Reflexiones sobre el Servicio Exterior (I)

Muchos camaradas y amigos vinculados al quehacer de la Diplomacia me han solicitado ahondar en la situación de la Cancillería, la Ley del Servicio Exterior, la reestructuración del MRE y sus implicaciones en la construcción de la Diplomacia Bolivariana. Existen muchas interrogantes al respecto: ¿Qué ha pasado realmente en los últimos 8 años en los muros de la Casa Amarilla? ¿Existe un contingente de diplomáticos formados y comprometidos con los intereses del Estado Venezolano y a la vez dispuestos a defender y justificar el proyecto socialista? ¿Quedan aún vestigios en el MRE de la vieja forma de conducir el Servicio Exterior mediante el nepotismo, la arbitrariedad, el ventajismo, el sectarismo, la discriminación racial y social? La finalidad de este articulo no es otra que abordar con claridad la situación y la historia reciente de nuestro Servicio Exterior, comprendiendo el reto que nos presenta como institución estratégica, patrimonio de la República, y la necesidad de revindicarla ante el país como una Institución comprometida con el cambio social y con una nueva ética socialista, promotora de una Política Exterior Bolivariana, basada en el antiimperialismo y en la construcción de la unidad latinoamericana.

Se ha escrito poco sobre la importancia de esta dependencia del Estado Venezolano y lo poco que se ha escrito lamentablemente es producto de una campaña sucia promovida desde círculos opositores de Ex diplomáticos (muchos de ellos ni siquiera fueron de Carrera) y académicos comprometidos con el antiguo régimen de privilegios. Para muestra basta leer el último artículo del Profesor Adolfo Salgueiro en el diario El Universal. Salgueiro afirma: “Íbamos en camino de profesionalizar la diplomacia. Cierto que estábamos lejos de ser un Itamaraty pero el nivel sí era mucho mejor y más profesional que el de ahora”. Semejante afirmación es a la luz de la historia del MRE una mentira del tamaño de una Catedral. Los egresados de las canteras de las Escuela de Estudios Internacionales de la UCV (La más antigua del país) sabemos perfectamente que la Cancillería era un espacio casi vedado para la gran mayoría de los internacionalistas, ello pese a que la Ley del 61 nos otorgaba la exclusividad para ingresar al Servicio. La Cancillería en tiempos no muy lejanos, estaba solo reservada a familiares, amigos y militantes de los partidos de gobierno (verbigracia AD y COPEI) o aquellos vinculados a un reducido grupo de figuras y familias que en nuestro argot fueron conocidos como: “Los Eternos Embajadores”, clanes que se tomaron la Casa Amarilla para sí y que se sentían con el derecho de decir quienes serían los representantes de la República allende los mares.

Un poco de Historia:

La Cancillería como institución nació con la República misma, las exigencias de la guerra de independencia y la necesidad del reconocimiento a la nueva Nación por parte de las potencias del orbe llevaron al primer gobierno republicano a la creación del Despacho de Relaciones Exteriores, que estuvo a cargo de Juan Germán Roscio (1810-1811). Los primeros diplomáticos venezolanos no fueron hombres de dilatada trayectoria en el oficio, el cual en esa época era desconocido en tierras coloniales y solamente reservado a la exquisita aristocracia europea. Muchos de los pioneros de la diplomacia venezolana surgieron al calor de la guerra y se formaron en los salones y sociedades de discusión política de la etapa pre-independentista. Nuestros genios militares, incluyendo Bolívar, fueron al mismo tiempo soporte de nuestra naciente diplomacia: Antonio José de Sucre, Mariano Montilla, Carlos Soublette, Juan Rodríguez del Toro, Lino Clemente. La República ofreció sus mejores hombres no sólo al ejército libertador sino también a nuestro Servicio Exterior. También prominentes civiles fervientes defensores de la causa revolucionaria prestaron sus esfuerzos al Servicio Exterior, José Rafael Revenga, Pedro Gual, López Méndez, Manuel Torres sólo por mencionar algunos.

