Debió hablarse claro: "La bandera de Venezuela no se degrada celebrando el holocausto indigena"

¿Coño, hasta cuándo Venezuela seguirá siendo una colonia de España? Entonces para qué Bolívar condujo una guerra a muerte, y murió más de la mitad de la población americana. Qué papel tan miserable hizo Bolivia y Ecuador participando en la celebración del 12 de octubre en Madrid. Me pareció muy bien que esa comparsa no estuviera Venezuela pero el embajador de Venezuela en España, Isaías Rodríguez, no tenía por qué estar declarando que él había informado el lunes, “con suficiente anticipación”, de los “imponderables” por los que la bandera de su país no estaría en los actos de la Fiesta Nacional en España y negó que esa ausencia se debiera a “malestar alguno” en las relaciones bilaterales.

Eso me parece bien ridículo. Lo que el embajador de Venezuela en España debió decir por todo el cañón, para dar ejemplo de dignidad en nuestro continente es que nosotros nada tenemos que celebrar el 12 de octubre, y que hemos declarado ese día como de la RESISTENCIA INDÍGENA.

Por eso la imbécil ministra española de Defensa, Carmen Chacón, sale a declarar, como representante del fenecido imperio español “que la ausencia este martes de la bandera de Venezuela en el desfile militar en Madrid con motivo de la Fiesta Nacional por si sola se califica”.

Váyanse a la mierda.

Ese rey pajuo del Juan Carlos, cuando estuvo en Venezuela para celebración del Bicentenario del nacimiento Libertador en 1983, se negó darle título de Libertador a Bolívar y sólo lo mencionó como general. De modo que ese supuesto homenaje a los nueve países hispanoamericanos que conmemoran el bicentenario de su Independencia: Venezuela, Argentina, México, Chile, Colombia, Bolivia, Paraguay, El Salvador y Ecuador, es pura hipocresía.

Cabe preguntarse, cuando otro 12 de octubre si fueron cristianos, esos asesinos monstruosos como Lope de Aguirre, los Pizarro, Almagro, Balboa, Valdivia, Francisco de Carvajal, el cura Luque y demás conquistadores de América.

Es digno de meditarse ese desafío tan despojado de toda fe cristiana que tomaron en las Indias Occidentales muchos conquistadores españoles. No nos vengan con la idiotez de que los "salvajes" los hechizaron; que se dejaron influir por las "degradantes condiciones del medio". Nada de eso, cuando Francisco Carvajal y López de Aguirre deciden dar riendas suelta a sus locuras, ya han manchado sus espadas en sangre española; están poseídos de una desbordada ansiedad por matar o porque los maten. De pronto sus corazones se han henchido de una sanguinolenta impiedad que rebosa lo imaginable y que  todavía nos estremece y nos eriza los pelos de horror.

¿Qué les picó que se volvieron demonios voraces que aún sus ecos y sus temblores de ira nos estremecen? ¿Fue un deseo de vengar alguna afrenta atroz?

A estos demonios carniceros se les abrió un apetito de muerte sin límite ni medida. ¿por qué tuvo que ser de ese modo?  Uno no sabe qué pensar ante la "desesperación surrealista" de un López de Aguirre, que alza su ira fulminante contra el Rey maldito, contra el Papa perro, contra los leguleyos, escribientes, frailes, contra todos los españoles, contra quienes han llenado de peste, de odio y de impiedad estas Indias Occidentales. La Ira de Dios contra la piara de cerdos que de España llegan para, nombre de Cristo "salvar almas contaminadas por el pecado de la ignorancia". Señor, ¡qué categoría de locos aquéllos!, ¡qué joyas de tan elevados quilates!, que en pocos años había suficiente crímenes y desastres para competir con los engendrados por los más refinados monstruos que Europa produce cada cincuenta años. A aquellos tipos muy poco les importaba la muerte si alguna vez habían gozado de los inmensos "placeres" que da crimen. Muy bien puede colegirse de todos aquellos conquistadores que van arrasando casas indígenas, degollando a su propia gente, violando mujeres, robando y mintiendo,  que pronto tendrán que vérselas con la vorágine de fuego y sangre que inevitablemente lleva consigo el caos y el desorden. Pues ellos van tranquilos, llenando la alforja de sus desquiciadas acciones de modo que cuando les sorprenda la muerte ya nadie les pueda quitar lo bailado. Gonzalo Pizarro le pregunta sereno al verdugo que habrá de decapitarle:

- Hermano Juan Henríquez, ¿traéis bien afilado el cuchillo? Mirad, por vida vuestra, no me deis mucha pena al tiempo de cortarme la cabeza.

