Canto a los sudacas y a los desarraigados de la plaza Alfredo Sadel

Cuánto vacío hay en mi corazón... Has pronunciado unas simples palabras y, de pronto, se ha derrumbado todo un universo, convirtiendo mi vida en un caos.
No tengo muy claro cuál es mi camino ahora que no sé dónde dormir, de dónde soy y de donde vengo lo sé seguro, pero hacia donde voy...

Me pierdo en el horizonte con sólo levantar la mirada, ¡qué oscuro mi futuro!
Quise encontrar mi sitio y perdí lo poco que tenía.

Ahora, vago sin rumbo, con el corazón herido y un vacío inmenso que duele más que nunca.

¡Qué estúpido sinsentido!

Quisiera que alguien me dijera qué tengo que hacer para volver a ser alguien, persona, un ente con nombre y apellidos que adquiera de nuevo la mínima importancia de la que gozan los necios.
Y aguanto estoico esta nueva batalla, con los ojos a punto de reventar de lágrimas; a veces, quisiera no ser, y cuando no soy, volver. Pero ahora, que no sé dónde ni cuándo ni cómo, ¿qué debo hacer? ¿Qué?

Es una gran ofensa moral que grupos de desarraigados nacidos en Venezuela por accidente del destino se manifiesten en una plaza que recuerda la memoria de Alfredo Sadel, un venezolano que desestimó ofertas de contrataciones artísticas permanentes de naciones como Rusia y Alemania sólo porque tenía que alejarse durante mucho tiempo de la ciudad de Caracas.

Bueno, en esa plaza que lleva el nombre del tenor venezolano más destacado por siempre grupos de muchachos van en masa a expresar sus simpatías por los triunfos de las selecciones de fútbol de Alemania, Portugal, Italia, España, Brasil y Argentina.

¿Será que la plaza Altamira es buena para este tipo de lamentos?

Algunos dirán que es muy natural que en estos tiempos de globalización cualquier mortal de cualquier ciudad del mundo manifieste alguna simpatía por algún ídolo deportivo de revista y televisión; en eso estaríamos de acuerdo; sin embargo no por casualidad esas mismas barras, -me consta- expresan manifiestos rechazos hacia selecciones como Nigeria, Paraguay, Uruguay, Camerún, Honduras; o sea la especie perdedora de siempre con la que no quieren identificarse.

“Es que el venezolano se anota siempre a ganador, ¿cómo vamos a apoyar a Ghana?”, dice un amigo. Otro suelta: “gane quien gane el mundial el venezolano sale a joder, eso no es un asunto de desarraigo o una vergüenza salir con una bandera de otra nación a celebrar como si la fiesta fuera nuestra, es sencillamente que al venezolano le gusta joder”.

Con esa lógica podemos decir que el perro hace perritos jodiendo, y con esa lógica debemos considerar que, aún jodiendo, -ya no el perrito sino el venezolano- se trata de una manifestación o un signo de minusvalía que denota baja autoestima a la condición de haber nacido en este país.

¿Qué proyecto de nación se desarrolla con un segmento importante de la población sintiendo qué está en minusvalía con respecto a los demás pueblos? La mayoría de nuestros escuálidos están anotados en esa lista; por eso usted los ve como alma en pena en cualquier aeropuerto del mundo dando lástima manifestando que ellos son venezolanos huyendo de un país en quiebra, inseguro y donde no se puede vivir.

Cuando España le ganó a Paraguay tuve que ver a un mulatito regordete hablando con acento español (el de España) manifestando sentirse feliz por el triunfo de esa selección, hasta estuve a punto de decirle que se comprara un boleto de avión a Madrid para que celebrara junto a los madrileños los siguientes triunfos de ese equipo y, sobre todo, para ver de qué manera lo tratan cuando enseñe el pasaporte de sudaca en el aeropuerto del barrio de Barajas.

Uno se pone a ver el fenómeno del mundial de fútbol en nuestro país y es como para deprimirse. Ya no sólo debemos escuchar a unos narradores de tv extasiados al máximo cuando Cristiano Ronaldo hace un pique o cuando Iker Casillas tapa un tiro a gol salido de una bota africana; como agregado, ahora hay que calarse celebraciones callejeras de desarraigados con banderitas y canciones nacionales cuando gana España, Italia, Alemania y Portugal.

Que vergüenza. No niego las simpatías que uno le pueda tener a un equipo en una competencia que despierta pasiones en todo el mundo, pero de allí a enfilarse los colores de España o Italia y llorar como si fuésemos italianos, es algo que ya toca lo ridículo en extremo.

Quien escribe ha vivido y visitado países donde el fútbol es más que una religión. Argentina por ejemplo, una nación de varias generaciones de inmigrantes, sobre todo europeos, a la que nunca vamos a ver, -ni de vaina- una manifestación de apoyo callejero a Italia, Serbia o España.

A propósito, he escuchado composiciones musicales dirigidas a sudacas hechas por los mismos sudacas; sería bueno que alguien escribiera alguna canción a estos desarraigados de la plaza Alfredo Sadel.

al-fredone61@hotmail.com





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Freddy Martínez


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