Pese a las turbulencias políticas y las limitaciones del Estado venezolano en la etapa pos-Gran Colombia, la Cancillería se mantuvo en el tiempo dando espacio a patriotas que defendieron la integridad y los intereses de la República como Santos Michelena y Fermin Toro.

Ciertamente desde aquellos días a nuestro tiempo muchas cosas han cambiado radicalmente. La institución al igual que el Estado ha sufrido grandes transformaciones. Los cambios políticos y económicos mundiales, los avances del Derecho Internacional, y la aparición de las Relaciones Internacionales como disciplina, estimularon esfuerzos para darle cierta organicidad y fundamento al Servicio Exterior, lo cual dio espacio a figuras como Estaban Gil Borges, Caracciolo Parra Pérez, Manuel Pérez Guerrero y Arístides Calvani. Pese a los esfuerzos de consolidar el Servicio Exterior como una institución sólida, regular y profesional del Estado venezolano, la Cancillería continúo siendo un Ministerio que se moldeaba y manejaba a imagen y semejanza del Canciller o del Presidente de turno, quedando a así a expensas del vaivén de la política.

Además de lo anterior, la Cancillería ha arrastrado un pesado fardo, que es el juicio histórico por parte de la clase política venezolana que en muchas ocasiones le ha responsabilizado por las pérdidas territoriales que sufrió el país y por la poca o inexistente contribución a la permanencia de la memoria diplomática. Pero culpar de estos hechos exclusivamente a nuestra Cancillería significaría dejar de reconocer nuestros propios errores y limitaciones históricas como colectivo. La desarticulación del Estado, las dictaduras militares, luego el sectarismo partidista y la aparición del petro-estado, conspiraron para que el Servicio Exterior no llegara a tener el rango que merece en la estructura del poder publico.

Históricamente muchos países latinoamericanos han tenido cancillerías con peso propio en el Estado, apoyadas en sólidas Academias Diplomáticas y con mecanismos de preservación de la memoria institucional. Este no ha sido nuestro caso. La Cancillería en múltiples oportunidades ha cedido su rol a la Presidencia o al Ministerio de Defensa, incluso a otros Ministerios. Esto en parte por la falta de voluntad política de los sucesivos gobiernos de consagrar al Servicio Exterior como una Carrera de Estado con características similares a la Carrera Militar. Los esfuerzos por instaurar la profesionalización consagrados en al ley de 1961 fueron reiteradamente burlados por las cuotas bipartidistas. Tan sólo un número relativamente pequeño de funcionarios, entrenados en Relaciones Internacionales logran ingresar al Servicio en justa lid. No sería sino hasta 1991 cuando luego de un largo peregrinar, y de intentos frustrados, se oficializa la Academia de Altos Estudios Diplomáticos “Pedro Gual” con la finalidad de adiestrar a los profesionales que asumirían el rol de agentes diplomáticos y consulares.

La llegada de la Revolución Bolivariana dio paso a agudas contradicciones en el Servicio Exterior. Cuando José Vicente Rangel asume la Casa Amarilla en 1999, se encuentra con un verdadero caos institucional, habían más Embajadores que Terceros Secretarios, muchos funcionarios tenían mas de 10 años de permanencia en el exterior, el número de funcionarios en comisión superaba al número de funcionarios de Carrera y muchos de estos funcionarios en comisión a penas eran bachilleres. Un Servicio Exterior plagado por el amiguismo, los privilegios, el partidismo y un funcionariado en su mayoría desmotivado y sin compromiso con el país fue la herencia nefasta que nos dejó el bipartidismo en la Casa Amarilla. Ahora le tocaba a la Revolución abrir esa caja de Pandora que se negaba a abandonar los esquemas gerenciales de Simón Alberto Consalvi y de Burelli Rivas.

En la próxima entrega nos acercaremos a la dura etapa del Servicio Exterior en tiempos de la Revolución Bolivariana, la aprobación de la reciente ley del Servicio Exterior sus avances y sus desaciertos, y al conflicto Institución vs Revolución.

Robinson Zapata
Lic. en Estudios Internacionales


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