una socióloga peruana

El pánico embrutece

En estos días visitaba por segunda vez a Venezuela una socióloga peruana. En la primera se alojó en casa de un amigo inteligente, de la oposición venezolana más alborotada. La encerró. Literalmente. Es decir, salía y la dejaba bajo llave, porque, como la sabe andariega, le explicaba que los chavistas andaban por todos lados y como ella tenía “pinta de escuálida”, según sus palabras, pues corría los peores peligros. En esta segunda ocasión anduvo conmigo o sin mí por todas partes y no le pasó nada, es más, estuvo en varias marchas chavistas. Y también de oposición porque, como es científica social, no se conforma con una sola visión del mundo y de sus cosas.

Hay gente, en efecto, que está aterrorizada gracias a una sobredosis de medios palangristas y terroristas que vegetan machacando los motivos más fantasmagóricos de peligro. Y no un peligro concreto, verificable, sino peor: un peligro difuso, que causa un pánico borroso o más aterrador porque casi nunca se ve. La expresión terror pánico no es una redundancia como una “hemorragia de sangre”, porque era un terror griego inducido por el dios Pan, que se aparecía a pastores y a viandantes extraviados en los bosques. Su presencia amenazante, aunque invisible, inducía a un terror, precisamente, pánico.

Conozco a un enfermo de la vista que cada día ve menos. Una operación sencilla le permitiría recuperarse completamente. Pero él se la quiere hacer en Houston. Y no acepta ni que le hablen de Misión Milagro porque dice que no quiere ponerse en manos de una “medicina de Cuarto Mundo”, la cubana. Bueno, si no acepta siquiera médicos venezolanos, mucho menos los consentirá cubanos. Él quiere medicina de Primer Mundo, pero no tiene dólares para irse a Houston. Se está quedando ciego; es, pues, un opositor heroico. Teme más el peligro difuso, mítico, que el peligro bien real y verificable de quedarse ciego. El Mal Abstracto no permite captar el mal real. Es más ciego que el ciego que acude a la Misión Milagro. Por eso Stalin sacrificaba a millones de seres humanos concretos, en nombre del Mal Absoluto y Abstracto del capitalismo, que era según él era peor que el mal concreto que él estaba causando con el Gulag. El fanatismo enceguece y a veces no es metáfora.

Tengo dos clases de razones para votar sí. La primera la conforman los motivos positivos: una larga enumeración de argumentos jurídicos y de sueños realizados y de otros que ni siquiera llegué a delirar nunca que fuesen posibles. La segunda es una larga lista de razones negativas. Empiezo por la primera especie, resumidamente:

No intentaré una tediosa y larga lista de realizaciones, de vialidad, de Hospital Cardiológico Infantil, de Barrio Adentro, de Casas de Alimentación, de millones de libros editados a dos y cinco bolívares, que nos estamos ahorrando lo peor de la crisis mundial del capitalismo, etc., etc. Por más que me constan, por más que no me las han contado, no activaré su recuento porque hala más para tratado que para artículo. Y además solo no las ven los que son más ciegos que los que acuden a la Misión Milagro.

Me detendré más bien en esta misión. Voto sí en favor de un señor que con lágrimas en los ojos me contó cómo se había quedado ciego cuando sus hijos eran niños y cómo se había resignado a no saber cómo eran de adultos. Cómo lloró cuando volvió a mirar un atardecer. Recordé aquella frase potente del ilustre ciego Jorge Luis Borges: “Este rostro que no veré envejecer”. No sabía tampoco cómo era su rostro ahora ni cómo lucía su mujer, ni nadie. Aunque solo fuese por ese caso yo votaría sí. Pero no es ese el único; son cientos de miles y cada vez más. Si eso no conmueve, entonces ¿qué conmueve?

Veamos las razones negativas: la barbarie que vimos inflamarse como hongo en las horas del Carmonazo, en la acción vandálica de los nuevos gobernadores opositores (¿no es una contradicción eso de gobernador de oposición?) de Miranda y del Táchira, asaltando CDIs, negando la comida a una casa-hogar de ancianos, propinando golpizas, cerrando infocentros, negando atención jurídica gratuita, imponiendo peajes y operaciones “pico y placa”. O el Alcalde Metropolitano echando a la calle a cinco mil empleados y a cerca de 20.000 familias desalojadas de las viviendas que ocupan. No me consta comportamiento similar a la recíproca, es decir, en los funcionarios bolivarianos que ocupan ahora cargos que antes detentó la oposición. No han despedido a miles de personas, no han cerrado nada, no han estropeado a nadie, no han perseguido, no han asesinado como durante el Carmonazo.

No soy tan cándido como para creer que todo es rosa del lado bolivariano y todo negro del otro. Hay mucho bolivariano cleptómano o violento que eo ipso ya no es bolivariano, pero que mientras salta la talanquera hace mucho daño. El pueblo venezolano es, más que otros, como diría Rubén el Divino, “sentimental, sensible, sensitivo” y sabe cuándo un gobernador o un alcalde que andan en una camionetota negra y que no lo reciben ni le paran, pues simplemente no lo quieren. Cualquiera siente que no lo quieren. Cualquiera percibe cuándo hay desamor y por eso castiga a Aristóbulo por culpas de otro, no saliendo a votar. Son cosas que es deber revolucionario asumir y respetar.

Tampoco es todo tétrico en el lado opositor. Me consta mucha gente también “sentimental, sensible, sensitiva”. Pero voto sí también por ellos, porque me duele ver personas sentimentales, sensibles, sensitivas, y también inteligentes y también honestas, embrutecidas por el terror pánico en que las tienen ya sabes quién y desde dónde.

Me duele que no sepan que también a ellos les conviene votar sí, aunque me regocija que tengan derecho a votar no.

rhernand@reacciun.ve


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Roberto Hernández Montoya

Licenciado en Letras y presunto humorista. Actual presidente del CELARG y moderador del programa "Los Robertos" denominado "Comos Ustedes Pueden Ver" por sus moderadores, el cual se transmite por RNV y VTV.

 roberto.hernandez.montoya@gmail.com      @rhm1947

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