos de Domingo Alberto Rangel; una persona a quien por muchos años admiré i consideré con mucho respeto, pese a su condición de adeco, o mejor, adeco frustrado, marginado i vejado por su propio partido, pero que, en mis tiempos de estudiante, le escuché con atención i lo vi como un intelectual promisor, de pensamiento de izquierda e inteligente para opinar i escribir, con lucidez i valentía, i desde aquel libro titulado LA OLIGARQUÍA DEL DINERO, denunciando i enfrentando a los poderosos del dinero, perseguía sus escritos, editoriales, libros, conferencias, etc. con profundo interés. Sin embargo, en los últimos años, le veo como un fervoroso adeco fanático, olvidando el pasado, i corroborando el dicho de su jefe de inicio, Rómulo Betancourt, de “adeco es adeco hasta que se muera”, lo cual le hace decir en la actualidad, las cosas más disparatadas, casi como un eco de ese advenedizo, fanático e inculto diputado de Ramos Allup; i para desgracia de estos personajes, el partido Acción Democrática, es el primer responsable de los desmanes, corrupción i disparates que, junto con COPEI, protagonizaron la falsa democracia puntofijista, saquearon al país, le sembraron maquiavélicas i anti éticas ideas i llevaron a la nación venezolana, durante más de cuarenta (40) años, al estancamiento i la pobreza que hoi tratamos de superar o corregir sus daños i sus causas. Después de tolerar muchas de sus opiniones genuinamente adecas, contra el proceso revolucionario, me decidí a refutarlo cuando expresó que, el caso de los paramilitares colombianos en Caracas, era simplemente “una farsa del gobierno de Hugo Chávez” i aunque, demostrada su estúpida i malintencionada equivocación, nunca he visto que rectificara. Domingo Alberto Rangel, ahora, nos acaba de afirmar en un reciente artículo i para agredir la postura inteligente del presidente Chávez que, el concepto de soberanía i de nacionalidad, es un simple mito. I no el mito como lo estudiamos en Filosofía, en las ideas de Platón, sino el mito como lo entiende el común de las personas i lo encontramos en los libros i diccionarios de mitología: sencillamente una leyenda o fábula increíble que casi raya en lo irracional. Cuando, sin embargo, se ha tratado de valorar el mito, bien sea como una preocupación cultural –motivada por la mitología greco-romana en el mundo occidental− se le ha dado cabida en la Etnología, la Historia de las Religiones (que de verdad son puros mitos) o en la Historia del Arte, con motivaciones como la que tuvo Boticelli, para su obra “El nacimiento de Venus” o Goya con su “Cronos” (el Tiempo) devorando a sus hijos. Empero, en la Política, como ciencia, es inadmisible que los logros alcanzados en el pensamiento político desde Bodino, Rousseau o Hobbes con la idea de soberanía o desde la obra de John Locke, sobre el Gobierno Civil i el concepto de Estado, ni con las observaciones o críticas de Hegel, no es posible concebir que la soberanía sea un mito, porque sería como declarar que los hombres no tienen pensamiento o ideas, o que no es posible ninguna estructura social, como el estado de Derecho, las Constituciones i las leyes. Sería negar los fundamentos de la civilización o de la sociedad civilizada.

El concepto de soberanía, palabra que etimológicamente viene del latín superanus “que ejerce o posee la autoridad suprema e independiente” i por consiguiente de soberano o calidad de soberano (alteza, rei, etc.) i que aplicado a un personaje, le quedan bien los atributos de orgullo, altivez o soberbia, pero que aplicado a un pueblo, a una nación, se califica de “soberanía nacional” que es “la que reside en el pueblo y se ejerce por medio de sus órganos constitucionales representativos” (Sergio Sandobal de la Maza) (sic). La soberanía –superado los tiempos de reyes, así persistan mediocridades que aparenten serlo− se refiere al poder legítimo i autónomo de los Estados, concepto surgido en Europa con el inicio del Estado moderno, inseparable de la idea de libertad, no como una entelequia o una idea válida para todos los tiempos i todos los sitios, sino como decía Marx, “hablo de una libertad concreta, para hombres concretos, un espacio concreto i una época concreta” no una libertad metafísica, o como más modernamente expresa John Rawls en su obra TEORÍA DE LA JUSTICIA, la libertad puede ser aplicada a tres cosas: “los agentes que son libres, las restricciones y los límites de los que están libres, y aquellos que tienen libertad de hacer o no hacer” que es una expresión siguiendo las ideas de Mc Callum en NEGATIVE AND POSITIVE FREEDOM, como triple definición de libertad social.