El verdugo también responde con cordura y respeto:

-Señor, no daré, que buen cuchillo he traído, y vuestra merced me perdone, por amor de Dios, porque soy mandado.

Todo esto lo va diciendo mientras arregla detalles de la ejecución.

Gonzalo Pizarro acepta la disculpa:

-Ya lo veo, hermano; haced vuestro oficio, que yo os perdono para que y para ante Dios Nuestro Señor.

Entonces se arrodilló el monstruo, cuyo maestre de campo era el Demonio de Los Andes, don Francisco Carvajal. Hincado de rodilla y ayudado de muchos clérigos y frailes comenzó a rezar, preparándose a bien morir. Alzó los ojos al Cielo, llamando a Dios y a la Santa María, su Madre; se tendió en el tablado y dijo:

- Oh mi Dios y redentor del mundo; a Vos, y a Vuestra Sacratísima Madre, encomiendo mi alma pecadora.

"Y con esto, el verdugo le alzó la barba, que la tenía bien larga, y le cortó prestamente la cabeza, y tomándola por la barba la dio a un soldado para que la tomase. Después de ya cortada fue muy grande el pesar que ciertos leales capitanes y soldados recibieron, y lo que en el corazón sintieron, aquello demostraron ojos, con las lágrimas que vertieron en abundancia; más luego se les pasó esta lástima y tristeza..."(1) 

Sender dice que el español se atreve a tanta crueldad porque la usa frecuentemente consigo mismo.

Así y todo, es difícil imaginar la naturaleza de aquellos hombres que tenían en tan poca consideración la vida. El gesto de Cortés quemando las naves no es asombroso si se piensa en el extraordinario valor que exigía salir de España a un continente lejano, virgen, extraño. De por sí despedirse de las costas españoles era una especie de albur formidable, equivalente a quemar todas las existencias pasadas. Se iba a un desafío superior a cualquier guerra, porque era un misterio total la situación no sólo geográfica sino humana de la región de las Indias Occidentales. Sin mapas claros, sin conocimiento de la lengua nativa de aquel continente, sin ciudades ni comodidades como las que conocía el español en su tierra; sin mujeres de su propia raza, parecía que el mundo terminaba allí en el momento en que las naves singlaban hacía los dominios del Gran Khan. Entonces aquellos hombres sufrían un cambio tremendo. Se endurecían consigo mismos, exigían de sí lo imposible: "-dejemos de una vez nuestros huesos en este lugar". Y sin posibilidad de regreso alguno, se adentraban cada vez más hondo en  regiones de los cuales parecía imposible salir.

¿Qué buscaban en sí mismos errando como dioses malditos? No tenían el menor conocimiento, muchos de ellos, de estudios de cartografía, no eran cosmógrafos como Juan de la Cosa, y hacen recorridos y expediciones que de no haber sido hechos por estar sus capitanes poseídos del mayor desapego por la vida, habrían tardado muchísimos años para llevarse a cabo. Dice Ramón Menéndez Pidal que la audaz exploración primera del Amazonas se hizo sin la más mínima preparación, y de ningún modo se hubiera realizado de exigirse un plan previo y garantizador del éxito. Que toda la colonización americana fue en definitiva una serie de muy aventuradas imprevisiones, en las que abundaron el desorden, la violencia, el desacato a las leyes más elementales y el desprecio por los principios de la religión católica.


(1) Historia de las Guerras Civiles del Perú (1544-1548) y otros sucesos de las Indias en Crónicas del Perú de Don Pedro Gutiérrez de Santa Clara, Madrid Biblioteca de Autores Españoles, Ediciones Atlas, 1963.

(ENSARTAOS.COM.VE)



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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