Estas ideas, la cuales no sé si ha estudiado Rangel entre sus conocimientos de Economía i Derecho (no recuerdo si es abogado) arrancan del reconocimiento del poder supremo del Estado, realizado desde 1576 por Bodino (1530-1596), filósofo político francés, en su obra SIX LIVRES DE LA REPÚBLIQUE (Los seis libros de la república) aportando en su definición de soberanía, “ser es más elevado y perpetuo poder” en el cuerpo político. Para este autor, el único límite de la soberanía, es “la ley natural y divina”, de manera que solamente puede ser disuelto, negativamente, por leyes o usos del Estado (como entidad política lo escribo siempre con mayúscula) i positivamente en el poder que posee para abolir o hacer leyes. I aunque Hegel pensaba que los poderes particulares del Estado “no son autónomos ni estables” ni por sí ni por la voluntad particular de los individuos, tienen, sin embargo, la raíz última en la unidad del Estado, la cual no es mas que su identidad, lo cual constituye la soberanía del Estado. I esta crítica de Hegel, es en cierto modo una crítica a las ideas o principios de la Revolución Francesa, enunciando que la soberanía reside en el pueblo. Para Rousseau, residía en la santidad del Contrato Social. Así expresa textualmente: “El cuerpo político o soberano, al resultar su ser solo de la santidad del contrato, nunca puede obligarse, ni incluso en relación con los demás, a nada que derogue este acto primitivo, como sería la enajenación de alguna parte de sí mismo o su sumisión a otro soberano. Violar el acto por el cual existe significaría anularse y lo que nada es nada produce”. I más adelante reafirma. “La soberanía, por lo tanto, el de ser el poder más alto en un territorio dado” aunque observando que no puede ser absoluto o arbitrario. Como vemos, según se expresa Domingo Alberto Rangel, no es solamente un disparate su posición de creer la soberanía un mito, sino que, igual al presidente Uribe de Colombia, enajena no una parte, sino a toda su patria, a la sumisión de otro soberano, en este caso la fuerza imperialista i la mentalidad paranoica de un ex adicto al licor i con una incultura política de vaquero que, lo asemeja a un bárbaro mongol i es un monstruoso peligro para la paz del mundo. La soberanía es, no solamente un ordenamiento jurídico estatal que no admite superación o violación alguna, sino que esta parte de la voluntad, del sentimiento i del conocimiento, de los hombres inteligentes i libres.

En consecuencia ha pasado a ser una doctrina fundamental de la Ciencia Política, no solamente en el tiempo pasado con la obra de Bodino, Rousseau, Hegel, Hobbes quien coloca a la seguridad i la paz como valores supremos del orden político, i de su pensamiento merece destacar esta idea válida para los pueblos oprimidos del mundo: “La naturaleza, dice este filósofo inglés, ha hecho a los hombres tan semejantes en sus facultades corporales y mentales, que aún el más débil tiene la capacidad suficiente para matar al más fuerte…De esa igualdad de habilidades, surgen iguales esperanzas en la posibilidad de lograr lo que deseamos”. La historia tiene miles de ejemplos, desde la leyenda de David i Goliat, hasta la caída de grandes tiranos, emperadores e imperios. I es válido este pensamiento, para la situación que vive el mundo, porque el imperio norteamericano del Vaquero Bush, por dentro no las tiene todas consigo; i a él debemos recordarle lo que expuso John Locke, uno de los pensadores que más influyó en la sólida calidad de estadista de nuestro Libertador Simón Bolívar, en uno de sus capítulos del ENSAYO SOBRE EL GOBIERNO CIVIL: “Nadie tiene derecho a tratar a los seres humanos como meros instrumentos para sus fines”. El señor vaquero del norte, pese a su poderío militar único en la historia, ha decretado con sus desaciertos, burradas i atropellos, la declinación indetenible del imperio norteamericano. Tiranía, dijo también Locke, “es el ejercicio del poder fuera del Derecho".




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Roberto Jiménez Maggiolo


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